Enrique Pescarmona, nieto del fundador y por 53 años CEO de IMPSA
Enrique Pescarmona, nieto del fundador y por 53 años CEO de IMPSA

El empresario Enrique Pescarmona, uno de los complicados por los cuadernos de Centeno, murió hace treinta y tres años. O al menos, la noticia de su muerte ocupó la primera plana de diario de mayor tirada en esos días. Secuestrado por lo que se conocía como la "mano de obra desocupada", aquellos integrantes de las fuerzas de seguridad que habían quedado fuera de circulación con la llegada de la democracia, y cuando llevaba cuarenta días sin aparecer, Clarín lo dio por muerto: "Pescarmona habría sido hallado muerto en Brasil" decía el principal titular de la portada del 17 de mayo de 1985. La nota del cuerpo del diario dejaba de lado el potencial y hablaba del empresario mendocino en pasado. A pesar de esa noticia, Pescarmona apareció con vida en el Gran Buenos Aires cinco días después. Aunque nunca se supo la cifra exacta, se especula que el pago del rescate rondó los cuatro millones de dólares.

El gobierno de Alfonsín puso todos sus recursos en la búsqueda del titular de Impsa (Industria Metalúrgica Pescarmona S.A.). Pero las relaciones de Pescarmona y de su empresa con los diferentes gobiernos no empezó, ni mucho menos terminó en esa circunstancia.

Hoy, a los 76 años, Enrique Pescarmona ve cómo uno de los hombres fuertes de su empresa, Valenti permanece detenido en medio del aquelarre de declaraciones, prisiones y arrepentimientos que se desató luego de que se conocieron los escritos del chofer grafómano, nuestro Robert Walser del volante. Los cuadernos de Centeno, con derecho propio, se han convertido en una de las cumbres de la literatura testimonial argentina.

Francisco Valenti
Francisco Valenti

No son buenos tiempos para Pescarmona. Más allá de la amenaza judicial que pende sobre su cabeza (como pasa con casi todos los grandes empresarios del rubro por estos días), debió ver en el último tiempo, luego de más de 110 años y cuatro generaciones, como él y su familia perdieron la parte mayoritaria de la empresa. Tuvieron que ceder el 65% a bancos y grupos de inversión y, después de 53 años, Pescarmona dejó de ser el CEO.

Enrique Pescarmona es un hombre de opiniones fuertes. Sus apariciones mediáticas han sido esporádicas pero contundentes. No le importa demasiado el eco de sus palabras, los efectos que produzca en sus eventuales interlocutores. Un par de años atrás en una reunión de AEA para criticar las políticas oficiales de asistencia social dijo que "las chicas de 14 años se preñan y tienen un bebé para que les den unos mangos". Al día siguiente trató infructuosamente de matizar sus dichos.

Las relaciones de Pescarmona y su empresa con los diferentes gobiernos fue (muy) fluida. Este Zelig millonario fue procesista, menemista, kirchnerista, chavista -los negocios lo hicieron incursionar en fervores internacionales también- y macrista (no se sabe si lo sigue siendo: hasta hace una semana lo era). Varios de sus amigos no podían entender su súbito y enfervorizado chavismo allá por el 2008. Él en una entrevista desnudó su clave ideológica: "Hay que ser abiertos y liberales, pero eminentemente muy pragmáticos".

Si hubiera que resumir su ideología en una palabra, esa sería "oficialista". No se debe olvidar que sus primeros acercamientos políticos los tuvo con los diferentes gobiernos provinciales. Durante décadas su empresa tuvo el monopolio de las grandes obras de energía de Mendoza.

