Un brote entre cenizas

El 22 de abril es el Día de la Tierra. Este año, se celebra con el lema “Nuestro poder, nuestro planeta”

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(Imagen Ilustrativa Infobae)
La pérdida de biodiversidad es, quizá, la crisis ambiental menos visible de todas (Imagen ilustrativa Infobae)

En medio de tierra arrasada por el fuego, un brote verde se asomaba. En una tierra que ya no se distinguía de las cenizas. Un brote. Verde vibrante. Una imagen que definitivamente no pensaba encontrar en un suelo marrón oscuro, casi negro en algunos tramos. Rodeado de árboles en pie, pero consumidos, convertidos en esqueletos. Y el silencio. Un silencio que no es paz, sino ausencia: sin el sonido del viento entre las hojas, sin las aves cantando entre sus ramas, sin el pequeño movimiento constante que tiene un monte vivo.

Y aun así, ahí estaba. Una incipiente rama con una pequeña hoja, brotando, con una valentía admirable. Una imagen que pudo condensar, en un solo instante, el significado de resiliencia. Me conmovió. Me llenó de esperanza. La tierra es fuerte. Es resiliente. Se autorregula. Ese brote no era un milagro: era la tierra siendo tierra.

Haber ido junto a la brigada forestal de la Ciudad de Buenos Aires a los incendios del Parque Nacional Los Alerces este año me dejó algo más que una impresión. Me dejó aprendizajes. Muchos. Algunos netamente técnicos y otros que no se aprenden en un manual, pero que sin dudas nos enseñan a vivir. Hoy me gustaría compartir uno que, aunque todos sepamos, a veces olvidamos: cuando el propósito es compartido, aparece una fuerza que ninguno de nosotros tiene por separado. Una fuerza que, en definitiva, es el único poder real que tenemos: el de transformar la realidad.

Al pensar esto, inevitablemente me surge la pregunta: ¿por qué nos cuesta tanto encontrarnos así en la vida cotidiana? Creo que una parte de la respuesta tiene que ver con la desconexión. Vivimos en la era de la conectividad y, paradójicamente, nunca estuvimos tan lejos de lo que verdaderamente importa. De esa trama muchas veces invisible, que sostiene, que da vida, que hace que todo funcione. Nos desconectamos. De nosotros, de nuestra tierra. De los ciclos naturales, de los inmensos servicios ecosistémicos que nos brinda la naturaleza.

Y cuando esa conexión se pierde, algo se rompe. El mundo se vuelve algo abstracto, lejano. Nos volvemos ajenos a lo que nos rodea. Y, ¿cuán capaces somos de cuidar algo que desconocemos?

La buena noticia es que la desconexión no es un destino: es una realidad que podemos revertir. ¿Cómo? Volviendo. Necesitamos volver a conectarnos. Con nosotros mismos. Con el otro. Necesitamos tomar conciencia de que somos parte de un todo. De un sistema perfecto, en donde cada pieza es clave y en el que cada uno de nosotros cumple un rol fundamental.

Esta reconexión tiene un efecto concreto: nos hace más atentos. Al entorno, a sus señales, a la inmensa oportunidad que tenemos de hacer la diferencia.

La pérdida de biodiversidad es, quizá, la crisis ambiental menos visible de todas. Un insecto que ya no zumba. Una planta que ya no florece. Un pájaro que dejó de cantar en el árbol de la esquina. Cada ausencia parece pequeña, casi imperceptible. Pero la biodiversidad es la arquitectura que sostiene todo lo demás: la polinización de las plantas que nos ofrecen alimento, la purificación del agua que tomamos, la regulación del clima que habitamos.

Cuidarla es cuidar las condiciones que hacen posible la vida, incluida la nuestra.

“Nuestro poder, nuestro planeta”: el lema del Día de la Tierra 2026, este 22 de abril, resuena diferente después de haber vivido lo que podemos hacer un grupo de personas cuando nos proponemos algo. Ese “nuestro” es la clave.

Se trata del poder que emerge cuando actuamos en comunidad, cuando sumamos voluntades, cuando algo nos importa lo suficiente como para movernos. Es el mismo poder que vi en todos los equipos que combatieron los incendios del Sur. Y es, de algún modo, el mismo poder que expresa ese brote verde que apareció en medio de la tierra quemada: la vida que insiste, que vuelve, que encuentra la manera.

El planeta no necesita que “lo salvemos”. Lleva millones de años adaptándose a condiciones que nosotros no podríamos imaginar. Lo que sí necesita —y lo que nosotros necesitamos— es reconectarnos con él.

Entender que no estamos separados: que somos expresión de los mismos sistemas que sostienen la vida en todas sus formas. Del agua que circula, del suelo que regenera, de las otras especies que habitan y equilibran este mundo con nosotros.

Hoy, en un contexto global complejo, atravesado por múltiples desafíos ambientales, el poder de cuidar lo que tenemos —y lo que somos— cobra otra dimensión. No es un gesto simbólico. Es una decisión compartida y profundamente humana.

Ese es nuestro poder. Este es nuestro planeta.

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