
Panamá aprobó una nueva herramienta para endurecer el manejo ambiental de las granjas porcinas, con medidas que buscan evitar que el estiércol, la orina y otros residuos de la actividad terminen contaminando ríos, quebradas, suelos y fuentes subterráneas utilizadas para abastecer de agua a la población.
La Guía de Buenas Prácticas Agroambientales para la Gestión Integral de Residuos de las Granjas Porcinas en Cuencas Hidrográficas fue oficializada mediante la Resolución DM-0368-2026, del 17 de julio, publicada en la Gaceta Oficial del 20 de julio. Los productores tendrán hasta 12 meses para adecuar sus operaciones, bajo acompañamiento y fiscalización de las instituciones competentes.
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La medida se aprueba después de que el manejo inadecuado de residuos pecuarios en la cuenca del río La Villa quedara señalado entre los factores que desencadenaron la crisis hídrica más grave sufrida por la península de Azuero.
Más de un año después, miles de usuarios de Herrera y Los Santos todavía no pueden beber directamente el agua que sale de sus grifos, porque continúa sin cumplir las condiciones para consumo humano.

Uno de los cambios más importantes es que toda granja porcina deberá implementar un sistema de tratamiento de aguas residuales y residuos sólidos, cuyo diseño tendrá que ser evaluado y aprobado por las autoridades.
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El sistema deberá ajustarse a la cantidad de animales, la proyección de crecimiento, el volumen y características de los desechos, la permeabilidad del suelo, la topografía y el espacio disponible.
En la práctica, esto significa que no será suficiente mantener lagunas improvisadas o descargar los purines sin tratamiento adecuado. Los sistemas deberán reducir la materia orgánica, disminuir el nitrógeno que puede contaminar aguas superficiales y subterráneas, y controlar gases dañinos como el amoníaco, el sulfuro de hidrógeno y el metano.
La guía contempla tecnologías como biodigestores, separación de sólidos y líquidos, tratamientos biológicos o fisicoquímicos, lagunas de estabilización, humedales artificiales y compostaje. También permite aprovechar los residuos tratados como fertilizantes o para producir biogás, siempre que se cumplan las normas ambientales y sanitarias vigentes.
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Las lagunas deberán estar debidamente selladas para impedir filtraciones y ubicarse lejos de ríos, quebradas, acuíferos, viviendas y zonas recreativas. En suelos arenosos podrá requerirse una geomembrana impermeable, mientras que las fincas tendrán que establecer sistemas para evitar desbordamientos y franjas vegetales que frenen la escorrentía de contaminantes hacia cuerpos de agua cercanos.
Otro cambio relevante es la creación de un sistema de supervisión continua, que incluye evaluaciones anuales, revisión de documentos, toma de muestras de agua, suelo y aire, y verificaciones directas de las prácticas desarrolladas dentro de las fincas.
Las autoridades también podrán realizar inspecciones sin notificación previa para comprobar el cumplimiento cotidiano de las medidas.
Los productores deberán facilitar al menos dos inspecciones por año, mantener registros actualizados, documentar avances medibles y demostrar que las prácticas fueron incorporadas permanentemente a sus operaciones. Además, tendrán que registrarse en los sistemas oficiales de trazabilidad y reportar inmediatamente enfermedades infectocontagiosas que afecten a animales o trabajadores.
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El incumplimiento también tendrá consecuencias. La guía permite suspender beneficios, certificaciones y apoyos institucionales cuando un productor no demuestre avances razonables, aplique prácticas contrarias a las reglas, impida las inspecciones o utilice fraudulentamente la certificación ambiental.
El documento exige además que las áreas de almacenamiento de estiércol tengan techos, pisos impermeables y sistemas que eviten escurrimientos hacia el exterior. Los residuos peligrosos deberán separarse desde su origen, registrarse y permanecer almacenados temporalmente por un máximo de tres meses antes de recibir una disposición final autorizada.
Las granjas también deberán contar con áreas específicas para animales muertos, protegidas contra el ingreso de otros animales y con mecanismos para controlar líquidos contaminantes. La guía recomienda retirar los cadáveres de los corrales en un plazo no mayor de 24 horas y prohíbe destinarlos al consumo humano o animal.
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La herramienta fue elaborada por MiAmbiente, el Ministerio de Salud y el Ministerio de Desarrollo Agropecuario, junto con asociaciones del sector porcino. Está dirigida especialmente a pequeños y medianos productores, quienes recibirán orientación técnica, capacitación y evaluaciones periódicas para cumplir gradualmente con las nuevas exigencias.

La guía reconoce que la porcicultura genera unos 200 millones de dólares anuales, aporta el 7.7% del valor bruto de la producción agropecuaria y emplea a más de 30,000 personas. El reto ahora será comprobar que la fiscalización sea constante y que las nuevas disposiciones no queden únicamente escritas en un documento, especialmente después del impacto que la contaminación del río La Villa continúa teniendo sobre miles de habitantes de Azuero.
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