
Si hay una certeza que atraviesa a todos los contemporáneos de la era de la inteligencia artificial es que llegó para sacudir el status quo. La IA no es una moda pasajera: vino para quedarse.
Empresas, pymes, profesionales e individuos estamos inmersos en una carrera vertiginosa para incorporarla, maximizar recursos y no quedar fuera del mapa de lo trascendental en la agenda global. Pero surge la pregunta inevitable: ¿todo conocimiento es reemplazable por una IA?
Cuando hablamos de idiomas, hablamos necesariamente de comunicación. ¿Para qué sirve aprender una lengua si no es para conectar con las personas? Y allí aparece un punto crucial: para comunicarnos de verdad necesitamos personas que nos enseñen a comunicar.
Como advirtió Edward Hall, gran parte de la comunicación se juega en lo invisible: en los silencios, los gestos, los contextos culturales
Los profesores cumplen un rol irremplazable en la transmisión de aquello que ninguna máquina logra imitar del todo: la cadencia, la entonación, las diferencias culturales, las habilidades sociales, la seguridad de validar nuestros saberes en la interacción con otros. En definitiva, el poder del análisis crítico y la empatía en el diálogo.
Como advirtió el antropólogo Edward T. Hall, gran parte de la comunicación se juega en lo invisible: en los silencios, los gestos, los contextos culturales. ¿Puede realmente una IA enseñarnos a interpretar esas sutilezas? Allí es donde el docente se convierte en guía indispensable.
Esto no significa negar el aporte de la tecnología. Al contrario: la IA puede ser una herramienta extraordinaria para personalizar la práctica, automatizar ejercicios repetitivos y ofrecer recursos a medida. Puede acelerar procesos, democratizar el acceso y abrir puertas para quienes antes no tenían tantas opciones. Pero, como recuerda Sherry Turkle, investigadora del MIT, “las máquinas facilitan, las personas sostienen”.
Hay una validación de la vuelta a las aulas a través de la escucha activa y la presencialidad y un reposicionamiento del factor humano en el aprendizaje
La IA irrumpió con fuerza y genera un valor agregado inmenso para quienes saben aprovecharla. Pero es momento también de reconocer el contrapeso: el valor de lo humano como movimiento contracultural frente a lo puramente tecnológico.
El futuro del aprendizaje de idiomas no está en elegir entre IA o profesores, sino en el punto de intersección. En el equilibrio entre el poder de la tecnología y la riqueza de los vínculos humanos radica hoy la verdadera fortaleza para adquirir un idioma.
En Argentina y en el mundo se está viviendo un momento contracultural, una vuelta a lo analógico, sin reemplazar a la AI, sino incorporándola. Es en este proceso de evolución, que están creciendo los espacios para aprender idiomas de manera presencial, que confirman y validan los procesos educativos y de aprendizaje.
Hoy, hay una validación de la vuelta a las aulas a través de la escucha activa y la presencialidad y un reposicionamiento del factor humano en el aprendizaje. Según el EF English Proficiency Index (2024), Argentina ocupa el puesto 28 de 116 países, lo que lo ubica en un “alto” nivel de competencia. Ciudades como Rosario, Mar del Plata y Buenos Aires tienen uno de los puntajes más altos de América Latina.
El futuro de la educación se perfila como un escenario híbrido. La IA se integrará de manera orgánica para ampliar las posibilidades de enseñanza y aprendizaje, mientras que el factor humano y lo analógico experimentarán una revalorización de la dimensión social, crítica y cultural de la formación.
De esta forma, la educación no se plantea como una elección entre lo tecnológico o lo humano, sino como una síntesis estratégica que busca aprovechar lo mejor de ambos mundos: la inmediatez y precisión de la IA junto con la profundidad y calidez de la interacción humana.
La autora es fundadora y CEO de Further Corporate
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