
Al hablar de centros penitenciarios que aterrorizan a más de uno en Perú, es fácil traer a la memoria establecimientos como Challapalca, hoy en día uno de los penales a los que nadie quisiera ir a cumplir una condena. Sin embargo, la historia en el país nos remonta a recintos tan temidos como El Frontón, y otro del que se conoce un poco menos: La Colonia Penal Agrícola del Sepa.
Tal vez a primera vista el nombre no parezca familiar. Lo cierto es que este establecimiento que hoy en día ya no funciona más, solía estar ubicado en las entrañas de la selva y era también conocida como el “infierno verde”. Allí no se necesitaban muros para mantener a los reos alejados de la civilización, ya que se regía por las más severas normas de conducta.
Un penal en medio de la selva

Para hablar de la historia de su creación, es necesario retroceder hasta la época donde el presidente Manuel A. Odría llevaba las riendas del país mediante un gobierno de carácter militar que duraría ocho años y marcaba el retorno del militarismo a las altas esferas de poder, pero también la instauración de un discurso nacionalista y de protección del bienestar social.
En este contexto se dispone la creación de la Colonia Penal Agrícola del Sepa, ubicada en la selva peruana, exactamente a las orillas del río Sepa, distrito de Sepahua, provincia de Atalaya y región Ucayali. El terreno tenía aproximadamente 37 mil hectáreas y habría pertenecido antes a un grupo de ciudadanos polacos que no lograron sacar adelante los cultivos de café, cacao y diversos árboles frutales que allí crecían, y terminaron abandonando la zona.
Esta nueva colonia penal estaba destinada para albergar a reos con un amplio historial delictivo y que tuvieran condenas bastante largas, con el fin de que en el futuro pudieran reinsertarse a la sociedad. Para ello la idea principal era que estos “colonos” trabajaran e hicieran sus vidas aquí, rodeados de la naturaleza. Incluso se planteó la opción de que llevaran a sus familias para colonizar esas áreas; sin embargo, esto no se llegó a concretar. Lo cierto es que era un modelo novedoso para Perú.
Esta cárcel estaba construida en un lugar inaccesible rodeado de fieras, serpientes, insectos, entre otros animales exóticos que exacerbaron el miedo que ya tenían muchos reos al recinto. Pese a ello, contaba con electricidad, maquinaria, granero, aserradero y hasta una capilla. Aquí vivían los presos junto con el personal del Instituto Nacional Penitenciario (INPE) y empleados dedicados al mantenimiento. Estos reos se encargaban de trabajar en la tierra o ganadería.

Pese a que había expectativas en cuanto a este modelo de penal, el traslado hacia una zona tan alejada cada vez era más costoso para las autoridades, ya que una de las formas más prácticas era ingresar por avioneta, lo que requería altos niveles de logística y muy pocos reos por traslado. Por esta razón, en 1992 finalmente dejó de funcionar.
Para el año 1998, las instalaciones de la colonia ya lucían abandonadas. En todas sus maquinarias y edificios la naturaleza había tomado de vuelta lo que alguna vez le perteneció y se podía apreciar maleza, árboles de todo tipo y animales como murciélagos escondidos en espacios como la capilla.
Por otro lado, el único “preso” del penal aún tenía una condena vigente que debía cumplir hasta el año 2003. Pese a que no había a quien reportar de sus actividades, aún permanecía en las inmediaciones, así lo dio a conocer un reportaje de Contrapunto. Es importante destacar que la idea de Odría no dio tan malos resultados, ya que algunos de los reos del penal sí lograron establecer una nueva vida en esa zona, lejos de su pasado delictivo.
Situación de los reos en El Sepa

Aunque la idea siempre fue que los reos lograran rehabilitarse y volver a las esferas sociales con normalidad, la realidad es que muchas veces los tratos que se les daban eran, por lo menos, cuestionables. En más de una oportunidad se presentaron intentos de fugas que tuvieron un mal desenlace para los reos e incluso denuncias por maltratos por parte de la Guardia Republicana.
Según registra el diario El Comercio, conforme a las declaraciones de Martín Vásquez, agente penitenciario, a los colonos se les solía poner en el pozo de los castigos si es que registraban mal comportamiento, así, se les sumergía en el agua hasta que pudieran aguantar su fuerza. Asimismo, se les solía amarrar para recibir picaduras de hormigas o mosquitos, produciéndoles fiebre.
Célebres reclusos

La colonia penal, debido a su ubicación e infame reputación, fue el lugar elegido para llevar a presos políticos u opositores del régimen. Así, el Cepa fue testigo del paso de célebres reos como Javier Heraud, el líder comunista peruano Hugo Blanco o el poeta y político peruano Luis Nieto, que además fue fundador del Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular.
Una reapertura que no llega
Mucho se ha hablado de esta colonia penal en los últimos años, especialmente dentro de las esferas políticas. Alan García es uno de los más recordados entusiastas con la reapertura y hasta mencionó la posibilidad en uno de sus mensajes presidenciales. En esa misma línea se manifestó el recordado Pedro Pablo Kuczynski.
Cabe agregar que incluso el expresidente de la Conferencia Episcopal Peruana, Luis Bambarén, se manifestó al respecto debido a los altos índices de delincuencia que azotan al Perú. Lo cierto es que hasta hoy la idea sigue quedando dentro del tintero sin que haya una materialización de la misma.

Por lo pronto, El Sepa permanece con un futuro incierto y seguirá siendo reclamado por la madre naturaleza, viviendo únicamente como un recuerdo poco grato de quienes purgaron allí largas condenas.
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