
Con la captura y extracción de Nicolás Maduro a través de una rapidísima operación en territorio venezolano por parte de fuerzas especiales de Estados Unidos, la política internacional pasó a sumar otro acontecimiento basado en la casi absoluta primacía del poder y el interés nacional.Si el soldado e historiador ateniense Tucídides estuviera hoy entre nosotros, posiblemente diría que en modo alguno le sorprende lo que observa, pues que “los poderosos hacen lo que pueden y los débiles sufren los que deben” era una realidad casi habitual en el mundo de su tiempo, es decir, hace 2500 años.Esa sentencia significa que la política internacional está adoptando rápidamente una estructura de poder vertical, con fuerte acumulación de capacidades tecnológicas-militares y creciente delimitación de espacios de influencia.En este marco, el modelo multilateral o de cooperación interestatal va quedando muy abajo, manteniéndose el comercio internacional como un sucedáneo de orden internacional basado en ganancias económicas, aunque bajo las amenazas de las políticas de primacía nacional (de allí la creciente importancia de lo que se denomina SupTech, es decir, el uso de tecnologías para considerar riesgos).Entre principios de 2022 y comienzos de 2026 hubo hechos mayores que dejaron categóricamente en claro que las relaciones internacionales son relaciones de poder antes que relaciones de derecho. En otros términos, el denominado “modelo relacional” va por delante del “modelo institucional”.
En febrero de 2022 Rusia desplegó en casi todo el territorio de Ucrania una operación militar especial. Aunque Moscú consideró que se trató de una misión de defensa contraofensiva (de allí su intento por sostener la misma bajo el artículo 51 de la Carta de la ONU), lisa y llanamente se trató de un acto de fuerza contra la soberanía de un Estado.Desde entonces, las fuerzas rusas ocupan casi un 20 por ciento de Ucrania, y Moscú ha advertido que no existen posibilidades de acuerdo que desconozcan esa situación.Por otro lado, tras el ataque perpetrado por las organizaciones terroristas islámicas a Israel desde Gaza el 7 de octubre de 2023, los israelíes emprendieron acciones militares sobre ese territorio que no sólo provocaron la muerte de docenas de miles de palestinos, incluidos terroristas, sino que el ataque fungió favorable para que Israel prácticamente erosionara toda señal de vida de la Autoridad Palestina e incrementara sus asentamientos de israelíes en Cisjordania, produciéndose la casi partición del territorio palestino y la unión física entre los asentamientos y la ciudad de Jerusalén.Asimismo, tras la caída del régimen de Bachar el Asad en Siria en diciembre de 2024, Israel procedió a ocupar una zona desmilitarizada en los Altos del Golán patrullada por personal de la ONU desde 1974.En junio de 2025, bajo el nombre “Operación Martillo de Medianoche”, bombarderos y submarinos estadounidenses realizaron ataques de precisión sobre plazas estratégicas ubicadas en Irán: la planta de enriquecimiento de uranio de Fordow, la instalación nuclear de Natanz y el Centro de Investigación y Tecnología Nuclear de Isfahán. De este modo, se refrenó el propósito de Teherán de continuar el proceso de enriquecimiento de uranio hacia porcentajes que dejaban dicho proceso en el umbral militar.
Por otra parte, China continuó proyectando poder sobre el Mar de China. Aunque se trata de un hecho sigiloso en la política internacional, es una cuestión de escala, pues dicha proyección no sólo crea conflictos potenciales con actores zonales y extra zonales, sino que puede dar lugar a que China realice reclamos soberanos a partir de iniciativas favorables a la humanidad. Por caso, en 2025 Pekín inició la construcción de una estación submarina en el Mar Meridional de China con propósitos de investigación científica; una forma suave de obtener en el futuro ganancias de poder. Algo parecido a lo que viene haciendo desde hace tiempo el Reino Unido bajo la pátina de la “diplomacia de defensa” del medio ambiente y el cuidado de los mares.Los movimientos de las potencias en la región del ártico están trasformando la necesaria cooperación en una competencia geopolítica creciente, pues el deshielo (se estima que para 2040 el ártico estará libre de hielo cada verano) intensifica la proyección de intereses y capacidades por parte de Rusia, Estados Unidos, Canadá y China (que se considera un Estado “casi ártico”) con el fin de lograr control territorial, económico y militar.
En ese contexto, se considera que las posibilidades de cooperación en el ártico se tornarán cada vez más complejas como consecuencia de un enfoque y ejercicio más asertivo y militar por parte de Rusia como respuesta a la asistencia occidental a Ucrania. En buena medida, la ofensiva de Trump en relación con Groenlandia se relaciona con ello y los planes de defensa que volverían invulnerable el territorio estadounidense.Por último, el 3 de enero pasado, con el fin de dar respuesta a una acusación judicial de un distrito de la ciudad de Nueva York, fuerzas especiales estadounidenses llevaron a cabo una rápida injerencia en territorio de Venezuela para capturar, extraer y llevar al presidente Nicolás Maduro y su esposa a Estados Unidos para que respondan ante la justicia por acusaciones de narcotráfico y asociación con cárteles venezolanos.
