
Hay procesos que no se modifican únicamente desde la técnica, ni desde el diagnóstico preciso, ni siquiera desde el conocimiento en su forma más rigurosa. Hay algo más que interviene, algo difícil de medir pero imposible de negar; la calidad del encuentro.
En el campo de la salud mental, solemos apoyarnos en categorías, teorías y protocolos que ordenan la práctica y orientan la intervención. Sin embargo, cuando estos saberes no están acompañados por una disposición genuina hacia el otro, corren el riesgo de volverse insuficientes, e incluso, en algunos casos, de reforzar aquello mismo que intentan aliviar.
PUBLICIDAD
Cuando un consultante llega, muchas veces lo hace desde un lugar de profundo desvalimiento. No solo por aquello que le sucede, sino también por la forma en que ha sido mirado, nombrado o interpretado a lo largo de su historia; como síntoma, como problema, como caso. En ese punto, la intervención profesional puede tomar dos caminos: reforzar esa lógica o abrir una dimensión distinta, más humana y transformadora.
El encuentro empático inaugura esa otra posibilidad.
Se trata, en su sentido más profundo, de un encuentro amoroso; el consultante con una gran necesidad de ser comprendido, y el profesional con un profundo amor por su tarea. No se trata de un amor ingenuo ni idealizado, sino de una posición ética y clínica que implica respeto, disponibilidad y una escucha que no reduce al otro a su padecimiento.
PUBLICIDAD
Es en ese tipo de encuentro donde algo comienza a moverse.
Cuando el conocimiento está atravesado por el amor, deja de operar únicamente como una herramienta clasificatoria y se transforma en una vía de acceso. Permite acercarse al sufrimiento del otro sin invadirlo, comprender sin etiquetar, acompañar sin imponer. La problemática deja entonces de ser solo un conjunto de síntomas o un diagnóstico, para convertirse en un territorio compartido, un espacio donde puede construirse sentido.
PUBLICIDAD
En ese proceso, quien se sentía desvalido puede empezar, lentamente, a sentirse válido. Este pasaje no es menor; implica una reconfiguración subjetiva en la que la persona deja de ubicarse exclusivamente desde la falta o el déficit, para comenzar a reconocerse como alguien con recursos, con historia y con posibilidades.
Y es allí donde incluso las estructuras más rígidas pueden comenzar a flexibilizarse. A veces no se trata de transformaciones abruptas o visibles de inmediato, sino de pequeños movimientos, casi imperceptibles, que abren una fisura en lo establecido. Esa fisura, por mínima que sea, puede ser suficiente para que algo nuevo emerja; la posibilidad de la esperanza.
PUBLICIDAD
Esa esperanza no queda aislada; da lugar a la confianza. Y es en ese clima de confianza donde puede comenzar a construirse algo aún más profundo; la autoconfianza. A medida que la persona se siente reconocida y alojada en el vínculo, se habilita una mayor apertura, una disposición distinta hacia sí mismo y hacia el mundo. Así, el encuentro no solo alivia el sufrimiento, sino que también amplía las posibilidades de contacto con el entorno, favoreciendo modos más libres y genuinos de interacción.
Porque, en definitiva, no es solo el conocimiento lo que transforma, sino el modo en que ese conocimiento se encarna en un vínculo. Y es allí, en ese entre, donde alguien deja de ser solo portador de un padecimiento para comenzar, nuevamente, a ser sujeto de su propia vida.
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Inteligencia artificial: el reto no es aprender a usarla, sino aprender a pensar con ella
Las universidades y las escuelas enfrentan la tarea de formar alumnos capaces de evaluar respuestas, tomar decisiones y asumir responsabilidad, con docentes preparados para incorporar estas herramientas desde las primeras etapas

Urge institucionalizar la gestión de riesgos de desastres
Las alertas de la presencia del Fenómeno El Niño empezaron a manifestarse hacia marzo de este año pero no fueron consideradas como prioritarias por las autoridades nacionales y subnacionales

Las prácticas corporativas que no deberían perderse
Este no es un artículo de nostalgia. Pero está lleno de recuerdos que esconden conocimiento, formas de comportarnos y aprendizajes que podríamos tratar de conservar

La paradoja de tirar comida en un país con hambre estructural: es necesario un cambio urgente de paradigma
En Argentina, se desperdician 16 millones de toneladas de alimentos al año. Si se rescatara el 5% de lo que se desecha, se podrían cubrir las necesidades de las personas en indigencia

Argentina quiere —y puede— salir de la pobreza
La viabilidad del presente no depende de la confianza en una persona, sino de la solidez institucional que el país pueda representar de cara al futuro



