
La libertad es un valor que la humanidad reivindica desde siempre, y en rigor, es una palabra de las tantas que se han ido devaluando para convertirse en propiedad de los poderosos como forma de imponer su voluntad a los débiles.
La libertad es realmente la expresión de la conciencia de un pueblo, esencial cuando una comunidad es capaz de encontrar un pensamiento y una propuesta comunes. Nosotros tuvimos libertad durante mucho tiempo, pero las dictaduras la amputaron, la impidieron, degradando lo “popular” en “populismo”, como si la devaluación del término les permitiera sentirse superiores. Negaban ser culpables de haber destruido el valor de la libertad al convertirlo en un mero libertinaje de posesión, propiedad, apropiación.
Cuántas veces he dicho que nací y me eduqué en un país donde no había inseguridad, casi sin noticias sobre asaltos y donde podíamos esperar los trenes, que funcionaban hasta altas horas, sin temor, simplemente porque habíamos nacido en una sociedad carente de marginados. Quienes hablan de la inseguridad y de cómo combatirla no advierten lo simple que es. La integración social es la única forma de alternativa a la inseguridad. En una sociedad, como en la de los 60 o 70, donde apenas existía un reducido número de desocupados y una insignificante deuda externa, los ferrocarriles funcionaban, el trabajo sobraba, nosotros no necesitábamos de la estructura represiva que hoy se despliega en los márgenes del respeto por la ley.
Aquel país “popular” del peronismo competía en industria automotriz, aeronáutica, y hasta en tanques, con Brasil. Éramos a veces más que ellos, teníamos mayor desarrollo cultural, científico y tecnológico. Era aquel Brasil, que tuvo la suerte de tener una burguesía industrial, empresarios que amaban a su tierra y a su patria. No como los nuestros, seres desesperados e incapaces, que destruyeron los bienes del Estado para apropiarse de lo que eran impotentes para construir.
Estos supuestos liberales que degradan lo “popular en “populismo”, en el ’55 dieron un golpe y se mancharon de sangre del pueblo, ese es el liberalismo al que ellos se refieren cuando acusan de “populismo” a la expresión profunda de un pueblo, que no solo defendía sus derechos, sino que había logrado convertirlos en realidad. Repito hasta el cansancio que Brasil, Uruguay, o incluso Chile, son naciones orgullosas de su identidad, y que nosotros tenemos un sector económicamente potente que nunca percibió a los humildes como una parte esencial de su país de la que debía ocuparse.
En la primera visita al Santo Padre, le dije con dolor : “...si usted hubiera nacido en Brasil nadie se hubiera atrevido a cuestionarlo...”; me miró y me contestó :“...ni siquiera en Chile, donde la religión tiene menos peso...“. El patriotismo, esa fuerza, esa energía, que es la identidad, más el orgullo de serlo, de esa, hay un pedazo de los nuestros que no echaron raíces.
Octavio Paz dijo alguna vez que la Argentina iba a tener complicaciones en su historia por no haber asumido la relación con sus habitantes indígenas, esa identidad que México construyó con un sincretismo admirable donde se sienten orgullosos de lo que fueron sus mayores y de lo que fueron ellos. Entre nosotros no es así porque para estos libertinos impotentes y mediocres, que nunca llegaron a ser industriales, sino simplemente herederos, para estos personajes menores, el “cabecita negra” es un ser que no merece el más mínimo respeto, y en el fondo, el pueblo para ellos es eso, los “cabezas”, como los denominan despectivamente, o todos aquellos que nos sentimos identificados con esa identidad que con tanta vitalidad le dio el Martin Fierro, la que nos marcó Lugones, y el tango y el folklore reafirmaron como arte.
Me produce rechazo escuchar a ciertos personajes de clases acomodadas -o que las representan desde su profesión- referirse al peronismo como un “populismo”. Mi pregunta es la siguiente: terminada esa definición, ¿qué tipo de enfermedad asumen portar ellos? Si el pueblo es “populismo”, ellos como lacra, ¿qué son? En rigor, lo “popular” tiene como expresión la conciencia colectiva de la que hablaba Carl Gustav Jung, y básicamente cuando algo es “popular” se instala como permanente en la historia de un pueblo. El “populismo”, los golpes de Estado, los libertinos, los ladrones, los endeudadores, ellos son los verdaderos populistas cuyo periodo es de corta duración en el candelero político, luego deben soportar el desprecio de la historia.
Fuimos un país industrial, en competencia con Brasil, y desgraciadamente hoy, después de Martínez de Hoz, y de la perversa venta del patriotismo de los Menem, y también de las degradaciones pseudo revolucionarias de los Kirchner, nos convertimos en una colonia desesperada por encontrar a alguien que nos convierta en un Protectorado donde los poderosos logren consolidar para siempre la imposición de su voluntad sobre los más vulnerables a quienes nunca respetaron.
Uno escucha a los que hablan de los ingenieros del caos y de otras tantas formas de expresión de la modernidad y asume que donde hay patria, hay conciencia política, como en Brasil con Lula, en México con Sheinbaum, o como la hubo en Uruguay con Mujica, y también con Sanguinetti, pueblos en los que la política logra mantener su dignidad. La lacra de los ingenieros del caos, que son una variante sofisticada del delito, no tiene espacio para imponerse.
Por lo demás, duele que la sociedad que logró el mayor nivel de justicia e integración- Europa- se vea hoy confrontada y abandonada por ese poder de la autocracia estadounidense y de la dictadura rusa, dos formas de expresión de poder que, si hay algo que no tienen como voluntad, es la dignidad y la integración de sus pueblos.
En suma, la palabra “populismo” describe la mediocridad del que lo expresa: el peronismo fue lo “popular”, y por eso, como sueño, sigue vigente, aunque algunos apropiadores del sello, no tengan nada que ver con aquellas propuestas de integración. La patria es mucho más que el peronismo, pero el verdadero peronismo es un elemento esencial a su desarrollo. La palabra libertad en la historia de la humanidad tuvo una evolución demasiado profunda, romántica y heroica, como para que un equipo de miserables la utilice a fin de apropiarse del resto de lo que aún queda en manos de las clases medias y bajas.
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