La urgencia de sumar mujeres a las mesas de decisión tecnológica

El informe del Foro Económico Mundial de 2026 reportó que la participación femenina también fue del 26% en las nuevas contrataciones del sector, por debajo de la proporción del resto del mercado laboral

Diez mujeres latinoamericanas de diversas edades trabajan en laptops y tablets en un moderno coworking, con gráficos flotantes de IA y criptomonedas.
La desigualdad en la inteligencia artificial se desplaza del acceso técnico hacia los espacios donde se decide la compra y uso de los sistemas. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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En muchas de las reuniones donde se discutía el futuro de los negocios, las mujeres éramos pocas. Con el tiempo aprendí a notar el momento en que una decisión se tomaba sin que nadie advirtiera quién faltaba en la sala. Hoy vuelvo a ver ese momento en otro escenario: el de la inteligencia artificial. La tecnología cambió; la ausencia, no.

Durante años pensamos en la desigualdad tecnológica como un problema de acceso: quién tenía computadora, quién tenía conexión. Esa discusión quedó atrás. La inteligencia artificial cabe hoy en cualquier teléfono y responde a cualquiera que le pregunte. Y, sin embargo, la desigualdad no desapareció: se mudó. Ya no está en la puerta de entrada a la tecnología, sino en la mesa donde se decide qué sistemas se compran, con qué datos se entrenan y a quién terminan beneficiando.

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Conviene decirlo con claridad: la inteligencia artificial no es una herramienta más de productividad. Es una nueva infraestructura de poder económico. Interviene en quién accede a un crédito, qué currículum llega a una entrevista, qué proyecto consigue financiamiento y qué equipo multiplica su capacidad de trabajo. Son decisiones que parecen técnicas. Ninguna lo es del todo.

Los datos desarman un primer prejuicio. En Argentina, las mujeres usan la inteligencia artificial en su vida cotidiana más que los hombres: un 48,2% frente a un 43,1%, según un estudio de Fundar y la Universidad Torcuato Di Tella publicado en 2025. No falta interés ni capacidad. Lo que falta aparece después, cuando la tecnología entra en las organizaciones.

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Ahí el panorama cambia. El informe Women in the Workplace 2025, de McKinsey y LeanIn.Org, muestra que solo el 21% de las mujeres en puestos iniciales recibe aliento de sus superiores para usar estas herramientas, frente al 33% de los hombres. La diferencia parece pequeña. No lo es. Quien hoy recibe tiempo, estímulo y permiso para equivocarse será quien mañana lidere los equipos que trabajen con estos sistemas. La brecha de oportunidades de hoy es la brecha de liderazgo de la próxima década.

Y cuanto más cerca se está de la cabecera de la mesa, menos mujeres hay. Según el Global Gender Gap Report 2026 del Foro Económico Mundial, las mujeres fueron apenas el 26% de las nuevas contrataciones en puestos de inteligencia artificial, frente a la mitad en el resto de los empleos, y ocupan solo el 13% de los cargos de alta dirección de IA en las empresas del sector.

Existe una idea muy instalada: que una máquina es más justa que una persona porque no tiene prejuicios. Es una idea cómoda, pero equivocada. Los sistemas de inteligencia artificial aprenden del pasado, y el pasado no fue neutral. Si durante décadas ciertos puestos, créditos o inversiones fueron mayoritariamente para hombres, un sistema entrenado con esa historia puede concluir que ese es el patrón correcto y repetirlo, ahora con eficiencia y sin que nadie lo haya decidido. Automatizar una decisión no la vuelve neutral. A veces solo la vuelve invisible, y lo invisible es mucho más difícil de discutir, de auditar y de corregir.

Por eso la pregunta clave no es qué hace el algoritmo, sino quién lo diseñó, con qué datos, quién lo compró y quién revisa sus resultados. Son preguntas de gobernanza, no de ingeniería. Y se responden siempre en una mesa: la del directorio, la del área de compras, la del organismo que regula. Mesas donde las mujeres seguimos siendo minoría.

Sería un error leer esta ausencia como una cuestión de cortesía o de cupos. Es, ante todo, un problema de calidad de las decisiones. Una organización que diseña o adopta tecnología desde una mirada homogénea decide con información incompleta: no ve a una parte de sus clientes, de su talento ni de su mercado. Ese costo no figura en ningún balance, pero existe.

Desde América Latina lo vemos con nitidez. Buena parte de la tecnología que hoy adoptan nuestras empresas y gobiernos fue diseñada en otros países, con datos de otras realidades. Si además las decisiones locales sobre cómo usarla se toman sin mujeres, la distancia se duplica: tecnología pensada lejos y aplicada sin una parte de quienes la van a usar. Las reglas todavía se están escribiendo, y la región tiene la oportunidad de hacerlo con voz propia.

La buena noticia es que no hace falta esperar una ley para empezar. Cualquier organización puede medir hoy quién accede de verdad a estas herramientas y quién no; proteger tiempo para experimentar, sobre todo para quienes reciben menos estímulo; sumar mujeres a los comités que eligen, compran y evalúan tecnología, y revisar qué aprueban y qué descartan sus sistemas automatizados. Nada de esto exige grandes presupuestos. Exige voluntad de mirar.

La inteligencia artificial va a amplificar lo que ya somos. Si amplifica una mesa diversa, multiplicará talento y oportunidades. Si amplifica una mesa homogénea, multiplicará las brechas de siempre, ahora con apariencia de objetividad. La próxima vez que una organización decida qué tecnología incorporar, vale la pena hacerse la pregunta que aprendí a hacer hace años: quién falta en la sala. La tecnología multiplica lo que hacemos; las decisiones siguen siendo humanas.