El “hombre de dos cabezas” y otras historias impactantes detrás de las piezas del Museo del Cerebro de Lima, único en Latinoamérica

En pleno Centro de Lima, el Museo de Neuropatología exhibe 300 piezas anatómicas reales conservadas en formol, algunas de hace cincuenta años. La tecnólogo médico Fresia Astocondor explica qué hay detrás de cada frasco y por qué el recinto ya no tiene lugar hasta noviembre

Fundado en 1997, el Museo de Neuropatología no solo exhibe casos clínicos reales de enfermedades infecciosas, tumorales y degenerativas, sino que también funciona como un centro de aprendizaje vital para estudiantes de medicina, psicología y público curioso. Conoce su historia y sus piezas más impactantes. (Video: Paula Elizalde)
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En el corazón de Barrios Altos, en el Centro de Lima, dentro del Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas, existe un lugar que pocos limeños conocen y que no tiene par en toda América Latina: el Museo de Neuropatología, conocido popularmente como el Museo del Cerebro. Tres ambientes, 300 piezas anatómicas reales conservadas en formol y casi treinta años de historia componen un recinto que recibe miles de visitantes al año —con agenda copada hasta octubre— y que ya planea mudarse a un terreno más grande en Chorrillos para seguir creciendo. Infobae Perú recorrió sus salas junto a la licenciada Fresia Astocondor, tecnólogo médico en laboratorio clínico y anatomía patológica del instituto, quien explicó cada pieza con la precisión de quien lleva años trabajando con ellas.

Museo del Cerebro
El museo conserva registros de necropsias realizadas en el instituto desde 1942. (Paula Elizalde)

Un museo que nació para los médicos y se abrió al mundo

El Museo de Neuropatología fue fundado el 26 de agosto de 1997 por el doctor Luis Palomino. En sus inicios, el espacio no estaba pensado para el público general: era un laboratorio de formación donde los médicos residentes que rotaban por el instituto realizaban disecciones y recibían clases directamente frente a las piezas. “Solamente residentes entraban aquí al museo”, recuerda Astocondor.

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Ese modelo cambió en 2005, cuando la doctora Diana Rivas, entonces a cargo del departamento, tomó la decisión de abrir las puertas a la comunidad. Desde entonces, el museo recibe estudiantes de Medicina, Psicología y Enfermería, universitarios, escolares a partir de ocho años, institutos y público en general. La colección, que comenzó con unas cien muestras, creció bajo la conducción sucesiva de la doctora Adriana Ciudad y luego de la doctora Diana Rivas hasta alcanzar las 300 piezas en exhibición actuales. Detrás de ellas, en lo que Astocondor llama la “cerebroteca”, hay cientos de cerebros más, estudiados y diagnosticados, que no están en exposición pero forman parte del archivo científico del instituto.

Museo del Cerebro
Desde 2005, el espacio está abierto al público general. (Paula Elizalde)

Tres salas, tres mundos del sistema nervioso

El recorrido se divide en tres ambientes claramente diferenciados. El primero está dedicado a las malformaciones congénitas y adquiridas del sistema nervioso central. Allí se exhiben fetos —“no llegaron a nacer”, aclara Astocondor— con condiciones como la encefalocele, en la que el cerebro queda expuesto porque el tubo neural no cerró a los 28 días de gestación, o la holoprosencefalia, en la que ambos hemisferios aparecen fusionados. Las causas de estas malformaciones, explica la licenciada, pueden ser genéticas o asociadas al consumo de alcohol, drogas o a deficiencias de vitaminas y ácido fólico durante el embarazo. “Son casos muy raros que existen, no es continuo eso”, aclara.

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Museo del Cerebro
La colección incluye casos en los que el tubo neural no se cerró durante el desarrollo fetal. (Paula Elizalde)

El segundo ambiente muestra el cerebro sano: su anatomía, sus lóbulos, sus cisuras, los ventrículos donde se produce el líquido cefalorraquídeo y las meninges que lo protegen. Todas las piezas están sumergidas en formol al 10 %, el mismo líquido conservante que se renueva cada seis meses para evitar la oxidación. Las más antiguas, que datan de hace cincuenta años, presentan un tono amarillento que las distingue de las más recientes, de color más claro. “De acá a cincuenta años vienes, tus hijos quizás o tus nietos van a ver igualito”, dice Astocondor.

Museo del Cerebro
Los cerebros y otras muestras se conservan en formol al 10%. (Paula Elizalde)

El tercer ambiente es el más denso: las enfermedades del sistema nervioso central, clasificadas en cuatro grandes grupos: procesos infecciosos, tumorales, vasculares y degenerativos. Es aquí donde se concentran los casos más impactantes del museo.

Museo del Cerebro
La colección del museo comenzó con cerca de 100 muestras. (Paula Elizalde)

La pieza más antigua y el raro caso del llamado ‘hombre de dos cabezas’

La pieza más antigua del museo es un cerebro con microcefalia. Se trata de un caso de toxoplasmosis congénita: el cerebro, que corresponde a un adulto, pesa apenas 400 gramos —frente al rango normal de entre 1.200 y 1.400 gramos— y es la primera parada obligada del recorrido para entender la escala de lo que puede salir mal en el desarrollo neurológico.

