
¿Alguna vez te pasó que vas por la calle y ves personas que parecen detenidas y aisladas de los demás, posando entusiasmadas con su propia imagen o besando la pantalla del celular? ¿Ves miles de fotos de personas que apenas se conocen, posando abrazados sonriendo? ¿Sentiste necesidad de ir caminando sacando fotos y más fotos para compartirlas con quién sabe quién? ¿O demostrar lo que estás viviendo? Habrás sabido de personas que arriesgaron su vida por tomar una foto en un precipicio, o cerca de animales salvajes.
Muchos van retratando con fotografías las vivencias diarias, diseñando imágenes personales y del entorno para ser “vistos” embellecidos e interesantes, con el premio de “gustar” y obtener validación por su visibilidad.
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La “tiranía de las selfies” es un imperativo que brota desde el interior, por el deseo de agradar y ser considerados a través de las miradas propias e interiorizadas de otros. Lo que parece un acto espontáneo —moverse retratando imágenes “sonrientes e interesantes”— tiene un costado de “exigencia invisible”, con orientación perfeccionista y estética. Se atribuye un valor descomunal a lo visual, iluminando cualidades fugaces, rasgos positivos ampliados y supuesta solidez a vínculos, amplificando la positividad de uno.
El imperativo de mostrar rasgos embellecidos, movimientos y poses estilizadas —compartiéndolos— conlleva una expectativa psicológica por ser aprobados, al ser vistos y oídos con fugacidad. Muchos observan las selfies de otros “sonriendo”, suponiendo quiénes son y qué les ocurre, a partir de recortes parciales y positivos suyos.
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Un acto espontáneo recurrente, como compartir imágenes autobiográficas, potencia la importancia de “gustar” a otros y de ser notados. Se forman ideas poco realistas y perfeccionistas sobre las apariencias físicas y la realización de deseos. A raíz de esta promoción estética, en la adolescencia aumentaron los desórdenes alimentarios y la disconformidad corporal. En las parejas circulan parámetros irreales de belleza: cuerpos jóvenes, bellos y excelsos que no representan a la mayoría; sin embargo, operan como referentes y señales implícitas de “normalidad”.
La exhibición digital de logros, deseos cumplidos y rendimientos comparte imágenes engrandecidas, validadas en lo excepcional positivo. Existe, por ende, una importancia de las demostraciones de excelencias, realización de deseos y logros. Fenómenos reales como frustraciones, separaciones, carencias o hastío, opacidades diarias e inseguridades —que atraviesan a cualquier persona— quedan fuera de lo “normado” y ostensible.
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“La tiranía de las selfies” aumenta la ansiedad y la sensación de soledad angustiosa, así como la depresión. Se intercambia con los otros no por sus voces y “contacto real”, sino por retratos optimizados y diseñados para “gustar e impresionar”. Una sociedad volcada a demostraciones fugaces de alegría no fomenta la importancia del otro ni el encuentro humano lento y pausado. Muchos observan las poses de los demás, qué comparten, qué han obtenido, consumido o disfrutado, cuánta felicidad muestran, qué dicen los gurús del bienestar.
La sociedad individualizada no está tiranizada por un poder externo, sino por el propio deseo, singular, puesto en aceleración y frenesí constante, predispuesto al hedonismo. La tiranía se produce a partir de “deseos insaciables retratados en risas y movimientos eufóricos”. El sistema impulsa la circulación de imágenes interesantes y festivas —con el premio de la validación—: retratos autobiográficos, videos y palabras breves que señalan muestras de felicidad.
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