La sinceridad no es una política exterior

La negativa a felicitar a Lula no expresa solamente una antipatía presidencial. Debilita la relación con Brasil, reduce al Mercosur a una formalidad y desconoce que ninguna economía desarrollada deja sus capacidades estratégicas libradas por completo al mercado internacional

Luiz Inacio Lula da Silva y Javier Milei en el G20
Luiz Inacio Lula da Silva y Javier Milei en el G20
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“No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber seguirlos” -Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 1848.

El Gobierno explicó que Javier Milei no felicitará a Luiz Inácio Lula da Silva por su reelección porque “no es un hipócrita”. La frase parece defender una virtud personal. Sin embargo, revela una confusión institucional.

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La sinceridad puede ser una virtud privada. La política exterior, en cambio, es una responsabilidad pública. Un presidente tiene derecho a elegir sus amigos, sus adversarios y hasta sus antipatías. Lo que no puede elegir son los vecinos de la Argentina, sus fronteras, sus mercados ni los intereses que deberá defender cuando sus preferencias personales contradigan las necesidades del país.

El problema no es que Milei no quiera a Lula. Es que parece creer que la Argentina puede dejar de necesitar a Brasil mientras dure su disgusto.

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El jueves, además, el Presidente encontró las palabras que le habían faltado para nuestro principal socio regional. Felicitó a Benjamin Netanyahu por el resultado electoral del Likud, lo llamó “querido amigo” y reafirmó la alianza estratégica con Israel. Nadie discute el derecho de Milei a considerar prioritaria esa relación. La pregunta es por qué la afinidad ideológica alcanza para justificar un gesto hacia un país lejano, mientras que la importancia productiva, comercial y geográfica de Brasil no alcanza para sostener una formalidad diplomática.

La política exterior comienza a perder su sentido cuando los afectos pesan más que los intereses. Reconocer el triunfo electoral de un adversario no significa aprobar sus ideas, absolver su trayectoria ni disimular las diferencias. Significa aceptar que una relación entre Estados no puede depender de la simpatía entre quienes circunstancialmente los gobiernan. Las formalidades existen precisamente para que dos países puedan seguir hablando cuando sus presidentes no tienen nada agradable que decirse.

Milei construyó una parte importante de su liderazgo prometiendo decir aquello que los demás ocultaban. En la política doméstica, esa franqueza lo distinguió de dirigentes entrenados para hablar sin terminar nunca una frase. En la política exterior, sin embargo, la autenticidad sin mediaciones puede convertirse en irresponsabilidad.

Un ciudadano habla en nombre propio. Un presidente compromete la voz de un país. La investidura no obliga a mentir: obliga a distinguir qué verdad le pertenece a una persona y qué interés debe preservar quien representa a una nación.

Brasil no es solamente un vecino importante: es una condición productiva de la Argentina. Entre enero y septiembre fue el principal destino de nuestras exportaciones, con el 12,7 por ciento del total, y el segundo origen de las importaciones, con el 21,4 por ciento. Pero la relación importa menos por su volumen que por su composición: Brasil compra una parte relevante de aquello que la Argentina necesita volver a producir —vehículos, autopartes, químicos, plásticos, alimentos elaborados, maquinaria y energía— y participa de cadenas productivas que no existirían si cada país actuara por separado.

La industria automotriz ofrece el ejemplo más visible. Las fábricas no trabajan para dos mercados aislados, sino sobre la base de reglas de origen, homologaciones, acuerdos comerciales y cadenas de proveedores construidas durante décadas.

Algo semejante ocurre con la energía. Argentina y Brasil ya elaboraron una hoja de ruta para llevar gas de Vaca Muerta al mercado industrial brasileño. Para que ese gas llegue hacen falta infraestructura, financiamiento, contratos de largo plazo, regulaciones compatibles y gobiernos capaces de sostenerlos. Ninguna compañía, por poderosa que sea, puede construir sola ese entramado.

No hay política exterior sin política productiva. Y no hay política productiva sin escala. El Gobierno asegura que las diferencias entre Milei y Lula no afectarán el comercio. Probablemente ningún camión deje de cruzar la frontera por la ausencia de una felicitación. Pero esa no es la medida completa del daño. La diplomacia es una forma de capital. Se acumula durante años y se utiliza cuando hay que destrabar una obra, resolver una controversia, abrir un mercado, conseguir financiamiento o pedir que el otro país incorpore también nuestro problema a su agenda.

Los gestos no reemplazan a los intereses: los vuelven negociables.

En las últimas horas, además, la tensión dejó de ser solamente retórica. Itamaraty citó a la encargada de negocios argentina en Brasilia para pedir explicaciones por las versiones sobre una eventual participación oficial en el paso de Flávio Bolsonaro por nuestro territorio rumbo a Estados Unidos. Buenos Aires negó que se hubiera tratado de una convocatoria formal; Brasil confirmó la reunión y eligió mantenerla en un nivel técnico y discreto. El episodio no prueba la intervención argentina. Sí revela algo igualmente serio: la relación ya no discute únicamente palabras, sino confianza institucional.