Museo del Cerebro
Algunas de las piezas preservadas tienen cerca de 50 años. (Paula Elizalde)

Pero si hay una pieza que detiene a los visitantes, es el schwannoma de nervio periférico que se exhibe en el tercer ambiente. Se trata de un tumor gigante que pesaba 1.400 gramos —tanto como un cerebro normal— y que creció a nivel cervical hasta hacerse visible desde afuera del cuerpo. “Le decían el hombre de dos cabezas”, cuenta Astocondor. La operación fue exitosa, los medios de comunicación cubrieron el caso paso a paso hace unos quince años, y el paciente se recuperó. Lo que quedó en el museo es el tumor extraído: un frasco que, a primera vista, parece contener un cerebro, pero que en realidad está compuesto íntegramente por células tumorales.

Museo del Cerebro
Las piezas anatómicas exhibidas en el museo son reales. (Paula Elizalde)

Cisticercosis, aneurismas y lo que el formol preserva

Uno de los bloques más extensos del recorrido está dedicado a la cisticercosis, una enfermedad parasitaria que el museo ilustra con una colección de piezas que muestran el ciclo completo del parásito dentro del sistema nervioso. El quiste de cisticerco llega al cerebro cuando una persona ingiere el huevo de la Taenia solium —presente en heces, tierra, agua o verduras regadas con agua servida— y el parásito viaja a través del torrente sanguíneo hasta alojarse preferentemente en la sustancia gris, la zona más vascularizada del cerebro. “La fase infectante para llegar a cisticercos es cuando ingieren el huevo de la Taenia solium. ¿Cuánto mide? Treinta micras. Muy pequeño, no lo vemos”, explica Astocondor.

Museo del Cerebro
El museo fue creado inicialmente para la formación de médicos residentes. (Paula Elizalde)

Las consecuencias pueden ser devastadoras: convulsiones, cuadros epilépticos, hidrocefalia si el parásito obstruye la circulación del líquido cefalorraquídeo. La licenciada recuerda un caso documentado por la doctora Adriana Ciudad en el que un cisticerco racemoso medía quince centímetros dentro del cerebro de un paciente. Los sobrevivientes, advierte, no siempre quedan sin secuelas: “Puede quedar hemipléjico, cuadripléjico y múltiples cuadros neurológicos. No va a quedar perfecto porque ha destruido parte del cerebro.”

Museo del Cerebro
El espacio fue creado por el doctor Luis Palomino Palomino. (Paula Elizalde)

El museo también exhibe casos de meningitis —bacteriana, viral, criptococócica y tuberculosa—, varios de ellos asociados a pacientes con VIH. Y en el bloque vascular, una de las piezas más impactantes: un aneurisma gigante en la arteria cerebral media que se rompió y produjo una hemorragia masiva. “Cuando se rompe, mayormente mueren los pacientes”, dice Astocondor. Junto a él, una hemorragia subaracnoidea donde la sangre ocupa el espacio que debería recorrer el líquido cefalorraquídeo: “Todo lo oscuro es sangre, todo lo oscuro.”

Museo del Cerebro
Una de las muestras permite observar un encefalocele, una malformación en la que el cerebro queda expuesto. (Paula Elizalde)

Un archivo de historia científica

Al fondo del museo, casi como epílogo del recorrido, se encuentran los instrumentos con los que trabajaron generaciones de patólogos: un microscopio monocular de 1916, una balanza de precisión de 1945, un microtomo antiguo —“yo llegué a usar este microtomo”, dice Astocondor, frotándose el hombro al recordar el esfuerzo físico de girar la manivela para obtener cortes de cinco micras— y los libros de registro donde consta que la primera necropsia realizada en el instituto data del 6 de diciembre de 1942.

Museo del Cerebro
Entre los objetos históricos hay un microscopio de 1916 y balanzas antiguas. (Paula Elizalde)

Hoy ese trabajo se realiza con inmunohistoquímica, una técnica que permite identificar con mayor precisión el tipo de tumor que afecta a un paciente. “Va cambiando, va mutando la célula y ya no es igual como antes. Ya todo varía, hasta los nombres van variando de los diagnósticos también”, señala la licenciada.

Las piezas que llegan al museo son el resultado de necropsias realizadas con autorización familiar, en casos donde no se llegó a un diagnóstico en vida o donde el caso resulta clínicamente relevante. La última necropsia registrada data de 2019. Cuando el médico patólogo y el equipo de neurólogos y neurocirujanos identifican un caso excepcional, el corte pasa al museo. Los demás van a la cerebroteca.

Museo del Cerebro
Estas piezas fueron donadas por la Maternidad de Lima y se conservan en formol. (Paula Elizalde)

¿Cómo visitar el único museo del cerebro de Latinoamérica?

El Museo de Neuropatología funciona dentro del Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas, en el jirón Áncash, cuadra 12, en Barrios Altos. La atención es de lunes a sábado, de 7 de la mañana hasta la 1 de la tarde —el último grupo ingresa a la 1—. La entrada cuesta 13 soles para el público en general y 2 soles para escolares de colegios nacionales y particulares. La agenda está completa hasta octubre; las reservas para noviembre ya están en curso.

Museo del Cerebro
El museo también recibe a escolares desde los ocho años. (Paula Elizalde)

El instituto, además, recibió la donación de un terreno en Chorrillos donde se proyecta construir un museo de mayor amplitud, con auditorio incluido. Mientras llega ese futuro, el recinto actual sigue siendo, en palabras de Astocondor, “una biblioteca, un archivo de libros” donde cada frasco cuenta la historia de un cerebro que alguna vez pensó, sintió y enfermó.

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