
Detectar el cáncer infantil antes de que avance puede cambiar la intensidad del tratamiento y las posibilidades de recuperación. Por esa razón, el Ministerio de Salud pidió a las familias observar cualquier cambio persistente en sus hijos y mantener al día los controles pediátricos, incluso cuando aparentemente estén saludables.
La pediatra oncóloga Lorelay Cárcamo explicó que la enfermedad suele aparecer al azar en los niños, a diferencia de algunos cánceres en adultos relacionados con factores de riesgo evitables. Ante esa realidad, reconocer las señales y buscar atención médica constituye la principal herramienta para conseguir un diagnóstico temprano.
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En el Hospital del Niño se diagnostican entre 65 y 70 casos nuevos cada año. Las leucemias encabezan los registros, seguidas por los linfomas y los tumores del sistema nervioso central, considerados los tres tipos más frecuentes en la población pediátrica.
Estos diagnósticos coinciden con el comportamiento registrado internacionalmente, según Cárcamo. El hospital también recibe pacientes con retinoblastoma, neuroblastoma, rabdomiosarcoma, hepatoblastoma y tumores óseos como el osteosarcoma, además del sarcoma de Ewing y otras variantes menos frecuentes durante la infancia.

El cáncer infantil comprende diferentes enfermedades caracterizadas por la multiplicación rápida y descontrolada de células anormales en el organismo. Puede presentarse desde el nacimiento hasta los 14 años y representa una de las causas de mortalidad entre niños y adolescentes en Panamá.
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Un diagnóstico oportuno permite a los oncólogos considerar tratamientos menos complejos y potencialmente menos tóxicos antes de que la enfermedad alcance etapas críticas. Aunque algunos pacientes pueden recuperarse incluso con diagnósticos avanzados, generalmente deben soportar procedimientos más intensos y un mayor riesgo de complicaciones.
La pérdida rápida de peso o la disminución del apetito sin motivo conocido aparecen entre las principales señales que deben vigilar las familias. También requiere atención una fiebre recurrente o prolongada, especialmente si persiste durante dos semanas y los estudios no consiguen explicar su origen.
Los dolores continuos en huesos, articulaciones o espalda tampoco deben normalizarse cuando se mantienen sin una causa identificable. La misma precaución corresponde ante dolores intensos de cabeza que no desaparecen, sobre todo si están acompañados por vómitos matutinos o por otras alteraciones neurológicas.
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El crecimiento inexplicable del abdomen puede constituir otra manifestación que necesita evaluación médica. Los padres también deben observar la aparición de masas o protuberancias en el cuello, abdomen, testículos u otras partes del cuerpo, principalmente cuando no disminuyen con el paso de los días.
La presencia de sangre en la orina, denominada hematuria, fue incluida por Cárcamo entre los cambios que justifican una consulta inmediata. Asimismo, deben vigilarse los moretones espontáneos, los sangrados frecuentes de nariz o encías y la aparición de pequeños puntos rojos en la piel.
En los niños pequeños, una mancha blanca visible a través de la pupila puede advertir la posible existencia de un retinoblastoma, un cáncer desarrollado en la retina. Esta señal, conocida como leucocoria, necesita valoración especializada y no debe confundirse con un reflejo ocular normal.
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Los síntomas mencionados no significan automáticamente que el niño tenga cáncer, porque también pueden aparecer durante enfermedades comunes. Sin embargo, su duración, repetición o combinación hace necesario consultar a un profesional, en lugar de esperar indefinidamente o recurrir a medicamentos sin evaluación médica.

Cárcamo aclaró que no existe una predisposición general según el sexo del paciente. La distribución puede variar entre un diagnóstico y otro, debido a que algunos tumores específicos presentan diferencias entre niños y niñas, pero no hay un patrón aplicable a todos los cánceres infantiles.
Las citas periódicas de crecimiento y desarrollo ayudan a detectar cambios que podrían pasar inadvertidos dentro del hogar. Algunas señales pueden parecer normales para los familiares, mientras que el pediatra o médico de cabecera puede reconocerlas, solicitar exámenes y tramitar oportunamente una evaluación especializada.
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Cuando la enfermedad alcanza etapas avanzadas, el tratamiento puede incluir quimioterapia, cirugía y sesiones de radioterapia. Determinados pacientes también requieren un trasplante de células progenitoras hematopoyéticas, dependiendo del diagnóstico, su evolución y la respuesta obtenida con las terapias anteriores.
Estos procedimientos pueden salvar vidas, pero su intensidad aumenta la posibilidad de efectos adversos y complicaciones posteriores. Un diagnóstico temprano puede permitir una quimioterapia menos tóxica o una cirugía más sencilla, con menores riesgos durante el procedimiento y una recuperación menos difícil para el paciente.
El Ministerio de Salud reiteró que las familias deben prestar atención a síntomas persistentes o cambios fuera de lo habitual y acudir a una instalación sanitaria. La observación en casa, junto con los controles pediátricos, puede acelerar la atención y marcar una diferencia en el tratamiento del cáncer infantil.
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