La “Operación Determinación Absoluta” recentró las cuestiones relativas con los sitios selectivos estratégicos de las potencias, es decir, zonas donde el ascendente geopolítico de la potencia mayor o hegemónica lateraliza el alcance de los grandes principios del derecho internacional, situación que lleva a que los gobiernos de países ubicados en zonas geopolíticas rojas o áreas “pos patrióticas” desarrollen un conveniente sentido o diplomacia de deferencia ante aquellas potencias.Es pertinente recordar en relación con lo anterior que hace unos años los especialistas argentinos Roberto Russell y Fabián Calle consideraban “Que desde el fin de la Guerra Fría Estados Unidos ha extendido su poder en la subregión de América Latina que abarca México, América Central, el Caribe y el norte de América del Sur, con las excepciones de Cuba y Venezuela”. Sin duda, hoy esa “América Latina del norte extendida” abarca Venezuela, Colombia y también Cuba.
Hay otros muchos casos importantes, entre ellos, algunos movimientos geopolíticos de China y Rusia en la Antártida que podrían impactar en el mismo Tratado Antártico, pero hemos considerado aquí los más impactantes en relación con la primacía del poder, el interés y las capacidades nacionales.El experto alemán George Swarzemberger sostenía muy bien que, mientras hacia dentro de los Estados las instituciones y las leyes restringen al poder, en la política internacional es el poder de los actores mayores e intermedios el que limita a las instituciones y las normas internacionales.Siempre ha sido así. De allí que el estado de anarquía internacional, es decir, la ausencia de un gobierno mundial que centralice autoridad y decisiones, lleve a que los Estados compitan entre sí, desconfíen de las intenciones y, por ello, depositen su seguridad en la autoayuda.Sin embargo, hay tiempos en que la política internacional se vuelve o tiende a volverse más horizontal, y ello solo sucede cuando los poderes mayores consiguen fundar un orden internacional. El orden es lo que más acerca a los Estados a la paz. Más todavía: el orden es la paz, pues la paz es una abstracción, no así la guerra. Es la guerra la que evoluciona: guerra absoluta, guerra total, guerra híbrida, guerra biológica, guerra pos total o nuclear, guerra ártica, guerra de próxima generación…
Por ello, cuando no existe orden internacional, es decir, un sistema de convivencia interestatal pactado y respetado por “los que cuentan” con base en ciertos consensos estratégicos, los Estados se arman y anteponen sus intereses. Thomas Hobbes diría que se vuelven gladiadores en posición de combate.En cambio, el orden supone restricciones de fuerzas, amortiguación de conflictos, administración de crisis, espacio para los regímenes internacionales (esos “órdenes gestionados” a los que se refería Oran Young) y la afirmación de una “cultura estratégica” que es crucial para que no haya descontrol o fisuras en temas supra estratégicos, por caso, armas nucleares y también ante amenazas no provenientes de Estados y no Estados: las enfermedades infecciosas y biogénicas.
Entrando a 2026, hace cerca de 20 años que no hay orden internacional. Lo último que llevó a que Estados Unidos, Rusia y China cooperaran (relativamente) fue un enemigo común: el terrorismo transnacional. Pero tras la crisis financiera de 2008 y sobre todo a partir de la anexión de Crimea por parte de Rusia, las relaciones internacionales se fueron deteriorando, al tiempo que China se hizo más fuerte (tanto en fuentes duras como suaves) y nuevos temas implicaron nuevas crisis, por ejemplo, las tecnologías mayores aplicadas al segmento estratégico-militar (entre numerosos textos, el del estadounidense Chris Miller, Chip War: The Fight for the World’s Most Critical Technology, resulta pertinente).
La disrupción internacional actual ha resituado la geopolítica, la guerra y las advertencias sin rodeos por parte de los poderosos dirigidas a otros actores retadores ubicados en zonas comprometidas; y lo ha hecho en un nivel sin precedentes en tiempos de no guerra generalizada, si bien el desorden internacional actual sufre, además, las consecuencias de fuertes rivalidades y tensiones entre los actores con “capacidades de forjar orden”.Por ello, los centros de poder están obligados a superar este mundo con “cotos de caza” cada vez más extendidos. Difícilmente se podrá evitar una catástrofe si continúa el desorden disruptivo. La experiencia es aleccionadora en ello.
Para los no poderosos y para aquellos que tienden a contemplar el mundo en clave de aspiraciones o bien a adherir su interés nacional a intereses nacionales ajenos, lo que sucede en la política internacional debería ser un llamado para estimular la reflexión geopolítica y estratégica, pues algunos de ellos parecen ignorar que en el mundo no hay un “911” para pedir ayuda cuando las amenazas se vuelven realidad.Esas amenazas no siempre implican actos de fuerza, pues bien podrían retomar fuerza algunas cuestiones que ya han asomado en el mundo posterior al de la Guerra Fría, por caso, el derecho de injerencia multilateral o unilateral a aplicarse en países con dificultades estructurales para gestionar sus recursos o activos estratégicos, sus economías o bien afrontar dificultades para poder neutralizar eventuales amenazas cuyo alcance pueda tener impacto global o en la seguridad de otros.
Nunca está de más, y menos en los tiempos que corren, recordar las palabras de Henry Kissinger: "Tarde o temprano, la historia castiga la frivolidad estratégica“.
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