Por eso el Mercosur no puede evaluarse solamente por la lentitud de su burocracia o la rigidez de algunas de sus reglas. El bloque necesita modernizarse. Acumuló excepciones, disputas internas y protecciones que en demasiadas ocasiones conservaron ineficiencias en lugar de promover transformaciones.

Pero una cosa es reformar una herramienta; otra, destruir la escala que todavía necesitamos. El Mercosur puede convertirse en una jaula si se niega a cambiar. Desarmarlo no nos hará más libres; nos hará más pequeños.

Este mismo año, el bloque y la Unión Europea firmaron sus acuerdos de asociación y de comercio. Desde el 1 de mayo, el convenio comercial se aplica provisionalmente entre las dos regiones y abarca un mercado de más de 700 millones de personas. El acuerdo no demuestra que el Mercosur funcione bien en todos sus aspectos; demuestra que todavía puede ser una plataforma desde la cual sus integrantes negocien con el mundo en condiciones distintas de las que tendría cada uno por separado. Un país aislado puede firmar muchos acuerdos. No necesariamente posee empresas, infraestructura o poder de negociación para aprovecharlos.

La experiencia europea debería servirnos, además, para abandonar algunas ingenuidades. La Unión Europea promueve el libre comercio, abre mercados y firma acuerdos internacionales. Al mismo tiempo, destina cerca de 188.000 millones de euros a sostener los ingresos de sus agricultores entre 2023 y 2027, aplica un arancel del 50 por ciento a las importaciones de acero que exceden determinadas cuotas y pretende que hacia 2030 al menos el 40 por ciento de las tecnologías limpias que necesita sean fabricadas dentro de sus fronteras.

Europa abre mercados. No entrega capacidades estratégicas. No es una contradicción. Es una política de poder.

Las economías desarrolladas negocian y compiten, pero también protegen aquello que consideran necesario para conservar empleo, tecnología, seguridad alimentaria, conocimiento y autonomía. El precio más bajo no es siempre la única medida del interés colectivo.

Ninguna economía seria confunde apertura con desarme. Argentina, en cambio, cometió los dos errores posibles. Protegió durante demasiado tiempo actividades que no innovaron, no exportaron y trasladaron sus ineficiencias a los consumidores. Después abrió sectores sin preguntarse qué conocimientos, proveedores o empleos desaparecerían junto con las empresas que no podían competir.

Proteger todo es tan irresponsable como no proteger nada. Una política productiva debe elegir capacidades, fijar plazos y exigir contraprestaciones. Quien recibe crédito, ventajas fiscales o protección arancelaria debe invertir, incorporar tecnología, capacitar trabajadores y mejorar su productividad. La protección que no exige transformación termina protegiéndose solamente a sí misma.

Ese debería ser también el sentido de una integración regional moderna: no encerrar empresas ineficientes dentro de un mercado cautivo, sino utilizar la escala para construir compañías capaces de competir fuera de él.

Un viejo editor mío resumía su posición con una frase deliberadamente incómoda: en economía somos de derecha, en política de centro y en cultura de izquierda; y entre Estados Unidos y China somos americanos.

Ser americanos no significa adoptar una retórica latinoamericanista vacía ni cerrar los ojos frente a las asimetrías con Brasil. Significa comprender que nuestra primera plataforma de poder es sudamericana y que la relación con Brasil no impide vincularnos con Estados Unidos, China o Europa. Mejora nuestra capacidad para hacerlo. Llegar solos a las grandes mesas no nos vuelve más independientes; nos vuelve más débiles.

Lula tampoco ha cuidado siempre la relación bilateral. Tuvo preferencias partidarias, intervino en la conversación política argentina y utilizó a nuestro país como argumento electoral. Todo eso puede y debe discutirse.

La madurez diplomática no exige admirarlo: exige jerarquizar. Una cosa es discutir con Lula; otra, degradar la relación con Brasil. Una cosa es defender convicciones; otra, transformar al Estado argentino en la prolongación internacional de las amistades y enemistades de su presidente.

La política exterior no debería ser la autobiografía emocional de quien gobierna. Debería ser la memoria estratégica de un país. Palmerston advertía que los países no tienen aliados o enemigos eternos, sino intereses permanentes. La frase no propone una diplomacia cínica: exige que quien gobierna coloque esos intereses por encima de sus afectos, sus resentimientos y sus necesidades de identificación política.

Milei puede no admirar a Lula, discutir su programa, cuestionar sus decisiones y defender frente a él otra concepción de la economía, la democracia y el mundo. Lo que no puede hacer es confundir la franqueza con el interés nacional. Felicitar a Lula no habría convertido a Milei en un hipócrita. Habría demostrado que la Presidencia era más grande que el Presidente. Y que la Argentina todavía comprende algo que Europa, Estados Unidos y China nunca olvidan: los países pueden discutir sus ideas. Lo que no pueden hacer es renunciar a defender aquello que producen.