Argentina lleva más de diez años sin crear empleo formal. Nuestro PBI per cápita actual es similar al de mediados de los años 80. En cuatro décadas, el país ha quedado atrapado en un ciclo de crecimiento fugaz seguido de crisis recurrentes, que nos devuelven siempre al mismo punto de partida. Este estancamiento tiene un costo humano enorme: la pobreza se ha vuelto estructural, la movilidad social ascendente perdió fuerza, y millones de argentinos viven con incertidumbre sobre su futuro.
Si no actuamos ahora, dentro de 25 años seguiremos discutiendo los mismos problemas, con un tejido social aún más debilitado y menos margen para aprovechar nuestras oportunidades. La urgencia es clara: el 2050 está más cerca de lo que creemos.
Para volver a crecer no alcanza con esperar un repunte coyuntural o un shock externo. Necesitamos reformas estructurales que habiliten la competitividad y den previsibilidad. Tres son prioritarias. En primer lugar, la reforma tributaria, que simplifique el sistema y elimine impuestos distorsivos que hoy penalizan la producción y desalientan la inversión. En segundo lugar, la reforma laboral, que combine la necesaria protección de los trabajadores con marcos más flexibles y adecuados a las transformaciones del mercado de empleo. Por último, pero no por eso menos importante: la reforma previsional, que garantice sostenibilidad y equidad en un país con fuerte envejecimiento poblacional. A estas reformas se suman los bienes públicos esenciales que sostienen cualquier proceso de desarrollo: infraestructura moderna, capital humano preparado, y un ecosistema de ciencia y tecnología que impulse innovación. Sin estas bases, el país no puede generar productividad ni competitividad sostenida.
Aunque el diagnóstico es severo, las oportunidades están a la vista. Argentina cuenta con sectores que podrían dinamizar el crecimiento si se consolidan reglas claras: la agroindustria, la energía —incluyendo renovables y Vaca Muerta—, la economía del conocimiento, la minería con valor agregado, la industria autopartista y automotriz. Pero para que estos motores funcionen, necesitamos un enfoque federal. Cada región tiene sus propios desafíos y ventajas comparativas. El NOA y el NEA pueden ser polos estratégicos en energías renovables y producción agrícola; la Patagonia en energía y turismo; la región pampeana en agroindustria y economía del conocimiento; Cuyo en minería y vitivinicultura. Un desarrollo equilibrado no puede pensarse sólo desde Buenos Aires: debe construirse con y desde las provincias.
Con esta convicción lanzamos Momento de Crecer, una iniciativa nacional, federal y multiactoral impulsada por CIPPEC. El proyecto busca construir consensos amplios en torno a las transformaciones que el país necesita para volver a crecer, de manera sostenida y con inclusión. La iniciativa se apoya en tres grandes apuestas. La primera es animarse a remover las trabas que hoy impiden el desarrollo, con propuestas concretas de reformas tributaria, laboral y previsional trabajadas a partir de la evidencia y del diálogo entre actores. La segunda es mirar al territorio, construyendo estrategias productivas y de empleo que no bajen enlatadas desde Buenos Aires, sino que se co-creen con quienes conocen de primera mano las potencialidades y los límites de cada región. Y la tercera, quizá la más desafiante, es tejer consensos políticos, sectoriales y territoriales que no se diluyan con cada cambio de gobierno, sino que permitan sostener una hoja de ruta compartida hasta 2050.
El rol de CIPPEC es facilitar y traducir entre Estado, sector privado, trabajadores, territorios y academia. Lo hacemos con evidencia, neutralidad y vocación federal. No nos limitamos a producir diagnósticos: trabajamos para que ese conocimiento se convierta en cambios concretos. Nuestra trayectoria lo demuestra: desde la Ley de Educación Nacional hasta la sanción de la Boleta Única, pasando por la Ley de Acceso a la Información Pública y el Plan ENIA de prevención del embarazo adolescente, hemos contribuido a políticas públicas que marcaron un antes y un después.
Argentina no puede seguir postergando las decisiones que habiliten un crecimiento sostenido y equitativo. El desafío es grande, pero también lo es la oportunidad: transformar la riqueza de nuestro suelo y el talento de nuestra gente en progreso compartido. Esto requiere consensos que trasciendan gobiernos y disputas partidarias. Consensos que permitan trazar una hoja de ruta hasta 2050, con metas verificables y compromisos claros. El futuro no espera. El momento de crecer es ahora.
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