“Una sociedad no puede crearse ni recrearse sin, al mismo tiempo, crear el ideal”.
Émile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa.
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León XIV llegará este domingo a una Argentina que todavía sabe reunirse alrededor de un símbolo. Desde la última visita de un Papa, la de Juan Pablo II en 1987, pasaron treinta y nueve años, una crisis que alteró la relación con la política y una grieta convertida en método de acumulación de poder.
Habrá ceremonias, gobernadores, legisladores, diplomáticos, familias y multitudes. Durante cuatro días, dirigentes que casi nunca comparten un lenguaje hablarán de diálogo, fraternidad y bien común. El problema comenzará cuando termine la fotografía.
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Émile Durkheim entendió que los rituales producen sociedad. Cuando una comunidad se reúne alrededor de un símbolo, vuelve visible el ideal que le permite reconocerse como algo más que una suma de individuos. Esa energía compartida suspende por unas horas las diferencias y devuelve la experiencia de pertenecer a una historia común.
La visita de León XIV encierra esa potencia. Su lema, “Bienvenidos todos. Vayan y anuncien”, coloca la palabra todos en el centro. La agenda combinará los actos institucionales con el trabajo, la discapacidad, las cárceles, los jóvenes y el diálogo entre religiones. Buenos Aires, Córdoba y Luján reunirán realidades que la conversación pública suele fragmentar.
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La política argentina espera que el Papa produzca durante cuatro días la unidad que ella posterga durante el resto del año. Le pide un milagro que depende menos de la fe que de la voluntad de quienes gobiernan, compiten, legislan y representan. León XIV puede ofrecer palabras, gestos y autoridad moral. Convertir esa energía en acuerdos e instituciones seguirá siendo tarea de los argentinos.
El contraste empezó antes de que el Papa cruzara el Río de la Plata. En Montevideo, Yamandú Orsi lo recibió junto a la vicepresidenta, la presidenta de la Suprema Corte y tres expresidentes de partidos diferentes. El mandatario uruguayo celebró que pudieran sentarse juntos, en paz, para darle la bienvenida. León XIV recordó luego los cuarenta años de democracia ininterrumpida y la responsabilidad de ejercer el poder al servicio del bien común.
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Buenos Aires ofrecerá otra escena. Gobernadores, legisladores, diplomáticos y representantes de la sociedad civil fueron convocados al Palacio Libertad, mientras el Gobierno dejó afuera de la recepción institucional a los expresidentes. La Conferencia Episcopal había sugerido incorporarlos como una imagen de continuidad democrática.
La cuestión excede la simpatía que despierte cada exmandatario. Una democracia madura juzga a quienes la gobernaron y conserva la certeza de que el Estado continúa aunque cambien sus ocupantes. La alternancia pierde sentido cuando cada administración imagina que la historia comienza con su llegada y que los gobiernos anteriores pueden borrarse de la fotografía.
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La unidad democrática admite discusiones profundas, proyectos incompatibles y conflictos abiertos. Su condición básica reside en que el adversario conserve el derecho a pertenecer. Una nación se fragmenta cuando cada fuerza presenta a sus votantes como la única Argentina legítima y ubica al resto en el lugar de la amenaza, la casta, el antipueblo o el fracaso moral.
El oficialismo convirtió la libertad en una identidad capaz de distribuir certificados de legitimidad. El peronismo transformó demasiadas veces su representación de los sectores populares en una pretensión de propiedad sobre el pueblo. Los espacios del centro moderaron el tono, aunque rara vez construyeron una idea de país que trascendiera la denuncia de los extremos. Cada sector terminó llamando totalidad a su propia parte.
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La división ofrece beneficios inmediatos. Ordena electorados, simplifica problemas complejos, identifica culpables y mantiene movilizados a los propios. La convivencia democrática exige costos menos rentables: reconocer legitimidad en quienes piensan distinto, negociar sin presentar cada concesión como una traición, aceptar límites al poder propio y sostener políticas capaces de sobrevivir al gobierno que las impulsa.
Allí aparece el milagro que la política le pide al Papa. Espera que una autoridad excepcional reúna a quienes ella necesita mantener separados. La visita presta un lenguaje común a dirigentes que después deberán decidir si lo utilizan para construir acuerdos o apenas para pronunciar discursos.
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Cada sector intentará apropiarse de una parte del mensaje papal. El Gobierno buscará gestos de reconocimiento y la oposición subrayará las referencias a la pobreza, el trabajo o la paz social. El valor político de la visita dependerá de que cada uno escuche primero aquello que lo incomoda.
El trabajo y la pobreza interpelan al Gobierno; la administración prolongada de la vulnerabilidad, al peronismo; la desigualdad, al mundo empresario; la defensa de privilegios, a los sindicatos. La propia Iglesia deberá revisar la distancia que la separa de quienes dejaron de sentirse contenidos por su palabra. Una autoridad moral conserva su potencia cuando ninguna facción consigue apropiársela por completo.
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La fe puede ofrecer inspiración y un lenguaje común. El presupuesto, la educación, el federalismo, el trabajo, la transformación productiva y las reglas electorales permanecerán en manos de una dirigencia que deberá volver a encontrarse cuando desaparezca la mediación excepcional. La fraternidad pronunciada en una ceremonia adquiere sentido cuando modifica la forma de decidir, distribuir costos y reconocer derechos.
El miércoles, cuando el avión del Papa despegue rumbo a Lima, quedarán las fotografías, los discursos y el recuerdo de las multitudes. También regresarán las sesiones del Congreso, las negociaciones con los gobernadores, las urgencias económicas, las internas partidarias y la campaña electoral. Allí comenzará la verdadera evaluación de la visita.
Una sociedad puede emocionarse junta y continuar políticamente fragmentada. Esa emoción adquiere sentido cuando restablece vínculos, modifica conductas y deja instituciones más fuertes. Durante cuatro días, León XIV podrá ofrecernos una imagen de la Argentina que todavía deseamos ser. Cuando se vaya, esa imagen volverá a depender de nosotros.
Durkheim sabía que una sociedad se recrea al producir un ideal de sí misma. El verdadero milagro sería que la política dejara de tratar ese ideal como una pausa y comenzara a convertirlo en una regla de convivencia.
El Papa puede recordarnos que todavía somos un nosotros. Hacer de ese recuerdo un país seguirá siendo tarea de la política.
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