La escalada de ataques con misiles entre Irán, Israel y Estados Unidos ha mostrado que los misiles balísticos se han convertido en protagonistas centrales de los conflictos modernos. La variedad de este tipo de armamento ofensivo domina las estrategias militares al combinar alcance, precisión y bajo riesgo político además de su bajo costo comparados con aviación avanzada. Asimismo, la capacidad de proyectar poder estratégico a distancia sin despliegue terrestre masivo evidencia que las guerras del siglo XXI ya no dependen únicamente de tropas y tanques, sino de tecnología certera y vectores estratégicos.
Frente a este escenario, la diplomacia ha intentado reducir el impacto que produce la proliferación de tecnología misilística. El Código Internacional de Conducta contra la Proliferación de Misiles Balísticos (HCOC) y el Régimen de Control de Tecnologías de Misiles (MTCR) son instrumentos internacionales clave en ese sentido. Mientras el HCOC busca promover transparencia y comunicación sobre pruebas de misiles y fomentar normas de conducta responsable, el MTCR coordina controles de exportación de tecnología crítica de misiles, intentando evitar que llegue a actores no confiables.
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Sin embargo, el carácter dual de la tecnología involucrada constituye uno de los retos para su control internacional. Los conocimientos, materiales y sistemas que permiten desarrollar vectores militares –capaces de transportar cargas convencionales o incluso asociadas a armas de destrucción masiva– son los mismos para actividades civiles legítimas, como el lanzamiento de satélites o la exploración espacial. En consecuencia, el control de estas tecnologías no solo depende de regulaciones formales, sino también de la confianza política, la transparencia y la cooperación entre Estados.
Es por ello que, en general, los países que integran ambos regímenes pueden contribuir a limitar la proliferación misilística, desarrollar programas espaciales y, al mismo tiempo, generar una atmósfera que reduce suspicacias sobre el alcance de los respectivos programas de misiles balísticos. No obstante, la falta de universalidad de estos instrumentos voluntarios deja vacíos críticos que los conflictos recientes han expuesto. Ni Irán, Israel y varios otros países de Medio Oriente son integrantes del HCOC ni del MTCR.
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Consecuentemente, una de las derivaciones del conflicto actual sería incentivar la adhesión de todos los países de Medio Oriente a ambos regímenes. Este compromiso, si bien no elimina las tensiones ni la raíz de los conflictos, “representaría un avance para la promoción de la estabilidad regional”. También para iniciar un proceso de no proliferación en materia de misiles y drones que se encuentran expuestos a los acelerados avances tecnológicos, la mejora en los sistemas de guiado y la irrupción de nuevas capacidades, como los misiles hipersónicos o los drones estratégicos de largo alcance.
El HCOC y el MTCR son pasos importantes, pero no constituyen aún un marco sólido de regulación comparable al de las armas nucleares o químicas, lo que complica su control. Tampoco resultan suficientes para prevenir que esas capacidades tecnológicas sean transferidas a grupos terroristas como Hezbollah, pese a que la resolución 1540 del Consejo de Seguridad de la ONU obliga a todos los Estados a establecer controles nacionales para evitar que actores no estatales adquieran armas de destrucción masiva o sus sistemas de transporte (misiles).
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Estas circunstancias ponen en evidencia la necesidad de avanzar en compromisos jurídicamente vinculantes para detener la proliferación de drones y misiles. La comunidad internacional enfrenta ahora el desafío urgente de ampliar la cobertura de los regímenes existentes y fomentar la incorporación de actores críticos, como serían los países del Medio Oriente y de otras regiones inestables, para evitar que los conflictos futuros se definan únicamente por la proliferación de misiles y la ausencia de normas universales de control.
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