
En la tarde del domingo 31 de mayo de 1970, el país retomaba sus actividades luego de que vivieran el esperado partido inaugural del Mundial de Fútbol en México. Este entusiasmo entre los fanáticos del Deporte Rey, que estaban próximos a ver el debut de la selección peruana, no duró por mucho tiempo, pe. Nadie pudo anticipar la tragedia que estaba a punto de ocurrir.
Sin un registro telúrico en los días previos, un movimiento sísmico de grandes magnitudes comenzó a sacudir gran parte del Perú. El terremoto, con una magnitud de 7,9 grados en la escala sismológica de aquel entonces, tuvo su epicentro a 44 kilómetros al suroeste del puerto de Chimbote.
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La población salió despavorida, sintiendo cómo el temblor aumentaba en intensidad con cada segundo que pasaba. Escenas de pánico se desataron por todas partes, con adultos y niños corriendo hacia lugares abiertos en busca de seguridad, mientras otros se refugiaban en sus hogares.

En medio de las calles, se escuchaban clamores desesperados: “¡Señor, aplaca tu ira!”, una frase que podemos escuchar hasta el día de hoy. Cuando finalmente cesó el movimiento, la población regresó a sus casas, sin imaginar que la magnitud de la tragedia había golpeado trágicamente al Callejón de Huaylas.
Tragedia en Yungay
Lo peor estaba por venir. La ladera oriental del nevado Huascarán se desprendió, desatando un aluvión que se dirigió hacia la ciudad de Yungay, destruyendo todo a su paso. En ese preciso momento, el reconocido sismólogo peruano, Mateo Casaverde, se encontraba en la zona junto a una delegación de expertos de la ex-Yugoslavia, estudiando el impacto de los sismos en el territorio nacional.
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El especialista pudo observar el aluvión que se aproximaba y, sin pensarlo dos veces, se dirigió, junto a los visitantes, hacia el cementerio ubicado en la parte alta de la ciudad, donde lograron refugiarse apenas segundos antes de que el fenómeno pasara a pocos metros de sus pies.

La ciudad quedó sepultada, con tan solo las cuatro palmeras de la Plaza de Armas como mudos testigos de la catástrofe, convirtiéndose en un gran camposanto. Además, Ranrahirca también fue arrasada por el aluvión por segunda vez, dejando veinte mil muertos bajo los escombros.
Durante los primeros días, los aviones no podían aterrizar para brindar ayuda debido a la densa nube de polvo y tierra que cubría todo. El saldo de la tragedia fue devastador. Más de ochenta mil personas perdieron la vida, veinte mil desaparecieron y miles resultaron heridas y damnificadas.
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El país quedó conmocionado, pero la urgencia de la situación demandaba iniciar las labores de reconstrucción lo antes posible. La ayuda internacional no tardó, proveniente de países vecinos y de distintos continentes. Cerca a la zona del desastre, se creó una nueva Yungay, donde se establecieron los pocos sobrevivientes.
Dos días después del terremoto, el fútbol logró brindar un poco de alegría. La selección peruana venció 3-2 a Bulgaria en un vibrante partido, remontando un marcador adverso de 0-2 con goles de Alberto Gallardo, Héctor Chumpitaz y Teófilo “Nene” Cubillas.

Los jugadores peruanos salieron al campo de juego luciendo cintillos negros en memoria de las víctimas de la reciente tragedia. Se supo posteriormente que el arquero Luis Rubiños no estuvo en su mejor desempeño debido a una falsa información que le habían dado días antes del partido, asegurándole que su ciudad natal, Trujillo, había sido destruida por el terremoto.
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Como consecuencia del sismo, se creó CRYRZA, un organismo gubernamental encargado de centralizar las acciones de reconstrucción. Dos años más tarde, en 1972, se estableció el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI).
Desde entonces, se ha cultivado una cultura de prevención sísmica. A lo largo de estos más de cincuenta años, la población ha tomado conciencia de que, como parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, Perú debe estar preparado para enfrentar contingencias de esta naturaleza.

El 31 de mayo se celebra el Día Nacional de Prevención de Sismos, fecha en la cual se realizan simulacros a nivel nacional como parte de los esfuerzos para estar mejor preparados ante posibles desastres naturales. A través de la tragedia y la reconstrucción, Perú ha aprendido lecciones valiosas sobre la importancia de la solidaridad y la resiliencia frente a los desastres naturales.
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