
En los últimos años, la inteligencia artificial (IA) ha irrumpido en las aulas de todo el mundo, revolucionando la forma en que los estudiantes aprenden y los docentes enseñan. Es una tecnología que se ha convertido en una herramienta esencial en los tiempos que corren porque su uso es cotidiano.
Ahora bien, más allá de que su impacto es innegable y su potencial para transformar el aprendizaje es fundante, es necesario reflexionar acerca de su uso en la escuela.
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La IA posibilita al docente nuevas herramientas para planificar la clase con un enfoque personalizado para que sus estudiantes aprendan a su propio ritmo, adaptando el contenido a sus necesidades. Esto no solo podría mejorar la comprensión, sino que también podría potenciar la motivación estudiantil y también aliviar la carga de los profesores.
A su vez, la IA facilita el acceso a una vasta cantidad de recursos educativos, desde libros interactivos hasta lectores de voz para comprensión de textos en casos de niños con discapacidad visual, proporcionando experiencias de aprendizaje inmersivas y enriquecedoras.
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Pero más allá de herramientas para un aprendizaje individualizado, los recursos de la IA permiten a los estudiantes construir sus propios aprendizajes generando contenido, como infografías, por ejemplo, que pueden ser debatidas en pequeños grupos u otorgarle autonomía para la búsqueda de materiales nuevos o generar distintos tipos de textos o imágenes o, incluso, actividades más específicas como producir podcasts.
Estas tareas aseguran un uso activo de los estudiantes provocando aprendizajes significativos, ya que son seleccionadas previamente por el docente en función de los saberes previos y de las características de sus alumnos y las aplicaciones de la IA que cree convenientes para ese grupo.
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Pero, para que esto sea posible, los docentes deben estar capacitados en estas herramientas para el buen uso pedagógico, para poder desarrollar criterios de selección y aplicación adecuadas al aula en la que se utilizará. En este marco, se recomienda el uso de aplicaciones gratuitas, que protejan los datos personales de los alumnos y que hayan sido pensadas con un uso educativo.
En definitiva, el auge de la inteligencia artificial en la educación es un fenómeno que no se puede ignorar; los estudiantes ya la usan para las tareas avalados por sus padres, quienes pagan aplicaciones para alivianarles los trabajos escolares.
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Sin embargo, es necesario dejar claro que se debe usar con sumo cuidado, a sabiendas de que solo es material de apoyo, no fuente única de búsqueda y, sobre todo, que aún hay sesgos y que tiene errores conceptuales. En este sentido, el rol del docente es primordial, ya que es quien decide qué, cómo y para qué enseña lo que enseña.
El tema es no endiosar ni tampoco demonizar a la IA. A medida que avanzamos hacia el futuro, es necesario que sigamos explorando y discutiendo estas tecnologías, asegurándonos de que se utilicen de manera que beneficien a todos los estudiantes, preparándolos para un mundo en constante cambio.
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La educación está en debate y la inteligencia artificial es su tema de discusión. No la soslayemos. Seamos parte de ese análisis desde las escuelas con respaldo de políticas públicas que trabajen para la mejora de la educación.
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