
Después de más de 25 años de negociaciones intermitentes, avances frustrados y retrocesos políticos, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur dejó de ser una aspiración para transformarse en una realidad concreta. Su firma representa uno de los hitos comerciales más relevantes de las últimas décadas: une a dos bloques que concentran cerca del 25% del PBI mundial y a casi 780 millones de personas, con implicancias que trascienden largamente lo comercial.
Sin embargo, el verdadero valor del acuerdo no reside únicamente en su dimensión económica o geopolítica, sino en lo que habilita hacia adelante. Para las empresas, especialmente en los países del Mercosur, se abre una oportunidad histórica de acceso preferencial a mercados sofisticados, previsibilidad regulatoria y mayor integración en cadenas globales de valor. Pero esa oportunidad no será automática. El acuerdo no garantiza ganadores; exige decisiones.
Desde el punto de vista corporativo, el nuevo escenario es, en muchos sentidos, inédito. La eliminación progresiva de más del 90% de los aranceles entre ambos bloques reducirá barreras que durante años limitaron la competitividad de las empresas sudamericanas en Europa y encarecieron la presencia europea en la región.
El verdadero valor del acuerdo no reside únicamente en su dimensión económica o geopolítica, sino en lo que habilita hacia adelante
El impacto potencial es significativo si se considera el punto de partida: la Unión Europea ya es el segundo socio comercial del Mercosur y el principal inversor externo en la región. El acuerdo profundiza una relación económica ya existente, pero bajo reglas más estables y previsibles, especialmente en materia de comercio, inversiones, propiedad intelectual y compras públicas.
Para sectores estratégicos del Mercosur, como la agroindustria, la energía, la minería y los encadenamientos productivos vinculados a la transición energética, el tratado abre una puerta privilegiada a uno de los mercados más grandes y exigentes del mundo. Para Europa, en tanto, consolida oportunidades en manufacturas, bienes de capital, automotriz, farmacéutica, tecnología y servicios, además de reforzar la seguridad de sus cadenas de suministro en un contexto global cada vez más fragmentado.
No obstante, asumir que estos beneficios se materializarán de forma inmediata sería una lectura incompleta. El acuerdo es un punto de partida, no un punto de llegada. La apertura comercial intensificará la competencia, particularmente en las economías del Mercosur. Las empresas locales no solo enfrentarán productos europeos con menores costos de entrada, sino también estándares más altos en términos de calidad, trazabilidad, sostenibilidad ambiental, cumplimiento sanitario y gobernanza corporativa. Este desafío parte de una estructura productiva históricamente protegida, con niveles de protección elevados en varios sectores, lo que anticipa un proceso de ajuste competitivo relevante.
El acuerdo es un punto de partida, no un punto de llegada
A esto se suma un elemento clave: la dimensión regulatoria y política. La implementación del acuerdo convivirá con un entorno normativo europeo particularmente dinámico, caracterizado por mayores exigencias ambientales, técnicas y de sostenibilidad, que impactan directamente sobre el acceso efectivo al mercado. En este contexto, más allá del proceso de ratificación, que aún enfrenta resistencias en algunos países europeos, la capacidad de las empresas para monitorear el entorno político, anticipar cambios regulatorios y sostener un diálogo fluido con decisores públicos se vuelve un activo estratégico para gestionar riesgos y capturar oportunidades.
El desafío central para muchas compañías no estará afuera, sino adentro. Adecuar procesos productivos, invertir en tecnología, fortalecer sistemas de compliance, profesionalizar la gestión de datos y elevar los estándares de sostenibilidad dejarán de ser ventajas competitivas para convertirse en condiciones básicas de acceso al mercado.
En definitiva, el acuerdo UE–Mercosur ofrece una oportunidad excepcional para redefinir la inserción internacional de las empresas de la región. Pero su impacto real dependerá de la capacidad del sector privado para traducir la apertura comercial en decisiones concretas de inversión, innovación y posicionamiento estratégico. La puerta está abierta. El desafío, ahora, es cruzarla con estrategia.
Di Meglio es Director Senior de Asuntos Corporativos y Tombesi consultora Senior de Asuntos Corporativos, ambos en LLYC Argentina
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