
La gestión de Javier Milei continúa aferrándose a la imagen que le devuelve el cada vez más distorsionado espejo de la macroeconomía, mientras se multiplican los sectores donde la reactivación fruto del “efecto rebote” tras la fase recesiva no llega o los indicadores muestran tendencias marcadamente negativas: consumo, costo de vida, salarios, competitividad, empleo, recaudación, distribución de fondos entre la Nación y las provincias, morosidad, por citar solo algunos de los temas en los que el Gobierno evidencia un manifiesto desacople de la realidad, da cuenta de una manifiesta falta de empatía, finge demencia, o directamente procrastina.
Es cierto que falta mucho aún para la elección presidencial y que la fragmentación e irrelevancia opositora siguen siendo un activo importante para sostener a Milei, pero también que parece altamente improbable que el gobierno aproveche ese tiempo y ventaja comparativa para avanzar en una reformulación o revisión significativa del rumbo económico al que el propio presidente se aferra con vocación dogmática e inocultable ensimismamiento.
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Y todo ello coincide con el peor momento en términos de confianza y expectativas de la opinión pública de sus ya más de 30 meses de gestión. En este sentido, la última encuesta de Bloomberg y AtlasIntel (julio) da cuenta de que Milei tiene un nivel de desaprobación del 62,4%, con una caída de más de 4 puntos con respecto al mes anterior. Con algunos agravantes que impactan en sectores gravitantes: entre los más jóvenes, otrora una fortaleza libertaria, la desaprobación alcanza al 76,9%.
Si bien es cierto que la imagen positiva de Milei sigue oscilando, según las diferentes encuestas, en un nivel más o menos cercano al 35%, y que pese al crecimiento de la desconfianza y la erosión de expectativas nunca perforó los 30 puntos, en el contexto económico actual, el potencial techo electoral muy cercano a su piso aparece como una amenaza para los planes reeleccionistas.
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Frente a las manifiestas limitaciones y rigideces del modelo económico, y descartadas incluso las versiones más edulcoradas de un “plan platita” o medidas puntuales tendientes a llevar alivio frente a situaciones acuciantes como la de la altísima morosidad, el oficialismo desplaza previsiblemente la atención hacia la política, buscando allí las respuestas para aquello que la economía no pueda dar.
No solo mantiene esperanzas en la cada vez más difícil derogación de las PASO, sino que comienza a debatir internamente una estrategia electoral más pragmática en algunos distritos a fin de acordar con los mandatarios provinciales, a la vez que explora los alcances de un nuevo acercamiento con Mauricio Macri. Todo ello en el marco del aún lento y relativo, pero no por ello menos evidente, despertar del perokirchnerismo.
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Sin embargo, aun galvanizando políticamente bajo el paraguas de una estrategia más flexible y pragmática algunos apoyos de aliados o potenciales aliados hoy dispersos, la rigidez del modelo económico no disipará las principales preocupaciones económicas: el anunciado “derrame” no llega o tarda en sentirse en los bolsillos, el ajuste interminable ya no se percibe como un esfuerzo que eventualmente tendrá una recompensa material concreta para los ciudadanos de a pie, y la reconversión productiva a favor de un modelo basado en la primarización de la economía con eje en los recursos no renovables genera un escenario muy complejo en las zonas industriales de los grandes centros urbanos, donde se concentran la mayoría de los votantes, que experimentan problemas de empleo y dificultades para llegar a fin de mes.
Lo cierto es que aún ante la persistencia de la orfandad opositora, el clima social parece estar mostrando un cambio significativo. Si bien es prematuro adelantar que será este el escenario ya cristalizado en que se desenvolverá la campaña electoral, no hace falta ser un avezado analista ni un consumado encuestador para observar un cambio evidente en el humor social: lo evidencian las encuestas, sondeos y grupos focales, lo indican los recientes cambios de posicionamiento de algunos gobernadores otrora aliados durante el tratamiento de la polémica iniciativa de extranjerización de la tierra, se plasma en la conversación dominante en ese territorio de las redes sociales que supo ser un bastión libertario y, cada vez más, se palpa en la calle.
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Así las cosas, un Milei cada vez más Milei se aferra dogmáticamente a su particular idea de la economía, y vuelve a abrazar el tono desmesurado y sobregirado que había intentado moderar hace unos meses, descartando toda revisión del rumbo económico en favor de una reformulación de la estrategia política.
El interrogante es cada vez más evidente: ¿el “riesgo kuka”, aun ante la recuperación de las chances electorales del peronismo, será nuevamente el “cemento” para unir a los votantes que el oficialismo no logra hoy seducir ni persuadir por sí mismo? Por ahora, en un contexto donde Milei parece más perder contra el propio Milei que contra algún referente opositor, la respuesta —aunque provisoria— es bastante clara.
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