El avance entre el Mercosur y la Unión Europea para alcanzar un acuerdo comercial reactiva la discusión sobre supuestos dilemas. Se mencionan conceptos como “pérdida de soberanía”, “industria en riesgo” o “apertura indiscriminada”, aunque el verdadero problema radica en otro aspecto: la economía argentina enfrenta dificultades profundas porque permanece cerrada, sobrerregulada y sometida a una fuerte presión estatal. El acuerdo no genera estos problemas; simplemente los evidencia.
Existen sectores y países dentro de la Unión Europea que también presentan objeciones, entre ellos Francia, Austria, Irlanda y productores agrícolas. Estos últimos dependen de subsidios en sus respectivos países, los cuales recibirán USD 452.000 millones a través de la Política Agraria Común durante el período 2021-2027.
La Unión Europea representa un mercado de aproximadamente 450 millones de habitantes, con alto ingreso per cápita y normas relativamente estables. Para un país como la Argentina, que lleva décadas sin crecimiento sostenido, acceder a ese mercado bajo condiciones previsibles debería ser un objetivo estratégico. Sin exportaciones no existe crecimiento, y sin integración internacional, las exportaciones carecen de sustentabilidad.
La Unión Europea representa un mercado de aproximadamente 450 millones de habitantes, con alto ingreso per cápita y normas relativamente estables
La única salida viable para la Argentina es a través de las exportaciones, lo que exige inversiones capaces de incrementar la productividad y permitir la competencia. Estas inversiones, a su vez, se traducirán en nuevos empleos y mejores ingresos reales.
Proceso progresivo
Desde la perspectiva económica, el acuerdo entre Mercosur y la Unión Europea contempla una reducción gradual de aranceles, con plazos extensos y asimetrías aceptadas para los países del Mercosur. No implica una apertura súbita, sino un proceso progresivo que permite la adaptación de los sectores productivos.
Durante años, Argentina recurrió al proteccionismo en reemplazo de una política económica sensata. El resultado es evidente: una industria costosa, con escasa innovación y dependiente de subsidios implícitos que cargan sobre los consumidores. Cuando se plantea un acuerdo comercial serio, queda claro que el obstáculo principal no es la competencia externa, sino los costos internos: una estructura impositiva distorsiva, regulaciones laborales rígidas, infraestructura deficiente e inestabilidad macroeconómica.

El acuerdo no se limita al intercambio de bienes. Abarca servicios, inversiones, compras públicas y normativas regulatorias. Esto suele interpretarse como una cesión de soberanía, aunque en realidad implica lo opuesto: restringir la discrecionalidad del poder político. En un país donde las reglas se modifican según necesidades fiscales, compromisos internacionales actúan como un ancla institucional.
En definitiva, este acuerdo permitiría ajustar las reglas locales a los estándares del mundo desarrollado. Si bien la Unión Europea hoy no representa el paradigma del liberalismo económico, ofrece mayor previsibilidad normativa que la que existe dentro del Mercosur. De igual manera, Estados Unidos actualmente no encarna el liberalismo ni en el plano político ni en el económico.
Este acuerdo permitiría ajustar las reglas locales a los estándares del mundo desarrollado
Respecto a la implementación, el acuerdo requiere varias etapas:
- Firma política entre Mercosur y la Unión Europea, ya alcanzada técnicamente.
- Revisión legal del texto en ambos bloques.
- Aprobación por parte del Consejo y el Parlamento Europeo.
- Ratificación por los parlamentos nacionales de los países miembros.
- Aplicación gradual, con cronogramas de desgravación que en ciertos casos superan los diez años.
- La integración, de este modo, se encamina a través del gradualismo y un proceso extenso.
El Mercosur no logró mejorar la productividad de la economía argentina, mientras el mundo avanza hacia la conformación de grandes bloques comerciales. Permanecer al margen no significa proteger la economía, sino condenarla a mercados pequeños, inestables y con bajo poder adquisitivo. Argentina ya experimentó la autarquía, cuyos resultados fueron estancamiento, inflación crónica y deterioro del salario real.

Aunque resultan preferibles tratados de libre comercio entre Argentina y otros países o bloques, el acuerdo Mercosur–Unión Europea puede constituir el primer paso hacia una mayor integración internacional.
Chile comprendió que el Mercosur no ofrecía ventajas y optó por no sumarse, manteniendo la apertura económica iniciada en la década de 1980. Según la Subsecretaría de Relaciones Económicas de Chile, actualmente cuenta con 34 acuerdos comerciales, la mayoría de ellos de libre comercio.
Perú dispone de 12 tratados de libre comercio con diferentes países y bloques, entre ellos la Unión Europea.
Otra alternativa es el tratado de libre comercio con Estados Unidos que, hasta ahora, no ha pasado de los anuncios. Sin embargo, el acuerdo con la Unión Europea no debería excluir un eventual tratado de libre comercio con Estados Unidos.
Naturalmente, el acuerdo no sustituye las reformas internas. Sin una reducción de impuestos, sin modernización laboral y sin estabilidad macroeconómica, los beneficios serán limitados. Sin embargo, rechazar el acuerdo bajo el argumento de la falta de reformas constituye un error. Siguiendo el caso chileno, la apertura internacional puede iniciarse con un arancel único, al tiempo que el Estado avanza en reformas estructurales que permitan a las empresas competir.
Sin una reducción de impuestos, sin modernización laboral y sin estabilidad macroeconómica, los beneficios serán limitados
En este caso no se implementará un arancel único, pero la apertura gradual a productos europeos brinda el margen necesario para encarar transformaciones estructurales.
El acuerdo Mercosur–Unión Europea no es una solución mágica, sino una herramienta. Obliga a cuestionar las causas por las que Argentina carece de competitividad y a analizar quién asume el costo de mantener un modelo cerrado. Rechazarlo significa, otra vez, elegir el camino ya transitado hacia el fracaso.
La cuestión central no radica en la conveniencia del acuerdo, sino en si Argentina está dispuesta a abandonar la comodidad de la autarquía y afrontar, finalmente, el desafío de competir a nivel global:
- Sin exportaciones no hay crecimiento sostenido.
- El acuerdo evidencia los límites del modelo cerrado.
- El gradualismo permite el tiempo necesario para reformas internas.
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