
El consumo excesivo de azúcar es un hábito alimentario inadecuado que, con el tiempo, genera serios problemas de salud. Los niños son particularmente vulnerables, sobre todo, cuando el azúcar es introducido en su dieta durante los dos primeros años de vida.
Las madres o los cuidadores suelen pensar que el movimiento de la lengua que empuja la comida hacia afuera es una señal de que el sabor de la comida ofrecida al niño es desagradable, bajo en azúcar o en sal. Esas ideas son totalmente erróneas. El movimiento de la lengua se llama reflejo de extrusión y es completamente normal. Por otro lado, la leche materna es insípida, por tanto, el niño que empieza a comer no sabe cómo diferenciar si algo está bajo azúcar o sal.
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En este contexto, la introducción de azúcar a temprana edad sensibiliza al niño al sabor dulce y lo condiciona para convertirlo en una necesidad dentro de su alimentación cotidiana. Este evento genera un incremento considerable en el riesgo del niño para desarrollar diversos problemas de salud en el corto y largo plazo.

Uno de los estudios más grandes de historia que evaluó este tema fue llevado a cabo en Reino Unido entre 1953 y 1956. Durante la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido aplicó un fuerte racionamiento de alimento que incluía una restricción severa en el consumo de azúcar: los adultos no podían recibir diariamente más de 40 g de azúcar (8 cucharaditas) y los niños no más 15 g (3 cucharaditas).
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El racionamiento acabo en 1954 y los investigadores utilizaron ese momento para estudiar a más de 60 mil niños que luego se convirtieron en adultos. Los niños fueron divididos en dos grupos: los que nacieron durante el racionamiento y los que nacieron después, cuando el consumo de azúcar se incrementó varias veces.
Los resultados mostraron que los niños que nacieron durante el racionamiento, es decir, casi no habían consumido azúcar presentaron un 35% menos riesgo de desarrollar diabetes mellitus y un 20% menos riesgo de desarrollar hipertensión arterial comparados con los niños que habían nacido a partir del fin del racionamiento.
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Con los años, la ciencia se ha encargado de aportar mayor cantidad de información que ha apoyado estas observaciones iniciales y además ha descubierto que el consumo de azúcar en niños también incrementa el riesgo de desarrollar otros problemas de salud que describiremos brevemente más adelante.
Ahora bien, la palabra azúcar es el nombre genérico que reciben diferentes moléculas que aportan dulzor, calorías y están presentes en los alimentos de manera natural o añadida. Las más conocidas son: la fructosa, abundante en las frutas; la glucosa, abundante en la miel de abeja, la lactosa, azúcar exclusiva de la leche; y la sacarosa, aquella que empleamos para endulzar bebidas o postres.
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El consumo excesivo de sacarosa está estrechamente relacionado con el desarrollo de caries: aquellas personas con un consumo mayor de sacarosa desarrollan caries más rápido que aquellas con un consumo reducido. La sacarosa y la glucosa en exceso en la alimentación alteran el equilibrio natural de la microbiota intestinal generando una condición llamada disbiosis que puede producir inflamación y una alteración considerable de la salud metabólica. El consumo excesivo de sacarosa también afecta el equilibrio energético promoviendo la ganancia de peso, el sobrepeso y la obesidad, condiciones que incrementan el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas como el cáncer.

La lactosa, por otro lado, presenta un efecto protector. Su índice cariogénico (capacidad de generar caries) es muy bajo, contribuye con el equilibrio y desarrollo de la microbiota intestinal y el control del peso. La fructosa presente en las frutas es segura, sobre todo, cuando la fruta ase consume entera.
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En conclusión, la sacarosa no aporta beneficio alguno a la salud de los niños. Introducirla tempranamente en su alimentación condiciona la aparición de un hábito alimentario innecesario que puede afectar su salud el resto de su vida. Recuerde, el consumo excesivo de sacarosa y glucosa está asociado con el desarrollo de diferentes problemas de salud. La lactosa, por otro lado, tiene un papel protector. El azúcar común blanca o rubia, la panela o chancaca, la algarrobina o la miel de abeja presentan el mismo impacto negativo sobre la salud.

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