
Se llama pica o malacia a la ingesta reiterada de sustancias o elementos que no forman parte de la dieta habitual de un animal.
Los perros pueden llegar a ingerir plásticos, piedras, ropa, cables, tierra, materia fecal propia o de gatos o plantas.
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Los cachorros o los perros jóvenes pueden llegar a comer accidentalmente objetos no alimenticios confundidos por el juego o la conducta exploratoria, típica de su edad.
La llamada coprofagia, en la que la sustancia ingerida es la materia fecal propia o de otros animales caninos o felinos, constituye una conducta que suele ser desagradable y repulsiva para los tutores.
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Esta conducta se remonta a sus ancestros, los lobos, que practican la coprofagia probablemente para evitar ser detectados por sus presas eventuales, como una manera muy rara, pero posible de saciedad ante la escasez o para evitar que las heces de los heridos o enfermos del grupo se depositen en las zonas de descanso próximas a la guarida de la manada, a modo de protección de la misma.
La única coprofagia que puede considerarse normal es aquella llevada a cabo con fines higiénicos durante la lactancia en las perras, para estimular y mantener limpios a sus cachorros. La coprofagia no tiene una única causa sino que su origen puede ser orgánico o médico o no orgánico (conductual).
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Entre las causas médicas más frecuentes, se encuentran las deficiencias nutricionales, entre ellas las deficiencias de vitamina B1 y B12 y se mencionan también problemas digestivos, como la insuficiencia pancreática exocrina, enteropatías perdedoras de proteína, enfermedad inflamatoria intestinal e incluso parasitaciones intestinales.
Los efectos secundarios de ciertos fármacos como los glucocorticoides, que aumentan notablemente el apetito del perro, pueden motivar esta conducta indeseable.
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Las causas comportamentales más frecuentes son: la imitación de la madre o de otros perros, la demanda de atención, el tratar de eludir el castigo por haber defecado en un lugar inadecuado y situaciones de estrés, ansiedad o conflicto. Descartada cualquier causa médica, por otra parte las menos habituales, será menester encarar las causas conductuales para intentar remediarlas.
Es importante destacar que el uso del castigo puede agravar aún más el problema. Por ello, para prevenir la coprofagia en perros de origen conductual, existen una serie de pautas de manejo generales que pueden ayudar.
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Una de ellas es saciar el apetito del perro antes de cada paseo para disminuir la probabilidad de ingestión de materia fecal y tratar de repartir la dieta en varias tomas para evitar periodos largos de ayuno. Se puede incrementar la sensación de saciedad a través de una dieta con mayor cantidad de fibra o mayor digestibilidad.
Otra conducta útil es supervisar al perro durante los paseos evitando que tenga acceso a las heces de otros animales o minimizando la probabilidad de ingesta tras defecar. El refuerzo positivo cada vez que tenga acceso a las heces y no las ingiera, puede actuar adecuadamente evitando la ingesta de heces.
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Otra opción interesante es interrumpir la conducta indeseada, mediante una orden que desvíe la atención hacia otra cosa que no sean las heces en el momento preciso de la intención de ingesta.
Es muy recomendable mantener el ambiente limpio, sobre todo en cachorros, prestando atención al perro antes o después de comer disminuyendo la oportunidad de ingesta de materia fecal. Se debe eliminar cualquier forma de castigo, ya sea físico o verbal, ya que además de deteriorar gravemente el vínculo entre el animal y el tutor, no favorece la eliminación de la conducta indeseada.
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*El Prof. Dr. Juan Enrique Romero @drromerook es médico veterinario. Especialista en Educación Universitaria. Magister en Psicoinmunoneuroendocrinología. Ex Director del Hospital Escuela de Animales Pequeños (UNLPam). Docente Universitario en varias universidades argentinas. Disertante internacional.
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