Impsa se diversificó territorialmente. Llegó a tener obras en más de sesenta países. Luego de grandes negocios en la época de las privatizaciones en los noventa quedó asociado al menemismo. A partir del 2003 el kirchnerismo no veía al empresario con buenos ojos. Sin embargo, este con su obstinación y su pertinaz oficialismo consiguió un lugar en las preferencias de los K. Y, fundamentalmente, consiguió aquello que siempre le interesó: ventajas para sus negocios. Pescarmona en un coloquio de IDEA, del que era el presidente, defendió la primera administración kirchnerista con entusiasmo, aún en ausencia de funcionarios que habían vaciado la reunión por orden del entonces presidente Néstor Kirchner. Y hasta conminó a sus colegas empresarios a no criticar al gobierno ni emitir opiniones que pudieran molestar al poder.

Su acercamiento al kirchnerismo pareció una gran movida empresarial. A pesar de no tener grandes obras en el país, consiguió contratos de gran importancia en Venezuela. "A nosotros nos va bien porque el kirchnerismo nos ayudó mucho en Venezuela", declaró Pescarmona en varias ocasiones. También le facilitaron negocios en Brasil y Paraguay. Luego ganó por licitación la construcción de las represas del sur del país, la Jorge Cepernic y la Néstor Kirchner. Sin embargo esas obras le fueron quitadas y otorgadas a otro de los caídos en desgracia en estos días, Electroingeniería.

Hugo Chávez junto a Cristina y Néstor Kirchner (AFP)
Hugo Chávez junto a Cristina y Néstor Kirchner (AFP)

Su proximidad con el kirchnerismo tuvo consecuencias nefastas para Enrique Pescarmona y su empresa. Venezuela incumplió sus compromisos, las adjudicaciones de las represas argentinas fueron revocadas, Impsa entró en default con las consecuencias ya conocidas. La familia Pescarmona perdió la mayoría accionaria y el control de la empresa. Apenas Cristina dejó el poder, Pescarmona se quejó amargamente de los K y apoyó a Macri, en otra de sus piruetas ideológicas. Algunos analistas sostienen que el ahogamiento de Impsa pudo haber sido propiciado, instigado o al menos observado pasivamente por los K, que vorazmente pretendieron quedarse con la empresa, aprovechando sus dificultades. Otros sostienen que en 2015 el gobierno de CFK intentó ayudarlos una vez más.

En el 2008 su romance con el kirchnerismo estaba en su punto más alto. A principios de ese año, la presidente Fernández de Kirchner leyó en un acto oficial una carta que le enviara Enrique Pescarmona. El texto se escuchó por cadena nacional: "Señora Presidenta de la República Argentina, doctora Cristina Fernández de Kirchner: Tengo el agrado de informarle que el sábado 19 del corriente, en horas de la mañana -o sea mañana, hoy es 18- se firmará en Puerto Ordaz, Venezuela, con la presencia del presidente comandante don Hugo Chávez Frías, el contrato de la provisión de las turbinas y generadores Kaplan más grandes del mundo por parte de nuestra empresa. Es un orgullo para la tecnología nacional, el diseño, fabricación, transporte y montaje de estas grandes maquinarias hidráulicas, que serán diseñadas enteramente en nuestro país. Tocoma es el contrato más grande de la exportación de alta tecnología que haya hecho la República Argentina en su historia, por un valor de 520 millones de dólares. (…) Le agradezco a usted el apoyo que nos proporcionó la Embajada Argentina en Venezuela, así como todos los que intervinieron en este suceso. Con todo respeto, Ingeniero Enrique Pescarmona". La euforia del empresario no era para menos. Gracias a las gestiones del gobierno argentino su empresa había derrotado en ese proceso licitatorio a Siemens, General Electric y a la francesa Alstom.

