
Las inundaciones que atraviesan a la provincia de Buenos Aires vuelven a mostrarnos algo que evitamos mirar: los años de inacción tienen consecuencias. No es solo el agua que avanza sobre los campos, los pueblos y los caminos; es la evidencia de una política que durante demasiado tiempo pospuso lo estructural para ocuparse solo de lo inmediato.
Hoy hay más de 5 millones de hectáreas afectadas, distritos con más del 50 % de sus caminos rurales intransitables y pérdidas productivas estimadas en 2.400 millones de dólares. Pero detrás de cada número hay algo más profundo: la vulnerabilidad de miles de bonaerenses que producen, trabajan y viven en esos territorios.
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Durante años se discutieron diagnósticos, se anunciaron obras y se firmaron convenios. Sin embargo, las prioridades cambiaron al ritmo de los calendarios electorales. El resultado es este: rutas destruidas, pueblos aislados, familias que dependen de la suerte del clima para poder salir de sus casas o llevar la producción al mercado.
No se trata solo de infraestructura. Lo que está en juego es la capacidad de desarrollarnos en comunidad, de generar arraigo y futuro. Cada vez que una obra se posterga o se ejecuta a medias, se posterga también la posibilidad de que un joven se quede en su pueblo, de que una pyme crezca o de que un productor pueda planificar más allá de la próxima lluvia.
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Las inundaciones no distinguen gobiernos, pero sí exponen una constante: la mezquindad política. La falta de acuerdos duraderos, de planificación de largo plazo, de una mirada integral sobre el territorio y su gente. En lugar de eso, preferimos reaccionar tarde, repartir culpas y anunciar soluciones parciales cuando el agua ya cubre los caminos.
La provincia necesita algo más que respuestas fragmentadas: necesita un rumbo.
Debemos pensar qué tipo de desarrollo queremos, qué infraestructura sostiene ese futuro, y cómo garantizamos que cada bonaerense —viva en una ciudad, en un pueblo o en el campo— tenga las mismas oportunidades para producir, encontrarse y crecer.
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Porque cada vez que el agua vuelve, no solo se inundan los campos. Se inunda también la esperanza de una provincia que podría ser potencia, pero que sigue atrapada en el barro de la improvisación.
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