
Saturados de ver a los mismos rostros en la pantalla y en las redes, y sumado a presuntas maniobras de corrupción de “ayer y de hoy”, muchos argentinos han caído en un estado de apatía que va más allá del simple desinterés.
Bajo la sombra de ir o no a sufragar, lo que se advierte es una desconexión profunda, casi existencial, con el acto de votar. Ya no se trata solo de quedarse en casa: se trata de no creer; las promesas se repiten, los problemas persisten: inflación, salarios, falta de soluciones reales y la esperanza de cambio que se diluye en varios sectores.
En este clima, la pregunta que resuena en cada jornada electoral es tan cruda como reveladora: ¿para qué votar si todo sigue igual, y la grieta sigue vigente?
Argentina siempre renace, pero de su insatisfacción. La democracia no está agotada; está esperando que todos los argentinos retomen su voluntad cívica y conviertan la indiferencia en acción.
La saturación mediática, acompañada por la invasión en las redes sociales, parece indicar que estamos en medio de una tormenta de ideologías opuestas que nunca logran llegar a acuerdos comunes para avanzar como país y trabajar unidos para demostrar que los cambios puedan ser viables de una vez.
A diario, los medios de comunicación difunden entrevistas y discusiones políticas en las que los personajes se atacan mutuamente, cuya resultante es la sobreexposición que ha transformado a “la casta” (y la no casta también), en un triste show lleno de mensajes repetidos y titulares diseñados para atraer la atención, pero sin proporcionar un contenido que permita al ciudadano común ver cómo puede llegar a fin de mes o alcanzar sus objetivos personales o familiares sin inconvenientes, como lo sería en un país “normal”.
Esta omnipresencia crea cansancio: una simulación de participación que, en vez de involucrar, asusta. En medio de la lucha entre políticos por el control de la pantalla de la compañía de medios que uno elija para seguir estos avatares, la mayoría enfrenta - puertas adentro de casa - una suba de los servicios esenciales persistente, que afecta como un choque de frente, a los ingresos familiares.
El nuevo fenómeno ya instalado es que quienes pueden ya realizan segundas actividades muchas veces informales. Esto último es cada vez más común, ya que muchas personas tienen más de un empleo (o “changas”) para alcanzar un ingreso económico medianamente adecuado.
Ya sumidos en un agotamiento diario, con ansiedad con respecto a las finanzas y una impresión de que el “día a día” es una carrera sin fin.
Con todo este panorama, encima en nuestro país ¡el voto es obligatorio! Y muchos ya se cuestionan si tenemos la responsabilidad cívica de ir el domingo (de la fecha que nos toque) o si ya lo hemos convertido en un trámite en piloto automático.
La obligación legal se enfrenta a la auténtica motivación: muchos votantes, que lo hacen desde hace tiempo por inercia, querrían quedarse y aprovechar el día para otras cosas, ya que no ven una representación genuina en ninguna boleta.
El peligro radica en que, si no vamos a votar, el destino estará sellado y el riesgo aumentará: la multa o la justificación por no votar no cambia la percepción de quienes sienten que su voto ya no tiene impacto de cambiar verdaderamente algo.
Por eso la clave está en convertir la obligatoriedad en compromiso, como un instrumento de presión para que los candidatos enfrenten los problemas enquistados desde hace décadas y hagamos que los líderes y funcionarios respeten la voluntad del pueblo y obren en consecuencia.
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