Re-Suena: cuando la cultura se convierte en política de cuidado

Estudios de UNESCO, CEPAL y OEI avalan que las políticas culturales como Re-Suena reducen la deserción escolar y fortalecen habilidades socioemocionales

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Un grupo de jóvenes participa
Un grupo de jóvenes participa activamente en un taller artístico, explorando la pintura, la escultura, la música y la danza en un ambiente creativo y colaborativo. El aula, decorada con coloridas obras de arte, fomenta la expresión individual y el trabajo en equipo, reflejando la importancia de la educación artística en la formación integral. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En tiempos de fragmentación social, discursos de odio y exclusión, y profundas desigualdades territoriales, las políticas culturales dejan de ser un “complemento” para convertirse en un eje estratégico del desarrollo humano. El programa provincial Re-Suena, territorios de creación sonora, impulsado por el Ministerio de Cultura de Santa Fe, es un ejemplo potente de cómo la cultura, articulada con una mirada educativa, puede transformar trayectorias vitales, fortalecer comunidades y abrir horizontes de futuro para jóvenes que crecen en contextos de alta vulnerabilidad.

Lejos de la lógica asistencialista, Re-Suena apuesta por la formación, la creación, la profesionalización y la circulación real de la producción artística. Jóvenes de entre 16 y 30 años, provenientes de más de 38 barrios de Rosario y localidades cercanas, participan en trayectos formativos que integran composición, técnica vocal, producción musical, improvisación, puesta en escena, derechos de autor y distribución digital. No se trata solo de “hacer música”, sino de construir un oficio, una identidad y un proyecto de vida.

La evidencia internacional es clara: el acceso sostenido a experiencias culturales de calidad impacta directamente en el desarrollo cognitivo, emocional y social de niños, niñas y jóvenes. Investigaciones de UNESCO, CEPAL y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) muestran que los programas culturales comunitarios reducen la deserción escolar, fortalecen la autoestima, mejoran las habilidades socioemocionales y disminuyen la exposición a situaciones de violencia (UNESCO, 2019; CEPAL, 2022; OEI, 2021)

Re-Suena encarna esta perspectiva: la cultura como dispositivo pedagógico, preventivo y reparador. Allí donde el Estado llega con micrófonos, estudios de grabación y espacios de escucha, disminuyen la soledad, el abandono y la sensación de no tener futuro. La música opera como lenguaje identitario, como forma de narrar lo vivido, pero también como herramienta de resignificación del dolor y de construcción colectiva de sentido.

El derecho a la cultura En contextos de desigualdad, el derecho a la cultura adquiere un sentido reparador y transformador. Garantizarlo en los barrios populares significa democratizar, fortalecer identidades y abrir horizontes de futuro. Sn dudas, sin acceso a la cultura, se restringen otras libertades básicas: la circulación de la palabra, la imaginación, la construcción de proyectos, el sentido de pertenencia y la participación en la sociedad. Y así lo establece el Artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU): “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”. Idea que se reafirma en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (ONU), que obliga a los Estados a garantizar condiciones reales para su ejercicio.

Es por eso que uno de los aspectos más valiosos del programa es su anclaje territorial. El Estado destaca y rescata saberes, estéticas, lenguajes y culturas que históricamente han sido invisibilizadas. El freestyle, el rap, el trap, el hip hop y el RKT no son solo géneros musicales: son narrativas sociales contemporáneas, modos de contar la calle, el barrio, los miedos, los sueños y las injusticias. Al legitimar estas expresiones, se reconoce el derecho a la palabra de juventudes que muchas veces solo son nombradas desde el estigma o la sospecha.

