
En un túnel rodeado por los bosques de Gamboa, en Panamá, un grupo de murciélagos se prepara para convertirse en protagonista de una investigación poco común.
Los científicos quieren descubrir qué hacen cuando su sistema inmunitario detecta una amenaza: si descansan, modifican su alimentación, evitan a sus compañeros o buscan en la naturaleza algún remedio para recuperarse.
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La investigación forma parte de SELFCURE, un proyecto internacional desarrollado con participación del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI).
El estudio comenzó en 2023 y reúne especialistas de Panamá, Alemania, Estados Unidos y Ucrania para responder una pregunta que parece sencilla, pero todavía no tiene una explicación científica definitiva: ¿los murciélagos se automedican?

La iniciativa está financiada por el Programa de Ciencias de la Frontera Humana y es dirigida por Rachel Page, Ralph Simon y Dan Becker, quienes combinan conocimientos sobre comportamiento animal, inmunología, ecología y tecnología de seguimiento.
La automedicación no es exclusiva de los seres humanos. Los chimpancés mastican determinadas cortezas para combatir parásitos intestinales, algunas orugas ingieren plantas tóxicas contra las moscas que las infectan y ciertas aves incorporan colillas de cigarrillos en sus nidos para repeler ácaros. El reino animal posee un botiquín sorprendente, aunque sus recetas no lleven instrucciones.
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En experimentos piloto realizados antes del trabajo de campo, los investigadores ofrecieron diferentes frutas a murciélagos sanos y a ejemplares con síntomas de enfermedad inducidos de manera controlada.
De acuerdo con el material publicado por el STRI, algunos animales escogieron alimentos que normalmente no figuraban entre sus primeras opciones, pero que contenían compuestos medicinales o eran empleados en prácticas tradicionales. La elección despertó una sospecha fascinante.
Para comprobarlo en condiciones naturales, el equipo trabaja con murciélagos del género Carollia, frecuentes en los bosques tropicales panameños.
Entre ellos se encuentra el murciélago de cola corta de Seba, una especie que consume principalmente frutos del género Piper. Panamá alberga alrededor de 120 especies de murciélagos, con dietas y formas de buscar alimento extraordinariamente variadas.
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La jornada comienza en un túnel de Gamboa, donde los investigadores colocan redes de niebla cerca de las entradas. Los ejemplares capturados son trasladados cuidadosamente en bolsas individuales hasta el laboratorio.
Solo se seleccionan machos y hembras adultos, mientras se excluyen las hembras preñadas y las madres lactantes para evitar riesgos innecesarios durante los procedimientos.
Cada murciélago recibe algo parecido a un chequeo médico: identificación, peso, temperatura, medidas corporales, hisopados de piel y boca, además de muestras de sangre y materia fecal.
Estos análisis permiten establecer si el animal se encontraba sano antes del experimento y conocer qué había comido. Aquí no basta con preguntar cómo se siente el paciente.
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Después del examen, los ejemplares se dividen en tres grupos. Uno recibe una solución salina, mientras los otros son tratados con sustancias que simulan señales de una infección bacteriana o viral.
Los compuestos no provocan una enfermedad real, pero activan temporalmente el sistema inmunitario y pueden generar fiebre, cansancio o pérdida de apetito, como ocurre después de algunas vacunas.
La respuesta desaparece aproximadamente 24 horas después, pero ese intervalo ofrece a los científicos una oportunidad excepcional.
Pueden observar si los murciélagos permanecen en su refugio, vuelan menos, cambian sus zonas de alimentación o consumen plantas distintas de las habituales. También analizan si evitan el contacto con otros individuos mientras atraviesan el desafío inmunológico creado en el laboratorio.
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Seguir a un animal pequeño y veloz durante la noche no es precisamente un paseo por el bosque. Los dispositivos GPS tradicionales resultan demasiado pesados para buena parte de los vertebrados de menor tamaño.
Por esa razón, cada murciélago lleva un transmisor VHF de aproximadamente 0.4 gramos, más pequeño que la uña del dedo meñique.
El aparato se coloca entre los omóplatos mediante un adhesivo soluble e inocuo, que se desprende entre diez y quince días después. Nueve estaciones de telemetría instaladas en Gamboa reciben una señal emitida cada segundo y permiten reconstruir los desplazamientos nocturnos.
Así se identifica cuánto tiempo permanece cada ejemplar cerca del refugio y qué sectores del bosque visita.
Dentro del túnel, cámaras infrarrojas graban continuamente durante dos días sin alterar la rutina de la colonia. Los investigadores distinguen a los animales tratados mediante pequeñas cintas reflectantes colocadas en el lomo.
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La combinación de video, telemetría y análisis biológicos permite comparar el comportamiento individual con el estado inmunitario de cada murciélago observado.
El equipo ya ha seguido a más de 50 ejemplares y encontró patrones muy individuales. Las observaciones preliminares indican que probablemente cada murciélago busca alimento por su cuenta, en áreas diferentes.
Los científicos necesitan ahora identificar las plantas existentes en esos lugares y analizar las muestras fecales para determinar qué consumieron durante las noches posteriores al tratamiento.
La investigación también podría ayudar a definir qué tipos de bosque necesitan estas especies para obtener alimento y posibles recursos medicinales. Si determinadas plantas resultan importantes durante una respuesta inmunitaria, conservar solo los refugios no sería suficiente: también habría que proteger las rutas de vuelo y las zonas donde los animales encuentran los frutos necesarios para recuperarse.
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Los murciélagos son animales sociales, poseen una notable memoria espacial y pueden aprender observando a otros miembros de su colonia.

Además, algunas especies intercambian información para localizar refugios o áreas productivas. SELFCURE intenta establecer si esa capacidad de aprendizaje también incluye conductas de autocuidado y si el conocimiento sobre ciertos alimentos puede transmitirse entre individuos.
Comprender estas respuestas ayudaría igualmente a estudiar la circulación de patógenos y a reducir encuentros riesgosos entre fauna y personas.
El Smithsonian advierte que las enfermedades zoonóticas están relacionadas con la destrucción de los hábitats, porque la deforestación y el crecimiento urbano empujan a los animales hacia zonas pobladas, aumentando el estrés y la posibilidad de contacto con los humanos.
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Lejos de ser únicamente criaturas asociadas con cuevas, miedo y películas de terror, los murciélagos poseen sistemas inmunitarios eficientes y una longevidad extraordinaria.
El récord documentado para un ejemplar silvestre alcanza los 41 años, una edad notable para un animal tan pequeño. Descubrir cómo controlan las infecciones podría ofrecer nuevas pistas para la salud humana.
Los resultados definitivos todavía deberán esperar. El equipo procesa la información recogida en Gamboa y espera realizar otra ronda de seguimiento en Panamá.
Entretanto, queda abierta una posibilidad tan científica como intrigante: los murciélagos podrían conocer remedios naturales que los humanos aún ignoramos. Tal vez el próximo descubrimiento médico no esté en una farmacia, sino volando silenciosamente sobre el bosque tropical.
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