Jaime Bayly, con voz quebrada por una enfermedad que lo acompaña desde hace semanas, llegó a Lima una vez más para estar presente en la Feria Internacional de Libro 2025. Entre recuerdos, humor y reflexión, el escritor se deja ver como un hombre transformado.
Ya no carga rabia contra Lima, la ciudad a la que alguna vez llamó cruel. Ahora reconoce sus avances. Habla con ternura de su madre, de su esposa Silvia que lo llama ‘Sofía’, y de cómo ha aprendido a responder a múltiples nombres sin perderse. En ese tránsito, Bayly revela cuánto ha cambiado él, pero también cuánto ha cambiado el país que dejó atrás.
“Sofía, toma tu remedio”

Jaime Bayly sonríe cuando recuerda cómo su esposa lo llama Sofía. “Me dice Sofía con una naturalidad que me enternece. Sofía, ve a dormir, Sofía, toma tu remedio”, cuenta. No sabe exactamente por qué Silvia eligió ese nombre, pero sospecha que tiene que ver con su lado femenino, ese que no oculta y que a ella le gusta mirar.
“No he sido Sofía yo, sino un personaje, tal vez. Pero Silvia lo disfruta”, explica para el canal de YouTube de Henry Spencer. El escritor se reconoce múltiple, y se divierte con los nombres que ha adoptado a lo largo de los años: Jaimito, James, Jimmy, Jimbo. “A mí me gusta ser más de uno siempre”, afirma. Pero no lo dice como alguien que huye de sí, sino como quien se ha reconciliado con todas sus partes.
“Responder a distintos nombres en la calle es extraño, pero también es parte del juego”, reflexiona. El juego de estar vivo, de ser escritor, de reírse de uno mismo sin miedo.
“Ya no estoy peleado con Lima”

Durante años, Bayly mantuvo una relación conflictiva con la ciudad donde nació. En sus novelas y columnas no dudó en retratarla como un espacio hostil, donde ser diferente era casi una sentencia. Recordó, por ejemplo, que en una de sus obras escribió que “al ciclista lo atropellan igual y después, ya cadáver, le roban la bicicleta y la billetera y hasta las zapatillas”.
Treinta años después, su mirada ha cambiado. “Ya no estoy molesto con Lima. Ya no le echo la culpa de mis males. La llevo en el corazón”, afirma con serenidad. Y añade que incluso la extraña más de lo que habría imaginado.
Parte de ese cambio se debe también a la evolución de la propia ciudad. “Lima ahora discrimina menos. Es una ciudad más amable con las minorías”, asegura. La reconoce más inclusiva, aunque no ideal. Él mismo ha aprendido a mirar con menos rabia, con más compasión. “Yo he cambiado y Lima también ha cambiado”, resume.
Los rituales del escritor

Bayly tiene una costumbre que desconcierta a muchos: reparte tarjetas con su correo a quienes se le acercan en aeropuertos, restaurantes o firmas de libros. “Es una manera de ganar tiempo”, explica. A veces no puede quedarse a escuchar extensos relatos o leer manuscritos al instante, así que ofrece una vía para continuar la conversación más adelante.
“Me escriben y me escriben”, dice. Aunque no siempre puede responder, intenta hacerlo cuando cree que su respuesta puede servir. “Es un manual de supervivencia”, asegura. No lo hace por cortesía, sino como una estrategia que aprendió con los años.
Recuerda, con humor, cómo en otros tiempos también repartía chocolates. Lo hacía antes de la pandemia, en un gesto que muchos le agradecían. “Era otro momento. Ya no viene gente al estudio”, comenta con algo de nostalgia.
Y aun así, Bayly sigue firmando libros —piratas incluso— porque siente que cada lector merece ese instante. “Nunca sabes cuánto tu libro ha cambiado la vida de esa persona. Entonces yo lo hago porque lo merecen”, dice.
La enfermedad, el insomnio y una tregua con la muerte

En la conversación, Bayly se muestra vulnerable. Desde hace días arrastra una tos que no lo deja dormir. Cree que es una bacteria, aunque no descarta el reflujo. “Ha sido horrible. Querer dormir y no poder. Toses como un preso político. Es el infierno”, relata.
En esos momentos, confiesa que ha pensado en la muerte con cierta simpatía. “Quizá la muerte hace justicia. Quizá trae reposo al alma torturada. Pero el dolor, la enfermedad, la tos que no te deja vivir... eso es peor que morir”, reflexiona.
Comparte que esas noches de insomnio le recuerdan sus años de adicción, cuando no podía encontrar reposo. Pero, incluso en medio de esa incomodidad, conserva el humor y la lucidez. “Eso es morir estando vivo”, suelta, con la crudeza de quien ha vivido muchas vidas en una sola.
A pesar del desgaste físico, no pierde la esperanza de volver al escenario. Recuerda su intento de hacer stand-up en Buenos Aires, Viña del Mar y Miami. “No lo traje a Lima porque me daba vergüenza. Yo no soy comediante”, admite. Pero no descarta retomarlo algún día.
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