Bullying en Perú: cuándo deben intervenir la familia, la escuela y los servicios de salud ante un caso de acoso escolar

Dolores físicos antes de clases, faltas reiteradas, aislamiento e irritabilidad pueden revelar una agresión sostenida entre alumnos y requieren una respuesta temprana de adultos e instituciones

Entrevista en Radio Nacional a la psicóloga Rosa Quispe, coordinadora de la Estrategia de Salud Mental de la Diris Lima Centro. Durante la transmisión, la especialista explica las principales señales de alerta para identificar el acoso escolar o bullying en los hijos, abordando cambios de conducta, ausentismo escolar y recomendaciones para la atención por parte de los padres.
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La negativa persistente a asistir a clases, los dolores de estómago antes de salir de casa, el aislamiento y la irritabilidad pueden ser señales de acoso escolar, una forma de agresión que afecta la asistencia, el desempeño académico y la salud mental de niños y adolescentes. La psicóloga Rosa Quispe, coordinadora de la estrategia de salud mental de la Dirección de Redes Integradas de Salud (DIIS) Lima Centro, pidió a las familias prestar atención a esos cambios y evitar atribuirlos de inmediato a la desobediencia o a problemas de crianza.

Quispe definió el acoso escolar como una conducta intencional, repetitiva y recurrente contra un estudiante o un grupo. La agresión puede adoptar formas físicas, verbales, psicológicas o sociales, y suele instalarse en espacios donde la víctima percibe que no tiene recursos para defenderse o pedir ayuda. El problema compromete a quien recibe el ataque, a quien lo ejerce y a los observadores que presencian la situación.

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La especialista advirtió que el silencio de los testigos también forma parte del escenario. Algunos pueden permanecer al margen por miedo, otros pueden sentirse frustrados ante la agresión y varios no saben cómo intervenir para respaldar al compañero afectado. Por esa razón, la prevención exige que la comunidad educativa reconozca que el maltrato entre pares no es un hecho aislado ni una situación que deba normalizarse.

Un niño sentado solo con la cabeza baja en un aula mientras varios estudiantes susurran en grupo a sus espaldas.
Un estudiante permanece sentado en solitario con la mirada baja mientras otros alumnos conversan a su alrededor en un aula escolar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El rechazo a ir al colegio puede ser una señal de alerta

Entre las primeras manifestaciones aparece el rechazo a asistir a la escuela. El niño, niña o adolescente puede inventar excusas para faltar, pedir quedarse en casa o presentar molestias físicas antes de la jornada escolar. Las ausencias frecuentes y los dolores de estómago previos a las clases requieren atención, sobre todo cuando se repiten sin una causa médica identificada.

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Infografía con ilustraciones de escolares y datos estadísticos sobre la violencia en colegios de Perú durante el año 2026.
Una infografía con datos del registro SíseVe expone que Perú alcanzó 11.805 reportes de violencia escolar en 2026, con incrementos en agresiones entre alumnos y por parte del personal. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ese ausentismo puede repercutir en las calificaciones. Quispe relató que, a lo largo de sus 15 años de experiencia asistencial, atendió a familias que consultaban por el bajo rendimiento de sus hijos sin haber advertido que existía una situación de hostigamiento detrás de las dificultades académicas. La preocupación por las notas, señaló, debe ir acompañada de preguntas sobre el bienestar emocional y la convivencia en la escuela.

El miedo, la ansiedad, la tristeza, la falta de apetito y el aislamiento también pueden revelar que el estudiante atraviesa una situación de violencia. La depresión, explicó la psicóloga, no siempre se expresa mediante el llanto o el abatimiento. Puede presentarse como indiferencia, frustración, enojo o conductas agresivas, expresiones que a veces los adultos interpretan sin considerar el malestar que las origina.

Mochila azul abierta en el suelo de un pasillo con cuadernos y hojas sueltas cerca de casilleros azules.
Una mochila abierta con libros y cuadernos desparramados permanece en el suelo de un pasillo escolar desierto. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La escucha familiar debe preceder a los reproches

La recomendación para las familias es acercarse sin juzgar ni responsabilizar al menor por lo que sucede. Frente a cambios repentinos de ánimo, dificultades para dormir, pérdida de interés por actividades habituales o resistencia a hablar sobre el colegio, los adultos deben propiciar un espacio de conversación. Escuchar con empatía antes de emitir reproches puede facilitar que el estudiante cuente lo que le ocurre.

Bullying ciberbullying acoso escolar
Crédito: Freepik

Quispe remarcó que la presencia física de los adultos en el hogar no siempre garantiza una comunicación efectiva. Las obligaciones laborales, las tareas domésticas y el uso constante del teléfono pueden reducir el tiempo de intercambio con hijos e hijas. La atención de calidad implica detenerse, preguntar de manera concreta por su día, validar sus emociones y evitar minimizar aquello que relatan.

Frases como “son cosas de niños”, “debes aprender a defenderte” o “seguro hiciste algo” pueden profundizar el aislamiento de la víctima. El estudiante necesita percibir que cuenta con un respaldo adulto y que pedir ayuda no implicará un castigo ni una descalificación. La familia constituye el primer soporte ante una posible agresión entre estudiantes, aunque la respuesta también requiere la participación de la institución educativa y de los servicios de salud.

Mochila azul abierta en el suelo de un pasillo con cuadernos y hojas sueltas cerca de casilleros azules.
Una mochila abierta con libros y cuadernos desparramados permanece en el suelo de un pasillo escolar desierto. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La intervención debe involucrar a la escuela y a los servicios de salud

Cuando aparecen señales de alerta, la familia puede acudir a un centro de salud para una evaluación que determine el nivel de afectación emocional y física. Si el caso requiere atención especializada, el establecimiento puede derivar al paciente a un centro comunitario de salud mental. La atención debe contemplar al niño o adolescente, pero también a su entorno familiar, debido a que el acompañamiento cotidiano incide en la recuperación.

Un adolescente sentado en el suelo de un pasillo escolar con la cabeza gacha, junto a una fila de casilleros, mientras otros estudiantes caminan al fondo.
Un adolescente se sienta solo y cabizbajo en el suelo de un pasillo escolar, con su mochila a un lado, mientras otros estudiantes caminan a lo lejos, simbolizando el aislamiento y el impacto del bullying. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las escuelas, por su parte, tienen la responsabilidad de observar las dinámicas entre alumnos y actuar ante posibles situaciones de violencia. Los profesionales de psicología de los colegios pueden identificar cambios de conducta, recoger información y activar las rutas de atención correspondientes. Si el caso supera sus competencias o exige un abordaje clínico, corresponde coordinar la derivación con los servicios de salud.

Adolescente con acné leve, sentado solo en un aula, con otros estudiantes desenfocados al fondo.
Un adolescente con acné leve se muestra triste y ansioso, sentado solo en un aula, rodeado de sus compañeros al fondo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El acoso puede presentarse en instituciones estatales y privadas, sin una relación exclusiva con el nivel económico, social o educativo de cada comunidad. Las condiciones de convivencia en el hogar, el clima escolar y las formas de relacionamiento entre estudiantes pueden influir en la aparición de estas conductas. La detección temprana permite evitar que el miedo, el ausentismo y el deterioro emocional se consoliden en la vida del estudiante.

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