
Durante casi veinte años, los peruanos nos acostumbramos a una idea: el gas siempre va a estar ahí. Encendemos la cocina, pagamos un recibo de luz relativamente bajo y damos por hecho que el gasoducto de Camisea seguirá funcionando como hasta ahora. Pero a pocos kilómetros de nuestra frontera, Bolivia —gran proveedora de gas de Sudamérica durante dos décadas— está a punto de convertirse en importadora del mismo combustible que antes vendía. Las razones se parecen, más de lo que quisiéramos, a lo que hoy vive el Perú.
Bolivia es la prueba: sin exploración, no hay gas que dure
La Cámara Boliviana de Hidrocarburos y Energía calcula que, entre 2028 y 2030, Bolivia dejará de ser autosuficiente en gas. Su producción cayó de 60,8 millones de metros cúbicos diarios en 2014 a solo 27 millones hoy: más de la mitad en poco más de diez años.
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La causa no fue un desastre natural ni una guerra, sino algo más simple: durante años nadie invirtió en buscar nuevos yacimientos. Los campos envejecieron y se agotaron, sin nada que los reemplazara. Un país autosuficiente durante generaciones está a punto de depender de sus vecinos para algo tan básico como cocinar o generar electricidad.
Camisea no va a durar para siempre
El Perú depende casi por completo de un solo yacimiento: Camisea, en Cusco. De ahí sale el 96% del gas que usamos en casa, el 70% del gas en balones y cerca del 40% de la electricidad del país. No tenemos un respaldo de ese tamaño si algo falla.
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Los expertos calculan que las reservas de Camisea podrían agotarse hacia el 2040, y el gas que exportamos tiene un plazo más corto: apenas diez años más, en el mejor de los casos. Perupetro tiene el dato más preciso: gas confirmado para unos 13 a 15 años más, al ritmo actual de consumo. No es un plazo lejano: muchas familias que cocinan con gas natural, barato y directo a sus casas, podrían volver al balón de gas licuado, más caro e incómodo.
Esto no es una advertencia abstracta. En marzo de este año, la rotura de un tramo del gasoducto que administra Transportadora de Gas del Perú (TGP) obligó a racionar el suministro y paralizó temporalmente las exportaciones. El Ministerio de Energía y Minas la calificó como la crisis energética más grave en dos décadas. Bastó una sola falla de infraestructura para que todo el país lo sintiera.
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Explorar hoy o importar mañana
Desde finales de 2014 no se ha perforado nuevos pozos productores en los lotes 88 y 56 (Yacimiento de Camisea). El último intento fue el pozo Kimara 1001 (Lote 88, febrero de 2016), con resultado negativo, tras el cual Pluspetrol suspendió indefinidamente su plan exploratorio. Todo lo que produce Camisea hoy viene de yacimientos descubiertos hace más de 20 años, sin ningún hallazgo nuevo desde entonces. El paralelo con Bolivia es directo.
Aunque recientemente Pluspetrol anunció una inversión de US$ 100 millones en el Lote 88, se trata de perforación de desarrollo para sostener la producción actual, lo cual no generará nuevas reservas. Mantener la infraestructura frena el declive inmediato, pero no reemplaza la necesidad crítica de explorar nuevos horizontes.
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Poner a producir un pozo de gas nuevo toma en promedio una década: negociar acuerdos, planificar, perforar y llegar a una producción estable, como muestran los antecedentes de Camisea. Si a esos diez años les restamos los 13 a 15 que le quedan al país en reservas, el margen real para decidir, invertir y ejecutar un nuevo proyecto es de apenas tres a cinco años. Ya no estamos a tiempo de discutir si exploramos o no: la decisión debió tomarse ayer.

Una lección que no admite más demoras
Si el Perú sigue sin invertir en confirmar nuevas reservas, el camino de Bolivia podría repetirse aquí: precios más altos, cortes más frecuentes y la necesidad de importar lo que antes producíamos. En 2028, cuando venza el contrato de exportación del Lote 56, el próximo gobierno tendrá que decidir si prioriza el mercado interno o los compromisos con el exterior. Explorar en Camisea o Candamo implica inversiones enormes, por tratarse de áreas protegidas. Pero postergar esa decisión, como en Bolivia, cuesta más: cada año sin un proyecto en marcha es un año menos del escaso margen que todavía tenemos.
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El Perú todavía conserva algo que Bolivia ya perdió: tiempo, aunque se mida en años y no en décadas. La autosuficiencia energética no se hereda, se construye con inversión constante en exploración. Lo que decidamos hoy determinará si en 2040 seguimos teniendo gas propio o terminamos importándolo, como ya le ocurre a nuestro vecino.
“Sin nuevos yacimientos, Camisea se agota y el Perú corre el riesgo de pasar de exportar gas a tener que importarlo, como ya le ocurre a Bolivia”.

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