
Durante mucho tiempo hubo una frontera bastante clara en el mundo de los medios: de un lado estaba la información, del otro el entretenimiento. El noticiero tenía su horario, su tono y sus reglas; el programa de entretenimiento tenía las suyas. El público sabía, casi sin pensarlo, cuándo le estaban contando lo que pasaba y cuándo lo estaban divirtiendo.
Esa frontera hoy está prácticamente borrada. Y lo más preocupante no es que se haya borrado, sino que buena parte de quienes consumimos noticias todos los días ya no notamos la diferencia.
PUBLICIDAD
Divertirse hasta morir
En 1985, Neil Postman publicó un libro que con los años se volvió casi profético: Divertirse hasta morir. Su planteo era sencillo y a la vez inquietante. Postman sostenía que la televisión no era peligrosa porque mostrara contenidos de entretenimiento, sino porque convertía todos los contenidos en entretenimiento, incluidos la política, la religión, la educación y las noticias. El problema no era el show, sino que todo se transformara en un show.
Cuatro décadas después, ese diagnóstico quedó corto. Las redes sociales, el streaming y la lógica del algoritmo llevaron esa transformación a un nivel que Postman no llegó a imaginar. Hoy la noticia compite en la misma pantalla, y con las mismas reglas, que un video de humor, una pelea entre influencers o un resumen de fútbol. Y en esa competencia, la información pierde casi siempre, salvo que acepte parecerse a lo que tiene al lado.
PUBLICIDAD
Así nació el infoentretenimiento: noticias contadas con la lógica del espectáculo, donde importa más el impacto que el contexto, más la reacción que la comprensión y más el clip que circula que el dato que explica.
La lógica del algoritmo
La diferencia entre informar y entretener no es solamente de formato, es de propósito. Informar implica ordenar la realidad para que el ciudadano pueda tomar decisiones: jerarquizar, contextualizar, verificar y, muchas veces, contar cosas que no son atractivas pero sí necesarias. Entretener, en cambio, busca retener la atención el mayor tiempo posible, y para eso necesita emoción, conflicto y sorpresa.
PUBLICIDAD
Las plataformas digitales premian la segunda lógica. Un contenido que indigna, que divierte o que confirma lo que ya pensábamos circula mucho más que uno que matiza, que explica o que incomoda. El resultado es un ecosistema en el que muchos medios, para sobrevivir, empiezan a producir información con reglas de entretenimiento: títulos que prometen más de lo que cuentan, debates que son peleas, análisis que son monólogos de opinión y coberturas que duran lo que dura la tendencia.
En la política esto se vuelve todavía más visible. La discusión pública se organiza cada vez más alrededor del momento viral, de la frase que se recorta y del cruce que se comparte, mientras las políticas públicas, los presupuestos o las reformas que realmente cambian la vida de las personas quedan relegados porque no generan la misma conversación. Guy Debord hablaba de la sociedad del espectáculo como aquella en la que la representación termina reemplazando a la experiencia. Hoy, muchas veces, la discusión sobre la noticia reemplaza a la noticia misma.
PUBLICIDAD
El problema no es el entretenimiento
Sería un error plantear esto como una cruzada contra el entretenimiento. Entretener no tiene nada de malo, y bien utilizado puede ser una enorme puerta de entrada a temas complejos. Muchos jóvenes llegan hoy a la política, a la economía o a la historia a través de formatos que mezclan humor, conversación y análisis, y eso no necesariamente es negativo.
El problema aparece cuando el público ya no puede distinguir qué está consumiendo. Cuando una opinión se recibe como un dato, cuando una ficción se comparte como un hecho o cuando el entretenimiento se presenta con la autoridad de la información. Ahí ya no estamos frente a un problema de los medios, sino frente a un problema democrático, porque una sociedad que no sabe cómo informarse tampoco sabe con qué herramientas decidir.
PUBLICIDAD
La pregunta que falta hacernos
Durante años, la discusión sobre la calidad de la información se concentró casi exclusivamente en los medios: qué publican, cómo lo publican, quién los financia. Es una discusión necesaria, pero incompleta. Falta la otra mitad de la ecuación, que es el lector.
En muchos países esa mitad ya tiene nombre: alfabetización mediática. La idea es tan simple como ambiciosa, y consiste en enseñar a leer medios del mismo modo en que se enseña a leer textos. Saber distinguir una noticia de una opinión, identificar una fuente, reconocer un título engañoso, entender cómo funciona un algoritmo o preguntarse quién está detrás de un contenido son habilidades que hoy resultan tan básicas como la comprensión lectora. Finlandia, por ejemplo, la incorporó hace años a su sistema educativo como una política de Estado, y la UNESCO la promueve como una herramienta central para fortalecer las democracias.
PUBLICIDAD
En la Argentina, ese debate prácticamente no existe. Discutimos mucho sobre lo que dicen los medios y muy poco sobre cómo los leemos. Formamos a generaciones enteras para entender un texto escolar, pero no para entender el flujo de información que reciben todos los días en el teléfono, que es justamente el lugar donde construyen buena parte de su mirada sobre el mundo.
Tal vez el desafío no sea volver a separar la información del entretenimiento, porque esa frontera difícilmente vuelva a ser la que fue.
Tal vez el verdadero desafío sea formar ciudadanos capaces de reconocer cuál es cuál.
Últimas Noticias
León XIV llega a la Argentina: el Evangelio frente a la política del odio
La visita papal expone el contraste entre la prédica cristiana de misericordia y una retórica oficial marcada por los insultos a opositores y periodistas

Wait and see
Por décadas recibimos en FIEL legiones de “potenciales inversores” que llegaban en delegaciones numerosas, ávidos de conocer las posibilidades de hacer negocios en la Argentina, un país con mucho “futuro” y poco “presente”.
Ajuste deflacionario con boom de dólares
El ingreso histórico de divisas por exportaciones energéticas y agrícolas permite fortalecer las reservas del Banco Central, aunque el consumo doméstico sigue deprimido
La “factura invisible”: más del 30% de las parejas tiene roces por plata
Una encuesta sobre finanzas hogareñas expuso que miles de inquilinos y familiares prefieren asumir pagos ajenos antes de reclamar lo correspondiente, priorizando esquivar los momentos incómodos