Está claro que la desigualdad cultural no se resuelve acercando bienes culturales tradicionales, sino creando condiciones para que cada sujeto pueda producir cultura desde su propia experiencia. En este sentido, hay una presencia estatal que acompaña procesos creativos auténticos, diversos y profundamente situados. Este programa también invita a repensar la noción clásica de educación. Los talleres, las grabaciones en la Plataforma Lavardén y la vinculación con el Instituto Nacional de la Música configuran una educación expandida, donde el aprendizaje ocurre fuera de la escuela, pero con igual o mayor impacto formativo.

La pedagogía contemporánea reconoce el valor de los entornos educativos no formales como espacios privilegiados para el desarrollo de competencias clave del siglo XXI: creatividad, trabajo colaborativo, pensamiento crítico, comunicación, autorregulación emocional y ciudadanía cultural. En Re-Suena, los jóvenes aprenden a producir, grabar, distribuir, gestionar derechos y construir identidad artística. Aprenden, sobre todo, a confiar en sí mismos, a trabajar con otros, a sostener procesos, a proyectarse. Allí se juega una dimensión educativa profunda: la educación del deseo, de la esperanza y de la dignidad.

Políticas culturales que salvan futuros Es por eso que, en contextos atravesados por la violencia urbana, la exclusión y la precarización, las políticas culturales no son un lujo: son una estrategia central de prevención, inclusión y desarrollo social. Estudios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) muestran que los programas artísticos comunitarios reducen significativamente los indicadores de conflictividad social y fortalecen el entramado comunitario.

En ese sentido, la ministra de Cultura, Susana Rueda, planteó que el programa surgió en el 2024 al percibir en los barrios de Rosario la gran necesidad que hay de expresión cultural, sobre todo de jóvenes en grave estado de vulnerabilidad. Señala convencida que la cultura rescata y sirve para reparar, en algunos casos, vidas oscuras y difíciles de sobrellevar.

Por otro lado, el director de Integración Territorial y Comunitaria del Ministerio de Cultura, Gino Svegliati, señaló que se pudo consolidar una política que tiene como mirada a jóvenes que constantemente encuentran tensiones entre los desafíos que les presenta la calle, pero también, por otro lado, el acercamiento con situaciones de violencia que muchas veces los atraviesan, siendo víctimas o partícipes de situaciones vinculadas al delito. Con este programa -subrayó- se está pudiendo dar esa batalla cultural, convocando a esos jóvenes a pensar proyectos de vida que sean colectivos, que sean con otros y que tomen a la música como eje central. Es así que, durante el transcurso de ese recorrido, 67 artistas emergentes participaron de 60 grabaciones. Y remarcó que se pudo inaugurar una sala de grabación pública y los beneficiarios del programa grabaron casi 70 temas. Además, al tener una vinculación con el Instituto Nacional de la Música (Inamu), las producciones se suben a plataformas digitales para poder recibir una retribución por la tarea realizada.

A su vez, el coordinador del programa, Juan Manuel Verdún, precisó que se trabaja en la composición y estructura de la canción y en herramientas vinculadas a la improvisación y el desenvolvimiento escénico para las denominadas “Batallas de Freestyle” y “Batallas escritas”.

Re-Suena es, en este sentido, una política de cuidado integral: cuida las trayectorias, cuida los vínculos y cuida los sueños. Y lo hace desde una lógica profundamente democrática: garantizando el acceso a bienes simbólicos, tecnológicos y formativos que, de otro modo, quedarían reservados para sectores privilegiados.

Invertir en cultura y educación en los barrios es apostar por una sociedad más justa, más pacífica y más creativa. Es comprender que cada joven que encuentra un micrófono, un escenario o un estudio de grabación, es un joven menos capturado por las redes del delito, la desesperanza o la exclusión.

Re-Suena nos recuerda que no hay transformación social sin transformación cultural, que no hay seguridad sin inclusión y que no hay futuro sin educación. Y, sobre todo, que cuando el Estado decide estar presente con inteligencia, sensibilidad y compromiso, la música puede convertirse en puente, refugio y motor de cambio. Porque, al final, no se trata solo de formar artistas, sino de habilitar futuros posibles.