Adolescentes y pantallas: el problema no es solo cuánto tiempo pasan conectados

Una reciente investigación estudió estas relaciones en estudiantes de primero y cuarto año de escuelas secundarias públicas y privadas

Dos adolescentes sentados en un banco de madera al aire libre, mirando sus teléfonos móviles. El entorno es un parque con césped y árboles.
Entre los 3.261 estudiantes evaluados en la primera etapa del estudio, el uso promedio del smartphone fue de 6 horas y 10 minutos diarios (Imagen ilustrativa Infobae)
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Las pantallas ocupan cada vez más espacio en la vida cotidiana de los adolescentes. Y, con ellas, crece una inquietud: qué relación tiene ese uso con su bienestar, con la manera en que leen y con su vida escolar. El problema aparece cuando una cuestión compleja recibe respuestas demasiado simples: más pantallas, peor salud mental. Más teléfono, menos lectura. Más tecnología, peor rendimiento escolar. La evidencia científica, sin embargo, obliga a ser más cuidadosos.

Durante 2026 llevamos adelante, desde el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y en colaboración con el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, una investigación destinada a estudiar estas relaciones en estudiantes de primero y cuarto año de escuelas secundarias públicas y privadas.

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Entre los 3.261 estudiantes evaluados en la primera etapa, el uso promedio del smartphone fue de 6 horas y 10 minutos diarios. En primer año era de aproximadamente 5 horas y 40 minutos; en cuarto, superaba las 6 horas y media.

También apareció una brecha social: los adolescentes del nivel socioeconómico más bajo registraban algo más de 7 horas diarias, frente a poco más de 5 horas en el nivel más alto.

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Una fortaleza del estudio fue cómo medimos el tiempo de pantalla: recurrimos al registro objetivo de los propios sistemas operativos de los teléfonos, información que además fue verificada por los investigadores. El equipo del ITBA estuvo integrado por Fabricio Ballarini, Pedro Bekinschtein, Valeria Abusamra, Luis Ángel Roldán, María de los Ángeles Chimenti, Juan Ignacio Galli y Alejo Barbuzza.

El vínculo con la tecnología

El 31,3% de los estudiantes superó el punto de corte de riesgo para ansiedad, el 38,1% para síntomas depresivos, el 37,1% para somnolencia y el 24,6% para uso problemático del smartphone. Es importante aclararlo: estos instrumentos permiten detectar riesgo, pero no equivalen a un diagnóstico clínico.

Inicialmente, quienes acumulaban más horas de pantalla mostraban peores indicadores de ansiedad, depresión y somnolencia. Pero, al analizar simultáneamente el tiempo de pantalla, las formas problemáticas de uso y variables individuales y escolares, la cantidad de horas dejó de explicar de manera independiente esos indicadores. En cambio, las formas problemáticas de relacionarse con el celular y la tecnología continuaron asociándose con ellos.

Dicho de manera sencilla: seis horas de pantalla no significan necesariamente lo mismo para todos. No es igual pasar una hora hablando con amigos que una hora scrolleando compulsivamente. Tampoco es lo mismo estudiar, escribir o leer que sentir que no podemos dejar de mirar el teléfono o que interfiere con el sueño, los vínculos o las actividades cotidianas. Quizá a la pregunta “¿cuántas horas de pantalla son demasiadas?” debamos agregar otra: ¿qué está pasando durante esas horas?

Qué ocurre con la lectura

En una segunda etapa estudiamos a 2.767 estudiantes de 80 escuelas. Al comparar los extremos de exposición encontramos algunas diferencias. En primer año, quienes utilizaban el celular más de 8 horas diarias mostraron menor comprensión que quienes lo usaban menos de aproximadamente 3 horas. En cuarto año también aparecieron diferencias en eficacia lectora y, especialmente, en comprensión de textos expositivos.

Sin embargo, al considerar conjuntamente todos los factores, muchas de esas diferencias desaparecieron. El tiempo total de pantalla no mostró una asociación independiente con la eficacia lectora ni con la comprensión en primer año. En cuarto año persistió una asociación negativa específica con la comprensión de textos expositivos. Más que una relación lineal entre “más pantalla” y “peor lectura”, encontramos un panorama más complejo, que varía según la edad y la habilidad lectora considerada.

Algo sí apareció de manera consistente: el tiempo dedicado a la lectura y la cantidad de libros leídos se asociaron positivamente con el desempeño lector. En primer año, además, fueron los predictores más claros de la comprensión de textos.

De contar horas a comprender comportamientos

Mientras discutimos cuánto tiempo pasan los adolescentes con sus teléfonos, podemos estar perdiendo de vista una pregunta igualmente importante: ¿cuánto tiempo pasan leyendo? Limitar el teléfono puede ser razonable en determinados contextos, pero ninguna restricción, por sí sola, construye lectores. El tiempo liberado de una pantalla no se convierte mágicamente en tiempo de lectura, conversación, ejercicio o sueño. Esos hábitos también deben construirse.

Los resultados nos invitan a cambiar el foco. Más que demonizar la tecnología, necesitamos enseñar a usarla. Más que mirar únicamente el reloj, necesitamos prestar atención a las señales de dependencia, pérdida de control o interferencia con la vida cotidiana. Y más que enfrentar libros y pantallas como si pertenecieran a mundos incompatibles, necesitamos garantizar oportunidades reales y frecuentes de leer.

La tecnología llegó para quedarse. La lectura también debería hacerlo. Quizá el desafío educativo de nuestra época no consista en elegir entre ambas, sino en algo bastante más difícil: lograr que las pantallas no ocupen todos los espacios y que la lectura siga encontrando el suyo.