Lo que el HER2 me arrebató

Mi mamá murió en ese espacio, el que existe entre lo que la medicina ya sabe hacer y lo que el Estado decide implementar a tiempo

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Una persona realiza una autoexploración
Una persona realiza una autoexploración mamaria presionando suavemente el pecho, una práctica fundamental para identificar posibles anomalías y promover la prevención del cáncer de mama. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el Perú, el cáncer de mama HER2 positivo sigue siendo tratado como una urgencia postergable, a pesar de que el 30 % de las mujeres con cáncer de mama lo presentan. Y esa postergación mata. No por falta de evidencia científica ni por ausencia de tratamientos, sino por la lentitud con la que el sistema de salud convierte el diagnóstico en acción. Mi mamá murió en ese espacio, el que existe entre lo que la medicina ya sabe hacer y lo que el Estado decide implementar a tiempo.

El 30 de noviembre, a las 14:50, murió por cáncer de mama HER2 positivo. Detrás de esa frase clínica hay una historia conocida para muchas familias, un diagnóstico que llega con promesas, un “sí hay opciones”, seguido por semanas y meses de espera entre autorizaciones, juntas médicas, evaluaciones inconclusas, medicamentos agotados y decisiones que nadie termina de asumir. Nadie decía que no. Nadie decía que sí. El tiempo, en cambio, avanzaba.

El HER2 positivo no es un subtipo raro ni marginal. Representa alrededor del 30 % de los casos de cáncer de mama y se caracteriza por su agresividad y rápida progresión. Por eso, en otros países, las terapias innovadoras se usan de manera temprana. Aquí, en cambio, el acceso suele darse cuando la enfermedad ya avanzó, cuando el margen terapéutico se ha reducido y cuando el costo humano, y también económico, es mayor.

Entre el diagnóstico y el tratamiento se abre un vacío peligroso. Un espacio burocrático donde la paciente espera mientras su cuerpo se deteriora. En ese lapso aparecen frases que se repiten como rutina: “no puede operarse por su condición”, “no califica para evaluación”, “no hay disponibilidad”. El resultado es predecible, ya que cuando finalmente se consideran alternativas, el cáncer ya no está donde empezó. En el caso de mi mamá, avanzó hacia huesos, columna y cabeza en cuestión de meses.

No se trata de buscar culpables individuales ni de desconocer las limitaciones del sistema. Se trata de reconocer una falla estructural, porque el cáncer HER2 positivo no está siendo tratado como la urgencia que es. Cada semana de espera es una decisión. Cada mes sin acceso redefine el pronóstico y cada demora convierte una posibilidad de control temprano en un escenario de cuidados paliativos.

Mientras celebramos avances —necesarios— en otros subtipos de cáncer de mama, el HER2 permanece en una especie de antesala silenciosa. Como si pudiera esperar. Como si el tiempo fuera neutral. No lo es, el cáncer no entiende de trámites, no distingue etapas administrativas ni concede prórrogas.

Mi mamá no murió por falta de ciencia. Murió por la distancia entre la evidencia y la política pública. Murió porque el reloj no jugó a su favor. Y hoy hay mujeres en ese mismo punto intermedio, diagnosticadas, con opciones sobre la mesa, pero detenidas por procesos que no dialogan con la urgencia de la enfermedad. Escribo esto no solo como hija, sino como ciudadana. Porque la discusión sobre sostenibilidad, presupuestos y prioridades en salud no puede seguir desconectada del tiempo real de las personas. En salud, llegar tarde también mata. Y cuando las respuestas no llegan a tiempo, el daño ya no es técnico, es político.