La inteligencia artificial no nos quitará el trabajo, pero sí puede dejar atrás a quienes decidan ignorarla

Esta evolución plantea una pregunta inevitable: ¿está preparado el Perú para este cambio?

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Un robot humanoide con cerebro brillante, una llave de casa, una billetera, un teléfono celular y una llave de automóvil conectados por una red de luz.
La ilustración presenta un robot humanoide de cuyo cerebro emerge una red luminosa que vincula diversos objetos personales como una llave de casa, una billetera, un teléfono celular y una llave de auto. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hace apenas unos años, hablar de inteligencia artificial era una conversación reservada para ingenieros, científicos de datos y especialistas en tecnología. Hoy, millones de personas la utilizan a diario para redactar textos, resumir documentos, traducir contenidos o buscar información. La inteligencia artificial dejó de ser una promesa del futuro para convertirse en una herramienta cotidiana.

Sin embargo, estamos apenas en el inicio de una transformación mucho más profunda. La inteligencia artificial que conocemos hoy, basada en asistentes conversacionales, evolucionará rápidamente hacia sistemas capaces de ejecutar tareas completas de manera autónoma. Son los llamados agentes inteligentes: programas que podrán analizar información, tomar decisiones, coordinar procesos y trabajar durante horas sin intervención humana.

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Esta evolución plantea una pregunta inevitable: ¿está preparado el Perú para este cambio?

La respuesta es alentadora, pero también desafiante. Diversos estudios muestran que el Perú se encuentra entre los países latinoamericanos con mayor adopción de herramientas de inteligencia artificial por parte de los consumidores. Existe curiosidad, interés y una disposición natural para experimentar con estas tecnologías.

No obstante, el verdadero reto comienza ahora. El uso individual de aplicaciones de inteligencia artificial es solo el primer paso. Necesitamos que este conocimiento llegue a las empresas, a las instituciones públicas, a las universidades y a los colegios. Debemos formar profesionales capaces de trabajar junto a la inteligencia artificial y no competir contra ella.

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En los últimos meses ha surgido un intenso debate sobre la necesidad de regular esta tecnología. Si bien establecer marcos normativos será importante en el futuro, considero que hoy la prioridad debe ser otra: educar. La inteligencia artificial no puede detenerse ni desaparecerá esperando a que estemos listos. Lo que sí podemos hacer es enseñar a utilizarla de manera responsable, ética y productiva.

También debemos replantear la forma en que orientamos a las nuevas generaciones. Durante décadas, la elección de una carrera profesional estuvo asociada a la estabilidad y permanencia de determinadas ocupaciones. Hoy sabemos que muchas actividades repetitivas serán automatizadas y que los conocimientos técnicos tendrán ciclos de vida cada vez más cortos.

Pero eso no significa que las profesiones desaparecerán. Significa que cambiarán. Las habilidades que seguirán siendo valiosas son profundamente humanas: la creatividad, el pensamiento crítico, la comunicación efectiva, la empatía y la capacidad de aprender constantemente.

Aprender a utilizar inteligencia artificial debería convertirse en una competencia básica, tan importante como aprender inglés o manejar herramientas digitales. No importa si una persona estudia medicina, derecho, ingeniería, marketing o educación. Comprender cómo aprovechar estas tecnologías marcará una diferencia significativa en términos de productividad, empleabilidad y generación de oportunidades.

La inteligencia artificial no necesariamente reemplazará a las personas. Lo que probablemente ocurra es algo mucho más simple: quienes sepan utilizarla tendrán una ventaja considerable frente a quienes decidan mantenerse al margen.

El Perú posee enormes fortalezas: biodiversidad, recursos naturales, riqueza cultural y una ubicación estratégica en la región. La inteligencia artificial puede ayudarnos a potenciar esas ventajas, impulsar nuevos emprendimientos, mejorar la calidad educativa, optimizar servicios públicos y acelerar procesos de innovación.

Tenemos dos caminos por delante. Podemos observar esta revolución tecnológica con temor y escepticismo, o podemos asumirla como una oportunidad histórica para construir un país más competitivo y preparado para el futuro.

La decisión, en realidad, ya comenzó a tomarse.

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