En Argentina (y también en el mundo) se volvió evidente que no alcanza con tener diagnósticos correctos: demasiadas políticas públicas no logran resultados. Hace décadas que somos testigos de los retrocesos en bienestar, cohesión social y oportunidades, mientras los desafíos se vuelven cada vez más complejos. Basta mirar lo difícil que está siendo traducir compromisos globales, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en mejoras concretas y sostenidas para las personas.
Frente a este escenario, mejorar la eficacia de las políticas públicas es hoy más urgente que nunca. Y para hacerlo necesitamos dos condiciones que suelen tratarse por separado: evidencia y diálogo. “No hay políticas eficaces sin investigación rigurosa que permita entender los problemas y evaluar qué funciona.” Pero la evidencia, por sí sola, no transforma realidades si no logra incidir en los procesos de toma de decisión. Y, a la inversa, la política que prescinde de la evidencia suele repetir errores, aun cuando esté animada por buenas intenciones.
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Además, los problemas que buscamos resolver son tan complejos que requieren respuestas sostenidas en el tiempo. Y eso solo es posible si se construyen acuerdos amplios que sobrevivan a los cambios de gobierno y convoquen a actores diversos. El diálogo plural no es un gesto de buena voluntad: es una condición de efectividad.
Durante casi veinte años de trabajo en CIPPEC, desde distintos roles, esa fue la brújula que guió mi trayectoria: usar la investigación aplicada para incidir en políticas públicas con impacto concreto en la vida de las personas, construyendo coaliciones y acuerdos en contextos de alta incertidumbre política y económica. Incidir no es comunicar mejor; es contribuir a que se tomen decisiones distintas y se obtengan resultados mejores.
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Algunos ejemplos lo muestran. El acompañamiento técnico al Plan Nacional de Prevención del Embarazo No Intencional en la Adolescencia (ENIA) mostró que las políticas públicas sí pueden cambiar realidades cuando se diseñan con evidencia y cooperación federal: en pocos años la tasa de fecundidad adolescente en Argentina se redujo a la mitad, una de las transformaciones sociales más rápidas de las últimas décadas. Algo similar ocurrió con iniciativas orientadas a fortalecer trayectorias educativas, donde los sistemas de alerta temprana (SAT) y trabajo territorial permitieron reducir el abandono escolar. En ambos casos, la clave no fue solo el diagnóstico o la investigación, sino la construcción de alianzas para convertirlo en política pública.
Los think tanks necesitan preservar su autonomía si pretenden incidir de manera sostenible en contextos donde los gobiernos se alternan en el poder y los desafíos públicos requieren acuerdos amplios. Dada la complejidad de los problemas que se enfrentan, resulta nodal co-construir soluciones con todos los actores intervinientes: el Congreso, los sindicatos, el sector privado, la academia, la sociedad civil y los medios, entre otros. En estos 25 años, CIPPEC ha fundado una identidad basada en esa independencia y en su vocación de diálogo plural, un activo institucional que explica buena parte de su capacidad de incidencia y que seguirá siendo central en esta nueva etapa, bajo la dirección de Luciano Laspina.
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También supone reconocer que la incidencia no termina en la decisión. Acompañar los primeros pasos de la implementación (sin sustituir al rol indelegable del Estado) es muchas veces la diferencia entre una buena política en el papel y una mejora real en la vida cotidiana. Cerrar esa brecha entre decisión y acción es parte central de una agenda de impacto.
Hoy cierro una etapa en CIPPEC y continúo este camino desde el Panel Internacional para el Progreso Social, con el mismo propósito: aportar evidencia y construir diálogos que ayuden a mejorar las políticas públicas. En un mundo atravesado por la desconfianza, reconstruir la capacidad de transformar problemas en soluciones compartidas es, quizás, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.
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