Trump: enfrentando a Venezuela y mirando a Irán

Un fracaso de la estrategia estadounidense podría derivar en la fragmentación del madurismo y un aumento de la violencia descentralizada

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Donald Trump
Donald Trump

La estrategia de Donald Trump de gobernar Venezuela a través de la estructura remanente del madurismo no parece fácil de mantener.

Las órdenes del presidente estadounidense son públicas y perentorias. Primero dijo que el 6 de enero el gobierno de Delcy Rodríguez había comenzado a desmontar la cárcel en Caracas (“Helicoide”) donde se torturaba a presos políticos y lo mencionó como una decisión propia.

Casi simultáneamente, Trump pidió al gobierno transitorio venezolano -que en realidad sigue siendo el mismo- la entrega de determinada cantidad de petróleo para comercializarlo en el mercado. Es decir, que el presidente estadounidense sigue intentando mostrar que es él quien está controlando Venezuela, a través de Delcy Rodríguez. También hizo público un acuerdo firmado entre Estados Unidos y Venezuela por el cual aquél se hace cargo de la explotación, administración y comercialización del crudo venezolano que extrae PDVSA, la empresa estatal del país latinoamericano.

Pero esta no es una estrategia fácil de sostener. Delcy Rodríguez ha elegido para comandar su guardia presidencial al jefe del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) uno de los militares de más confianza de Maduro.

Éste comparecerá nuevamente el 17 de marzo ante la Justicia de Nueva York, cuando presumiblemente continuará desarrollando su tesis de que es un “prisionero de guerra”.

Delcy Rodríguez
Delcy Rodríguez

Pero la situación de Venezuela podría definirse incluso en días. Es muy difícil que el gobierno de Delcy Rodríguez obedezca en forma irrestricta las órdenes precisas respecto al petróleo, que ahora incluye el secuestro de buques que lo transporten desde Venezuela. Esta política ha comenzado a enfrentar una “sorda” oposición del madurismo, representada por el ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López, y la del ministro del Interior, Diosdado Cabello (sobre quien pesa una recompensa por información para su detención, mediante la metodología usada exitosamente contra Maduro). Ambos controlan las fuerzas militares, policiales y paramilitares que dominan las calles en forma intimidatoria, pese a que ha comenzado la liberación de presos políticos.

Desde que Rodríguez asumió la presidencia, han sido detenidos decenas de opositores, incluso una decena que realizaba actividades periodísticas. Paradójicamente, esa sociedad política movilizada en las calles contra el madurismo, que se registró durante el levantamiento de Guaidó y la defensa del resultado electoral que Maduro nunca reconoció, hoy ha desaparecido cuando ya está preso en Estados Unidos.

Este equilibrio inestable no podrá durar mucho tiempo. El fracaso de la estrategia de que gobierne Trump a través de la vicepresidente llevará a su desplazamiento y probablemente a una división del madurismo.

Cabe señalar que aparte de las tres fuerzas armadas, Venezuela cuenta con policías nacionales, estaduales y municipales, reservas y milicias armadas, y los llamados “colectivos”, que comanda directamente Cabello y que generalmente se trasladan en grupos de motos disuadiendo cualquier esbozo de crítica o resistencia. A ello hay que sumar los grupos guerrilleros remanentes: el ELN y las disidencias de las FARC.

Nicolás Maduro
Nicolás Maduro

El fracaso de la estrategia de Trump puede llevar a la crisis de esta organización, que en realidad es inorgánica. Es decir, Venezuela podría vivir una suerte de “anarquía armada”, descentralizándose el control de la violencia.

Sería difícil que Trump en este caso se dé por vencido, aunque esto implicara el riesgo de un empleo militar más importante por parte de las fuerzas de Estados Unidos. Acaba de dar una señal muy clara: aumentará en un 50% el gasto militar para el año próximo, algo que lo llevaría a seis veces el que tiene China, el segundo país del mundo en términos de poder militar.

