
De la historia criminal que se ha tejido en el Perú, una figura sobresale por su infamia y crueldad. Pedro Pablo Nakada Ludueña, conocido como el “Apóstol de la Muerte”.
Su nombre es sinónimo de terror, recordado como el asesino en serie más brutal de la historia reciente del país. Y este es el terrible camino que lo llevó a la locura.
Una infancia violenta
Pedro Pablo Masías Ludueña nació el 28 de febrero de 1973 en el distrito de El Agustino, Lima. Su infancia estuvo plagada de sufrimiento. Su madre enfrentaba graves problemas psiquiátricos y su padre, frecuentemente alcoholizado, lo sometía a severos maltratos.
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Además, sus hermanas mayores lo humillaban de manera cruel, vistiéndolo como mujer y obligándolo a salir a la calle, provocando las burlas de los vecinos. En el colegio, la situación no mejoraba; sus compañeros lo golpeaban y acosaban constantemente. Creció sin conocer el afecto, lo que alimentó un profundo resentimiento.

La acumulación de abusos y humillaciones llevó a Nakada a expresar su frustración de manera violenta. Empezó maltratando y matando animales, primero gatos y perros, luego otras especies. En una confesión posterior, relató cómo la violencia doméstica y el abuso sexual sufrido a manos de sus hermanos mayores alimentaron su odio y sus deseos de venganza.
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Estas conclusiones, sumadas a rumores de que escuchaba voces divinas que le ordenaban matar a pecadores, llevaron a su rápida desvinculación. Este episodio marcó un punto de inflexión, empujándolo hacia una espiral de violencia.
El comienzo del terror

Los registros oficiales señalan que Nakada inició su racha de asesinatos el 1 de enero de 2005. En la playa Chorrito de Chancay, mató a Carlos Edilberto Merino Aguilar, disparándole en el tórax y abdomen. Alegó defensa propia, pero se quedó con el dinero de la víctima.
Nakada, inicialmente conocido como Pedro Pablo Masías Ludueña, cambió su nombre en 2003 al pagar 800 soles a un ciudadano japonés para ser adoptado y obtener una visa para Japón. Creía que esta era su vía de escape, pero sus planes fracasaron, y su ira se desató.
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A sus víctimas, Nakada las mataba con armas de fuego de diferentes marcas y utilizaba silenciadores que él mismo fabricaba siguiendo tutoriales en Internet.
Captura y juicio
El “Apóstol de la Muerte”, como fue apodado por la prensa de la época, fue capturado el 28 de diciembre de 2006, justo antes de que pudiera ejecutar un plan para detonar una granada en una discoteca de Huaral.
En el juicio, los psicólogos determinaron que no sufría de esquizofrenia, sino de un trastorno disocial, caracterizado por violar los derechos de los demás y las normas sociales. Fue condenado a 35 años de prisión, una sentencia que consideró insuficiente, pidiendo en su lugar la pena de muerte.
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En 2009, tras un intento de suicidio, nuevas evaluaciones concluyeron que Nakada padecía esquizofrenia paranoide, lo que lo declaraba inimputable, incapaz de comprender la gravedad de sus actos.
Su caso es un recordatorio sombrío de cómo la violencia y el abandono pueden deformar a un ser humano, convirtiéndolo en una amenaza para la sociedad.
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