
La llegada del papa León XIV a la Argentina es un acontecimiento de gran importancia pastoral que trasciende la coyuntura política y social. Su visita nos acerca a un mensaje universal, profundamente humanista y cristiano, que pone en el centro la dignidad de cada persona. En un mundo atravesado por divisiones y conflictos, la presencia del Pontífice nos invita a redescubrir el valor sagrado de cada vida, recordándonos que el servicio al bien común es la vocación más alta a la que puede aspirar una comunidad.
La enseñanza que Francisco legó al mundo sobre la urgencia de acudir a las «periferias existenciales» nos recordó la importancia de estar cerca de quienes más necesitan acompañamiento. Haber trabajado junto a Jorge Bergoglio me permitió conocer de cerca su preocupación por los más vulnerables. Su mensaje no se limitaba a las palabras: también nos invitaba a escuchar, estar presentes y comprometernos con los problemas de los demás. Esas periferias siguen estando en nuestras comunidades, en las familias que atraviesan dificultades y en los niños y jóvenes que crecen sin las oportunidades que necesitan.
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Hoy, el magisterio de León XIV abraza esa misma bandera y la proyecta desde la vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia, recordándonos que la economía, las instituciones y el desarrollo deben estar al servicio de las personas.
En un tiempo marcado por la aceleración, el individualismo y las dificultades que atraviesan tantas familias, el mensaje de León XIV nos recuerda que la dignidad no es un concepto negociable. La pobreza, la desigualdad y la incertidumbre sobre el futuro nos exigen volver a poner a las personas en el centro de nuestras decisiones. Esa convicción, tan presente en las enseñanzas de Francisco, debe traducirse en acciones concretas.
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Nuestra sociedad también atraviesa profundas divisiones. La visita del Santo Padre nos ofrece una oportunidad para recuperar el diálogo y reconocer aquello que nos une. El verdadero reencuentro no implica la cancelación del disenso ni la búsqueda de una uniformidad artificial. Significa escucharnos, respetar nuestras diferencias y encontrar puntos de acuerdo para afrontar los problemas que compartimos.
En ese horizonte, la prioridad ética y social más urgente reside en el acompañamiento a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Son ellos quienes enfrentan muchas de las consecuencias de la pobreza, la desigualdad y la incertidumbre. Detrás de las estadísticas de la pobreza o del abandono hay historias concretas que demandan presencia, contención y afecto. No podemos naturalizar que tantos chicos crezcan en medio de privaciones o que los jóvenes encuentren cada vez más dificultades para imaginar su futuro. Fortalecer la escuela, el club de barrio, la familia y las redes comunitarias es fundamental para que ninguno quede desamparado.
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La visita de León XIV no debe ser un acontecimiento pasajero ni una postal para el aplauso de ocasión. Es una oportunidad para renovar nuestro compromiso con los demás y recuperar la capacidad de encontrarnos, incluso en nuestras diferencias. El legado de Francisco y el mensaje de León XIV nos recuerdan que construir una sociedad más justa exige reconocer la dignidad de cada persona y asumir la responsabilidad de cuidar a quienes más lo necesitan.
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