
Todavía no sabe exactamente qué es lo que falló, si tendría que haber ido más rápido o más lento o si dejó de escuchar algo importante que quisieron decirle y no estaba preparado para oírlo. Piensa, sí, que desde el principio fue demasiado optimista y corrió de su lado a cada uno que intentó alertarlo de los problemas que generaba con sus decisiones. Como sea, cuando el 27 de octubre la realidad de los votos le demostró a Mauricio Macri que el esfuerzo de las marchas por 30 ciudades había tenido sentido pero no haya alcanzado para forzar el balotaje, inició la larga ceremonia del adiós.
Desde entonces, el Presidente saliente luce aliviado por el enorme peso que se sacó de encima y también agradecido con quienes lo acompañaron estos cuatro años que creyó serían el inicio de una nueva era donde el peronismo debería esforzarse para cambiar si quería volverse competitivo.
Ya se sabe que eso no lo logró, sin embargo, cada día hace todo lo posible para facilitarle a Alberto Fernández las mejores condiciones posibles para la toma del poder, no solo pidiéndole a cada ministro que entregue información precisa y detallada de la herencia que deja a su sucesor, sino facilitándole claves, contactos, planes, análisis de escenarios, que le permitan a los próximos funcionarios un acceso a la gestión lo menos traumático posible.

¿Espera Macri que los que se hagan cargo del gobierno le agradezcan este esfuerzo? ¿O simplemente está haciendo lo que hay que hacer?
Mientras tanto, él está dedicado a preparar su salida. Mantiene reuniones políticas buscando blindar al PRO de las turbulencias, imponiendo las presidencias donde puede haber cuestionamiento (es el caso de Cristian Ritondo, en Diputados) o promoviendo la continuidad donde pudo evitar los cambios (logró que Humberto Schiavoni siga al frente de la bancada en el Senado). Quiere a Patricia Bullrich al frente del PRO y se supone que Horacio Rodríguez Larreta dio el aval para la jugada. También analiza si lanzar un partido nuevo, que contenga las expresiones de apoyo que logró en el último tiempo, para lo cual debería encontrar un modo de convencer a sus socios en la coalición, lo que no parece sencillo.
Con varios diputados, además, está armando un “gabinete” paralelo que tendrán como primer objetivo sostener una actitud colaborativa con la gestión de Fernández y en segundo lugar tiene que monitorear las políticas que se pongan en marcha, para que la oposición sea un faro tenido en cuenta desde el inicio del gobierno del Frente de Todos, como siente que se lo pidieron sus electores durante el último tramo de la campaña.
Aprovecha el tiempo para visitar amigos o reunirse con personas que lo respaldaron, desde dirigentes políticos con los que no tuvo tiempo suficiente de dialogar durante estos cuatro años, hasta periodistas más o menos famosos. A algunos los fue a visitar, a otros los recibió en la Casa Rosada.

El viernes, sin ir más lejos, él y su esposa Juliana Awada agradecieron al personal de custodia de la familia que tuvo la responsabilidad de cuidarlos durante cuatro años, compartiendo con ellos buena parte de la intimidad, como suele suceder en estos casos que exigen seguridad 24 horas. Inició, así, un largo proceso de duelo anticipado del poder, para el que se había preparado desde finales de la década del 90, cuando se convenció de que era el momento de que las élites empresarias se comprometieran con la política.
A fines del 2015, no dudó en ningún momento que tendría ocho años para encarar lo que se proponía y que solo habría que esperar una dura batalla interna para su sucesión, en el 2023. Las cosas resultaron más difíciles de lo que había imaginado, y no está seguro de que querrá volver a candidatearse, aunque sí cree que se espera de él que sea el garante el 40% que acompañó con sus votos a Juntos por el Cambio, a pesar de la difícil situación económica.
Sigue con la visita semanal de los miércoles a su terapeuta que tiene consultorio en la avenida Las Heras y Billinghurst y con la partida de bridge de los martes a la noche cerca del Barrio Parque. Vendió su piso en la avenida Libertador y se irá a vivir a Los Abrojos, aunque tiene previsto analizar distintas opciones cuando vuelva de sus vacaciones, en algún lugar de Europa. Antes, pasará las fiestas con los cuatro hijos en Villa La Angostura.

Cree que podrá evitar las rebeliones dentro del PRO y la coalición, o no está preparado para ellas. Supone que nadie se animará a sacar los pies del plato si quieren formar parte de una coalición que pretende volver al gobierno en el 2023. No tiene entrenamiento en liderar sin poder ni territorio. Es una vivencia que empezará a experimentar apenas le ponga la banda presidencia a Fernández, dentro de exactamente un mes, cuando los argentinos seamos testigos de una escena inimaginable pocos meses atrás.
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