Además, ese mismo día, el miércoles 7 de enero, firmó una “orden ejecutiva” retirando a Estados Unidos de sesenta y seis organizaciones internacionales por ser “contrarias a los intereses nacionales” de acuerdo a su criterio. La medida incluyó el abandono de la pertenencia a treinta y una organizaciones de las Naciones Unidas cuya misión es el cambio climático, la energía renovable y la migración, entre otras. Quizás la oportunidad fue la conveniencia de una respuesta a quienes, en Estados Unidos, critican el monto del gasto invertido en el operativo de captura de Maduro.

A raíz del operativo “Resolución Absoluta”, entraron por unas horas en territorio venezolano tropas terrestres de Estados Unidos. Ante la pregunta periodística de si esto no violaba la doctrina de “No más botas en el terreno” -entendiendo por tal el despliegue de unidades militares completas en tierra- que él habría mencionado durante su campaña, éste respondió: “Yo nunca dije eso”. Es una verdad parcial. Quien dijo esa frase fue Obama, cuando planificó reducir las fuerzas desplegadas en Medio Oriente más de una década atrás.

Si las próximas fases planteadas por el Secretario de Estado Marco Rubio fracasaran (estabilización, recuperación y transición) lo probable es que Trump redoble la apuesta con un mayor empeñamiento militar, aun a riesgo de una escalada en este terreno.

Mientras tanto, la posibilidad de articular una alternativa anti-madurista alrededor de María Corina Machado -que podría ser recibida por Trump en los próximos días- no avanza. Aunque ella ha dicho públicamente que el presidente estadounidense debería compartir el Premio Nobel de la Paz con ella, esto no ha recompuesto la relación entre ambos. La alternativa de que el presidente electo desconocido por Maduro, Edmundo González Urrutia, vuelva para asumir la presidencia no parece consistente. Además, es rechazada por Trump.

Hay contradicciones que parecen insalvables, como las declaraciones de Machado diciendo que Delcy Rodríguez ha sido la organizadora de los sistemas de torturas.

Organizar una nueva elección no parece viable en estas condiciones y entonces una definición violenta de la crisis aparece como el escenario menos deseable pero quizás posible.

A su vez, el frente interno de Trump no es homogéneo. Una encuesta realizada por el Washington Post -medio opositor al presidente pero respetado- da cuenta que el 42% de los estadounidenses desaprueban que Trump haya enviado tropas para capturar a Maduro, frente al 40% que sí lo aprueba. El 63% considera que el presidente debió haber pedido autorización al Congreso antes de avanzar con la operación “Resolución Absoluta”. Como es lógico, el 74% de los republicanos apoyó la decisión de Trump y el 76% de los demócratas la rechazó.

Mientras tanto, en Colombia, el presidente Gustavo Petro llamó a movilizar a sus partidarios el miércoles 7 de enero para rechazar las amenazas de Trump y manifestar que el país está dispuesto a defenderse con las armas si es necesario. Pero un llamado telefónico de Trump a su colega colombiano que tuvo lugar el mismo día postergó la protesta.

Mientras tanto, el presidente estadounidense mira otro país muy distante: Irán. En los últimos días de diciembre, cuando se iniciaban las protestas que se extendieron a casi todas las provincias de Irán, Trump amenazó al ayatollah Khamenei con durísimas represalias si seguía matando manifestantes en las calles. El presidente estadounidense lo dijo cuando los muertos en Irán no llegaban a diez, pero hoy ya están llegando a los cincuenta. Desde su residencia en los Estados Unidos, el hijo del último monarca iraní ha asumido el liderazgo de la oposición, con apoyo del gobierno estadounidense. Otro núcleo opositor, integrado por mujaidines que también se oponen a la actual administración iraní y tiene su base en Albania, intenta capitalizar el descontento. Puede ser un nuevo escenario que ponga a prueba la política de Trump para establecer un nuevo orden mundial.