Es precisamente, y no casualmente, en ese 2008 que la empresa Pescarmona aparece en los cuadernos de Centeno. Francisco Valenti, mano derecha de Pescarmona, vicepresidente de Impsa en ese tiempo, se reunió, según los registros de Centeno en sus cuadernos, veinte veces con Baratta entre 2008 y 2015. La mayoría de los encuentros se realizaban en el Hotel Feir´s Park de la calle Esmeralda del barrio de Recoleta. En siete de esos encuentros, siempre según el chofer y su meticuloso diario, Valenti entregó a Baratta 2.885.000 dólares. Hay otros ocho encuentros registrados en los que Valenti entrega bolsos por sumas que no están precisadas. Y en cinco reuniones, Centeno no percibió entrega de dinero alguno. Además de Valenti y Lazarte de algunos de esos encuentros participaron Daniel Muñoz, el fallecido y multimillonario secretario de Néstor Kirchner, y Nelson Lazarte, el empleado todo terreno de Baratta.

Oscar Centeno, chofer de Roberto Baratta
Oscar Centeno, chofer de Roberto Baratta

Se puede sostener una rápida presunción que casi no admite prueba en contrario. Los encuentros con Valenti eran, de estas citas laborales, las que más disfrutaba Baratta. No sólo por el orden, la prolijidad y la puntualidad del atildado y formal ingeniero ladero de Pescarmona. Sino porque en esas reuniones no sólo había traspaso de bolsos. A cada cita, Valenti llevaba una caja de vinos o espumantes de la bodega Lagarde, propiedad de la familia Pescarmona. Aunque Baratta no siempre pudo disfrutar de las bebidas alcohólicas obsequiadas: en la única reunión a la que asistió Daniel Muñoz, este fue el que se llevó la caja a su domicilio. Aún en lo ilegal las jerarquías se respetan.

El periodista de La Nación Diego Cabot que con método, paciencia y un trabajo ejemplar desató la tormenta judicial y esta premura de los principales empresarios del país por confesarse que hace acordar a los chicos de una parroquia antes de tomar la primera comunión, con un razonamiento lógico afirmó que muy difícilmente Pescarmona esté tranquilo en estos momentos teniendo en cuenta que Valenti es uno de los detenidos. El vínculo entre los dos es evidente. El ingeniero Valenti con décadas en Impsa, mantuvo un cargo un cargo en el directorio de la empresa aún luego de la crisis que determinó la pérdida del 65 % de la familia Pescarmona.

A principios de este semana, y ante las acusaciones que pesan sobre él, fue separado de su cargo. El involucramiento de Francisco Valenti, número 2 de la empresa, hace deducir que Pescarmona estaba al tanto de todo. Cabot antes de publicar su investigación se comunicó con el empresario mendocino que desdeñó las acusaciones y apostó a su poder para permanecer impune. Impunidad que tambalea con los sucesos de los últimos días. Nadie está tranquilo. Tal vez, pensando en esa impunidad y confiando en los vicios acendrados de la justicia federal argentina, ni Valenti ni Pescarmona se preocuparon demasiado cuando explotó el escándalo. Esa madrugada allanaron las propiedades de Valenti en Mendoza y le decomisaron un automóvil. Él se encontraba fuera del país.

Sin embargo no retrasó su regreso y un par de días después fue apresado en Ezeiza cuando su avión aterrizó proveniente de Dubai. Valenti no fue uno de los arrepentidos y quedó detenido. Tal vez en estos días revea su posición. Los hechos tomaron muchísima más velocidad de la que los empresarios, acostumbrados a una justicia morosa y complaciente, están acostumbrados. Acaso, piensen, sea el tiempo de cambiar de actitud.

Tanto Valenti como Pescarmona en cada aparición pública se vanagloriaban de la ética empresarial y del aval que sus empresas recibían de organismos como Transparencia Internacional. Tal vez, en sus próximas apariciones modifiquen su discurso.

Dos años atrás, mientras peleaba por no perder su empresa y ya se había desencantado del kirchnerismo, Enrique Pescarmona declaraba: "La argentina es una sociedad enferma. Alterada psicológicamente también, porque creemos que podemos jugar con reglas distintas a las que tiene el mundo". No aclaró que a él también le gustaba jugar con cartas marcadas.