
Fue hace cincuenta años el golpe contra el gobierno de Arturo Illia, año 66. No teníamos conciencia de la gravedad del episodio ni que era el final de una concepción de la sociedad. En el 55 habían derrocado a Perón para instalar -según ellos- la democracia. Once años después asumían que la dictadura también eran ellos, los ricos, los de la clase alta. Y que las fuerzas armadas eran su partido, su poder armado.
Yo era un dirigente estudiantil, habíamos invadido las calles pidiendo presupuesto, no teníamos la menor idea para quién trabajábamos. Luego aprendería -con dolor- que la rebeldía sin talento suele servir siempre al enemigo que dice combatir.
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Recuerdo que fuimos varios a la Plaza de Mayo y veíamos de lejos raros movimientos en la Casa Rosada. No había gente, no había nadie. Imagino que serían unas decenas en torno al Presidente que intentaban detener; luego, la plaza vacía. El progresismo no lo defendió, la revista Primera Plana, dirigida por Jacobo Timerman, lo trataba de tortuga. Todos éramos simples observadores del comienzo de la decadencia, del final de la sociedad industrial e integrada. Después de eso, todo fue bajo el signo del atraso.
El golpe del 55 fue el principio. Todavía nadie asumía que lo que molestaba era el voto popular, que cuando hablaban de democracia soñaban con el voto calificado. Al derrocar al peronismo imaginaron que los demócratas eran ellos, al derrocar a Illia debieron asumir que todo era distinto: lo que ellos -los ricos- no soportaban era la democracia. Primero derrocaron al radicalismo en el treinta, luego al peronismo, al desarrollismo de Frondizi y finalmente a Illia, claro que ahora asumían ser una dictadura con justificaciones varias. Los ricos eran también los dueños del partido militar y ese no votaba, derrocaba a los votados. Siempre arrastrando el relato de que habrían podido ser un gran país pero, los pobres y la democracia se lo impidieron. Se sienten una minoría agredida por los sucesivos "populismos", una manera despectiva de tratar a los votados.
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El radicalismo estaba dividido, no eran tantos los que defendían el gobierno de Illia. El peronismo estaba en la clandestinidad y más fuerzas con vigencia no había. Onganía iba a entrar en carroza a la Sociedad Rural, esa misma que luego silbaría a Raúl Alfonsín; eran otros tiempos, el campo todavía era más un símbolo de status que un pilar productivo. Pero la carroza define una visión del mundo y de la historia, con ese pensamiento era imposible ingresar al mundo de la revolución industrial.
Y lo más atroz, "la noche de los bastones largos", la destrucción para siempre de la ciencia nacional para que emigraran al mundo nuestros mejores científicos, acusados de "marxistas". Las ciencias duras nunca más lograron recuperarse, la Universidad jamás volvería a aquel nivel donde podían pasar de un rector como Risieri Frondizi a un sucesor como Julio Olivera, pero el talento y el prestigio ocupaban el lugar que luego la decadencia le asignaría a las meras roscas de política menor.
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El golpe a Illia marca una voluntad de dictadura definitiva, como ni siquiera en el 55 se animaron a expresar. La destrucción de la sociedad se inicia con Onganía y sus ministros, padres de familias numerosas. La Iglesia Católica y el Partido Comunista van a tener sus acuerdos con el golpe que dejaran a sus multitudinarias juventudes sin rumbo ni destino.
El golpe del 66 destruye una concepción de la universidad a la par que engendra la violencia como fenómeno masivo. Los estudiantes que debatían entre las tendencias marxistas del reformismo en la FUA y la influencia cristiana en el humanismo, esos al poco tiempo deciden que la violencia es la única salida. Como dirigente del humanismo a los pocos días recibí un libro de Régis Debray, "Revolución en la revolución": nacía la convocatoria a la guerrilla. Destruir la democracia en la universidad y expresar que la dictadura no tenía tiempos políticos ni cronológicos era la manera de enviar a una generación politizada a la violencia y a la muerte.
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El mismo partido militar que los expulsa en el 66 los va a masacrar en el 76. Sólo después de semejante genocidio los militares desaparecen como fuerza que expresa a una oligarquía tan mediocre como decadente. Claro que ya nunca vamos a tener aquel nivel de integración social cuya destrucción inicia don Álvaro Alsogaray, continúa don Alfredo Martínez de Hoz y finalizan la atroz tarea destructiva la dupla de Cavallo con Dromi que los Kirchner consolidan.
En aquel golpe militar -sin resistencia popular ni política- en aquella caída de un hombre digno como pocos, de un argentino tan decente como bien intencionado, hubo un ministro de Salud que se animó a cuestionar a una de las peores mafias que nos azotan: Oñativia enfrentó a los laboratorios y ahí estaba buena parte de las razones del golpe.
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El golpe del 55 soñó la desaparición del peronismo; once años después, el golpe contra Arturo Illia imaginó una dictadura permanente, "las urnas estaban bien guardadas". Ése fue el nacimiento de la violencia. Diez años más tarde surgía una dictadura decidida a terminar con las vidas de los que pensaban distinto, y -en especial- con aquella violencia que había nacido por su culpa al destruir la universidad y proponer que la democracia fuera postergada para siempre. Y no habrá habido dos demonios, pero el hecho de que la Dictadura haya sido genocida no implica que la guerrilla haya sido lúcida.
Los genocidas del 76 son la exacerbación de aquel golpe que derrocó a Illia y se imaginó fundacional al ingresar el dictador con laureles a la sociedad rural. Son cincuenta años de atraso, de retroceso, de concentración económica y de marginación social. Fueron los golpes y el feudalismo que se decía peronista, de Menem y de los Kirchner, todos viviendo de recuerdos sin siquiera asumir la responsabilidad de repensar nuestro lugar en el mundo. Las empresas y los ricos son más ricos mientras, los pobres se multiplicaron tanto como la deuda externa; ambos logros de una misma matriz de pensamiento. Estamos a tiempo de reencontrarnos, es imprescindible hacerlo.
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