
Pocos días atrás recorríamos uno de los castigados barrios del conurbano bonaerense con jóvenes de los Hogares de Cristo, chicos que “se están dando otra oportunidad” tras haber sido golpeados una y otra vez por las adicciones.
Íbamos casa por casa, hasta llegar a un sector del barrio en el que menudean los “transas”. Había personas en muy mal estado. Lo notable fue que quienes nos acompañaban, jóvenes que hoy luchan por rehacerse, dieron testimonio a esos otros para que ellos también se animaran a una nueva oportunidad. Aun en su estado, decían: “Hace falta un hogar así”. Lo afirmaban desde el fondo del deseo de salir adelante, conscientes de la dificultad. Incluso, quizás, desde la oscura convicción de que esa posibilidad sería buena para otros, pero que para ellos ya era tarde o quedaba demasiado lejos.
Al irnos, uno de los misioneros comentó: “¡Qué fuerte! Fue como verme en un espejo. Yo estaba ahí hace no mucho tiempo”.
Seguimos compartiendo con el barrio, anunciando que el Hogar de Cristo abriría sus puertas allí. Recogimos signos de esperanza entre los vecinos, aunque sabemos lo difícil que es. Los frutos son modestos, pero reales y buenos. Y en medio de todo, surge la pregunta central: ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo que el negocio más lucrativo sea evadirse?
La droga es evasión de un mundo que se hace insoportable. Pero este mundo no “es así” por karma o castigo: lo hicimos nosotros. Con diferentes niveles de responsabilidad, este infierno lo construimos entre todos, lo habitamos todos, y lo sufren especialmente los más pobres.
Las adicciones no distinguen clases sociales, pero en los sectores populares van de la mano con la ruptura del proyecto de vida, la falta de oportunidades y la discriminación.
De todos modos, la pregunta persiste: ¿qué mundo estamos formando, que genera tanta angustia, vacío y falta de sentido?
Quizás, la pregunta más verdadera sea: ¿qué hacer ante esto? Algunos se limitan a lamentar o echar culpas. Otros intentamos algo distinto. La vida cobra sentido en comunidad, en lo compartido. Para que un joven no se quede en la esquina de la droga, donde naufragan tantas vidas, hay que crear comunidades de vida en las que se comparta lo cotidiano. Espacios de vida desde la política, las organizaciones sociales, las escuelas, las iglesias y el mundo del trabajo.
Es cierto que la responsabilidad primera es de quienes ejercen la gestión pública. Son ellos quienes deben garantizar escuelas donde aprender en paz, trabajo con dignidad, salud pública para que los caídos puedan levantarse. Y es cierto también que el Estado se retira cada vez más de esas obligaciones.
A las iglesias, organizaciones sociales, clubes y escuelas nos toca pelear la calle, disputar espacios a las fuerzas de la oscuridad que vienen a “robar, matar y destruir”, como dice el Maestro de Galilea. Robar la alegría, matar la esperanza, destruir proyectos de vida. Nuestra misión es construir desde lo posible: espacios donde hablar, compartir y reconstruir sentidos. Ese es el horizonte.
En esta sociedad infernal que hemos ido creando, se trata de generar espacios de no infierno, como le dice Marco Polo al Gran Kan en Las ciudades invisibles: “El infierno de los vivos no es algo por venir, hay uno que existe, es el que habitamos, el que formamos todos los días estando juntos. Hay dos formas de vivirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizajes continuos: buscar y reconocer en medio del infierno quién y qué no es infierno y hacerle espacio y hacer que dure”.
No es tarea menor. Pero cada uno, desde su lugar, puede aportar mucho.
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