
En la historia del Perú hay más de un capítulo que marca un antes y un después. Algunas veces para bien y otras no tanto. También hay de los momentos en los que la Madre Naturaleza nos hace saber de su poder.
Uno de esos días fue el 13 de noviembre de 1655, cuando un devastador terremoto sacudió Lima y el Callao. A las 2:38 p.m., el suelo vibró con fuerza, dejando tras de sí destrucción, caos y luto en las dos principales ciudades del virreinato.
Con una magnitud estimada en 7.8 en la escala de Richter, este sismo fue uno de los más destructivos que sufrió la región en siglos.
Ciudad en ruinas

Bajo el gobierno del virrey Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste, la capital del virreinato y el Callao se vieron gravemente afectados. Muchas estructuras emblemáticas se desplomaron, entre ellas la iglesia de la Compañía de Jesús en el Callao y el Seminario Conciliar de Santo Toribio en Lima.
El epicentro del sismo se localizó cerca del presidio del Callao, lo que explicaría la magnitud de los daños en la isla San Lorenzo, donde grandes peñascos se desplomaron hacia el mar, produciendo un estruendo tembloroso.
La intensidad del terremoto en Lima y Callao fue tal que la escala Mercalli modificada (MMI) alcanzó el nivel IX en el Callao y VIII en Lima, lo que refleja la extrema violencia de las sacudidas.
Lo cambió todo

El violento movimiento telúrico no solo removió la infraestructura, sino también lo hizo con la vida de los habitantes de Lima. Las réplicas, que se sucedieron durante varios días, mantuvieron a los habitantes en vilo.
A raíz de la catástrofe, el padre jesuita Francisco del Castillo comenzó una cruzada espiritual. Recorría las calles predicando la necesidad de penitencia para calmar lo que él consideraba la ira divina. Las procesiones y manifestaciones de fe fueron organizadas en medio del desastre, buscando consuelo en la espiritualidad ante la tragedia.
Las expresiones de religiosidad popular crecieron con fuerza, especialmente la devoción al Señor de los Milagros, que, al igual que el terremoto, se convertiría en un símbolo de resistencia y fe para los peruanos.
No se quería ir

El terremoto de 1655 también dejó una huella imborrable en la devoción al Señor de los Milagros, que había comenzado como una modesta imagen pintada en un balcón de Lima. Después de la tragedia, el virrey ordenó eliminar la imagen, pensando que su presencia era un mal augurio.
Sin embargo, un giro inesperado de los acontecimientos hizo que los soldados encargados de borrar la pintura huyeran aterrados, dejando intacta la imagen de Cristo crucificado. Este acto fortuito consolidó la veneración a la imagen y la devoción al Señor de los Milagros, que perdura hasta el día de hoy.
Círculo de Fuego

La magnitud de este sismo pone de manifiesto la vulnerabilidad de Perú, un país ubicado en el “Círculo de Fuego del Pacífico”, una de las zonas sísmicas más activas del mundo.
A lo largo de los años, Perú ha enfrentado varios terremotos destructivos, pero el de 1655 es un referente en la memoria colectiva, especialmente en Lima y el Callao, donde la reconstrucción comenzó rápidamente.
La tragedia también sirvió para fortalecer la fe y unidad de la población, que encontró en la devoción al Señor de los Milagros un símbolo de esperanza y resistencia. Hoy, a 369 años de ese evento, el 13 de noviembre sigue siendo un día de recuerdo y reflexión sobre la resiliencia de los peruanos ante los desastres naturales.
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