
El 17 de enero de 2026, después de un cuarto de siglo de sortear posiciones políticas, el Mercosur y la Unión Europea firmaron en Asunción un acuerdo que promete reordenar flujos de comercio e inversiones. Falta lo más difícil: la ratificación legislativa a ambos lados del Atlántico. Pero la firma ya cambia expectativas, acelera decisiones empresarias y obliga a preguntarnos qué lugar ocupa la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en esa nueva escena. Si el entendimiento avanza, el tablero dejará de ser una discusión abstracta de cancillerías: se convertirá en presión real sobre precios, estándares, logística, empleo y competitividad.
La conversación argentina suele encorsetarse en la “política de commodities”: soja, minerales, carne, dólares, retenciones. Todo eso importa, pero no alcanza para una ciudad-metrópolis. Buenos Aires no es un municipio que administra veredas y poda árboles: es una unidad económica compleja, un mercado laboral intensivo en servicios, una usina cultural, un nodo logístico y tecnológico, un territorio donde se produce valor con talento, diseño, conocimiento y redes. Por eso, la Ciudad necesita políticas económicas concretas para su centro urbano, pensadas para su propia matriz productiva, relativamente ajenas a la lógica extractiva y cíclica que organiza la macroeconomía nacional.
Un acuerdo de esta escala no se traduce automáticamente en bienestar urbano. Puede abrir puertas para vender más, sí, pero también puede exponer a pymes a una competencia feroz si la Ciudad no mejora productividad, costos y capacidades. La respuesta no es una consigna: es una batería de políticas económicas urbanas. Ventanilla única para internacionalizar servicios, programas de certificación y estándares, financiamiento y garantías para pymes exportadoras, formación técnica y bilingüe orientada a empleo, clusters sectoriales (software, audiovisual, diseño, salud, arquitectura, economía creativa), y una estrategia de logística inteligente que conecte aeropuerto, puerto, parques tecnológicos y comercio barrial con el mundo, no solo con la coyuntura.
Ahí aparece la oportunidad “ciudad a ciudad”. Los tratados abren reglas; las ciudades construyen confianza, proyectos y demanda real. En Europa, la competencia ocurre entre ecosistemas urbanos que atraen ferias, congresos, inversión y capital humano. Buenos Aires puede jugar esa liga si asume una diplomacia económica propia: misiones técnicas con ciudades europeas, acuerdos operativos para coproducción cultural, turismo de alto valor, incubación cruzada de startups, cooperación tecnológica para compras públicas innovadoras y, sobre todo, una agenda de servicios exportables que hoy ya existen, pero no están organizados como política pública.
No se trata de “hermanamientos” decorativos ni diplomacia para el “show”. Se trata de redes con método, como Mercociudades en Sudamérica y Eurocities en Europa: autopistas políticas para que el intercambio ocurra con agenda, continuidad y resultados medibles. Y se trata también de reformar la participación política para que el desarrollo no quede en manos de pocos: más transparencia de metas, más evaluación pública, más mesas de trabajo con universidades, sindicatos, cámaras, cooperativas y vecinos, porque la competitividad urbana se sostiene con legitimidad social. El trabajo de los porteños en los próximos años estará signado por cuatro decisiones: asumir la integración económica global, profundizar la integración cultural y educativa, modernizar la participación política y ocupar un lugar activo en redes de ciudades. Si el acuerdo avanza, Buenos Aires tiene dos opciones: esperar que se produzca azarosamente un derrame o ser constructora de un puente al mundo. En economía urbana, el puente no llega solo: se diseña y se ejecuta.
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