La autonomía se aprende en los primeros años a través de acciones cotidianas que, con el acompañamiento de la familia y la escuela, pueden convertirse en hábitos duraderos. Reconocer sus pertenencias, guardar la ropa, llevar una mochila o identificar una prenda del aula son tareas simples que ayudan a que cada niño asuma responsabilidades acordes con su edad y avance en la construcción de su autoestima.
La doctora María Esther Bernabel Vega, especialista en primera infancia y psicóloga infantil, señaló en Radio Nacional que estos aprendizajes no se limitan al espacio escolar. Las pautas que los niños reciben en el aula necesitan continuidad en el hogar, donde los padres, tutores u otros adultos responsables pueden reforzarlas mediante la repetición, el acompañamiento y la organización de rutinas.
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Durante la primera infancia, la adquisición de hábitos se vincula con situaciones concretas. Un niño de uno, un año y medio o dos años puede aprender dónde se guarda su ropa, cuál es su mochila o qué objeto debe llevar al jardín. La complejidad de la tarea no es el único aspecto relevante: el valor está en que el niño comprenda que puede participar en actividades de su vida diaria.

La familia transforma las pautas escolares en rutinas diarias
La relación entre la escuela y el hogar adquiere un papel central durante la etapa preescolar y los primeros años de escolaridad. La institución educativa puede proponer orientaciones, pero la familia es quien las incorpora a la vida cotidiana. Esa continuidad permite que las conductas se repitan en distintos espacios y tengan mayores posibilidades de consolidarse como hábitos.
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Vilma explicó que las escuelas de familia funcionan en instituciones públicas y privadas a partir de normas orientadas al fortalecimiento familiar y al trabajo transversal con los adultos responsables. Estas instancias buscan que madres, padres y tutores conozcan las pautas que se trabajan con los niños y encuentren formas de aplicarlas en el hogar.
La especialista sostuvo que la responsabilidad educativa corresponde a la familia y a la escuela. Según planteó, los cuestionamientos hacia los colegios pueden surgir cuando un niño se resiste a incorporar determinados comportamientos, aunque ese proceso requiere una participación compartida. Las instituciones ofrecen herramientas y marcos de aprendizaje; los adultos del entorno cercano aportan constancia y referencia cotidiana.
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Los hábitos se construyen de forma progresiva durante el desarrollo
La formación de conductas atraviesa la primera infancia, la segunda infancia y la adolescencia. Algunas prácticas favorecen el desarrollo de la autonomía, mientras que otras pueden requerir cambios cuando generan dependencia o dificultan la convivencia. El acompañamiento adulto no supone hacer las tareas por el niño, sino ofrecer indicaciones adecuadas y permitir que ensaye respuestas propias.

En esa lógica, el error también integra el aprendizaje. Cuando un niño intenta guardar sus objetos, ponerse una prenda o preparar una mochila, puede necesitar ayuda al principio. La intervención del adulto puede consistir en dividir la actividad en pasos, nombrar los objetos y establecer horarios previsibles. Con el tiempo, esas acciones pueden realizarse con menor asistencia.
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La formación de hábitos de autonomía puede adaptarse a las características de cada niño. Vilma remarcó que este trabajo no se dirige solo a quienes tienen discapacidad o una condición del espectro autista, sino a toda la población infantil. Las estrategias, los tiempos y los apoyos pueden variar, pero el objetivo consiste en que el niño participe en las tareas que corresponden a su etapa de desarrollo.

Las rutinas pueden fortalecer la autoestima y la capacidad de poner límites
En el caso de un niño de dos años con autismo, una lonchera, una mochila o una prenda que identifique el aula pueden funcionar como puntos de referencia. La repetición de esa rutina contribuye a organizar la jornada y facilita la incorporación de una conducta. Cuando la experiencia se sostiene, la acción puede convertirse en hábito y dar lugar a un mayor nivel de autovalimiento.
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La especialista vinculó este proceso con la construcción de una autoestima saludable. Aprender a realizar actividades cotidianas permite que el niño se reconozca como una persona capaz de intervenir en su entorno. Ese reconocimiento puede influir luego en su manera de relacionarse con otros, expresar lo que necesita y establecer límites ante situaciones que le generan incomodidad.
Según explicó Vilma, el aprendizaje comienza desde los primeros contactos con el ambiente. La especialista sostuvo que las capacidades cognitivas empiezan a desarrollarse desde los 18 días de nacido y que el aprendizaje social constituye una de las primeras formas de relación con el mundo. En ese intercambio aparecen conductas que pueden orientarse hacia la autonomía o hacia una dependencia persistente.
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La autonomía infantil tiene efectos en las etapas posteriores de la vida
La presencia de una familia o de adultos responsables es un factor relevante en este recorrido. Los niños que no viven con su familia requieren el acompañamiento de docentes, cuidadores, tutores u otros referentes del ámbito educativo. Vilma advirtió que existen situaciones en las que tampoco hay un adulto disponible para sostener estas prácticas, lo que puede limitar la continuidad necesaria para afianzar hábitos.
Las rutinas no demandan recursos complejos. Pueden comenzar con una consigna diaria, un lugar fijo para los objetos personales, una secuencia para prepararse antes de salir o la participación en tareas pequeñas del hogar. La repetición y el acompañamiento adulto permiten que esas experiencias tengan sentido para el niño y no queden reducidas a una indicación aislada.
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Para la especialista, la formación temprana de estas conductas mantiene relación con las etapas posteriores de la vida. “Si usted quiere tener una adultez tranquila, una vejez tranquila, formemos desde aquí las conductas que van a brindar esa autonomía y ese autovalimiento”, afirmó. La propuesta apunta a que los niños incorporen herramientas desde sus primeros años para desenvolverse con mayor seguridad en la escuela, en la familia y en los espacios sociales.
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