
Los documentos históricos prueban que la familia Terrero-Rosas donó el sable de San Martín para que fuera depositado en el recién creado Museo Histórico Nacional (MHN).
El 5 de septiembre de 1896, el director del MHN, Dr. Adolfo Carranza, formula el pedido a Manuelita Rosas, quien respondió el 26 de noviembre de dicho año: “Al fin mi esposo, con la entera aprobación mía y de nuestros hijos, se ha decidido a donar a la Nación Argentina este monumento de gloria para ella, reconociendo que el verdadero hogar del sable del Libertador, debiera ser en el seno del país que libertó (…)”.
Por su parte, en carta fechada en Londres el 1º de febrero de 1897, y dirigida al Presidente de la República, Dr. Evaristo Uriburu, Máximo Terrero dijo: “Suplico a V. E. se digne aceptar la ofrenda que hago a la patria en nombre mío, de mi esposa Doña Manuela Rozas de Terrero y de nuestros hijos, y si bien en caso de ser aceptada la donación, nos fuera permitido expresar nuestro deseo en cuanto al destino que se le diera al sable, sería el que fuese depositado en el Museo Histórico Nacional, con su vaina y caja tal cual fue recibido en legado del general San Martín”. A todas luces queda demostrado que no se trató de un trueque ni de una condición espuria. Carranza solicitó la donación del sable a los descendientes de Rosas para exponerlo en la flamante institución guardiana del patrimonio cultural argentino, y la familia Rosas-Terrero accedió.
Sin ánimo conjetural, vale preguntarnos ¿por qué la insistencia de entregar la reliquia al MHN y no al Regimiento de Granaderos a Caballo? El Regimiento se hallaba disuelto desde 1826. El presidente Julio A. Roca lo refundó el 29 de mayo de 1903, a instancias de una propuesta del ministro de Guerra, Pablo Ricchieri. Y el 15 de julio de 1907, el presidente José Figueroa Alcorta dispuso que el cuerpo fuera Escolta Presidencial. A partir de entonces, como sabemos, el Regimiento tiene su sede en el Cuartel de Palermo y desempeña tareas de seguridad en la Casa Rosada y la Quinta de Olivos.
En 1897 el sable fue depositado en el MHN, pero en 1963 y 1965 sufrió dos robos con fines políticos. Una vez recuperado, por obvias razones de preservación, el destino del arma pasó a ser el Regimiento de Granaderos. El presidente de facto Juan Carlos Onganía así lo decretó en 1967. Sin embargo, en 2015 la presidenta Cristina Kirchner lo restituyó al MHN. La medida de la Dra. Kirchner cumplía con el deseo de los donantes originarios. Pero no olvidemos que la pieza fue entregada a la Nación Argentina y, en su momento, el Regimiento de Granaderos a Caballo se hallaba disuelto. Por tanto, cualesquiera de los destinos son legítimos: el MHN, porque los herederos del sable lo desearon de ese modo; y el Regimiento de Granaderos, porque es la cuna del arma que acompañó al Libertador en la campaña por la independencia sudamericana.
Volvemos a preguntarnos: ¿y si en vez de fomentar la grieta se le otorgara al sable un destino itinerante de unidad nacional? Por ejemplo, seis años en el MHN y luego igual período en Granaderos, alternándose indefinidamente. Interpretaría, a nuestro juicio, mucho mejor la voluntad sanmartiniana de fraternidad y libertad, antes de reabrir heridas alentadas por el odio ideológico y el oportunismo partidario. La osadía del Libertador de haber legado su sable al “tirano Rosas” aun levanta polvareda en los campos minados de la historiografía militante. Pero los hechos prevalecen por encima de la hermenéutica amañada y del academicismo de los ganapanes. Claro que incomoda el sable de San Martín en manos de Rosas. Incomoda, aunque no absuelve de errores y crímenes al gobernante de las facultades extraordinarias y de la suma del poder público.
Cada capilla ha llevado y lleva agua para su molino. La realidad palpable es que el Libertador vio en Rosas a un defensor de la soberanía ante la agresión anglofrancesa. Y esa actitud patriótica creyó recompensarla con lo más valioso que poseía: su sable corvo de la independencia sudamericana.
Más allá del rumbo que le depare al “monumento de gloria” sintetizado en el acero, y de los deseos de los herederos que banderizan la herencia, y de los patriotas actuales que sectorizan la Patria, y de los nuevos Maquiavelo que justifican cualquier medio, cerramos este artículo con palabras de Leopoldo Lugones, que escribió a los 23 años de edad: “(…) Jamás soñará el Dictador mejor desagravio en su propia tierra. Porque es imposible separar aquí los recuerdos. Por Rozas vuelven a tener los argentinos el sable del Libertador. Y no se puede hablar de la herencia heroica sin recordar al gran heredero, al hombre extraordinario que a pesar de todo no han conseguido manchar por completo las calumnias mezquinas y los silencios de los que nunca pudieron perdonarle el imperdonable crimen de haber sido más grande que ellos”.
Por estos conceptos, el joven Lugones, que acababa de arribar a Buenos Aires, procedente de su Córdoba natal, recibió duros calificativos. “Liberal rojo, subversivo e incendiario”, lo llamaron. No obstante, su obra literaria magistral, a pesar de sus filiaciones ideológicas polémicas, prevalece en el panteón de los clásicos universales. Como, a su modo, el sable de San Martín: símbolo de la patria pendiente.
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