
La democracia argentina atraviesa un momento delicado. La baja participación en las elecciones de 2025 es una señal preocupante: cada vez más personas deciden no ir a votar o hacerlo sin convicción. En la Ciudad de Buenos Aires, votaron 1 de cada 2 porteños; en Santa Fe, la participación mermó en un 10% si comparamos con las elecciones de 2021 y algo similar ocurrió en el Chaco con un diferencial negativo de un 14%, por citar solo algunos ejemplos. Es cierto que esta crisis de representación no es nueva, pero se profundiza cuando se legitiman prácticas que erosionan la confianza entre los ciudadanos y sus representantes.
Como bien señala Liliana de Riz, vivimos en una sociedad desencantada, donde la política parece haber perdido la capacidad de entusiasmar, de convocar con sentido. Y como advierte Andrés Malamud, cuando la representación se vacía de contenido, la política se convierte en espectáculo o en engaño.
Eso es, precisamente, lo que significan las candidaturas testimoniales: un engaño explícito al electorado. No se trata de un desliz, sino de una burla abierta hacia quienes votan. Porque cuando una persona se postula sin intención real de asumir el cargo, se está jugando con la voluntad popular. Se utiliza el prestigio, el reconocimiento o la imagen de un dirigente para atraer votos, sabiendo que será otra persona —que no fue elegida— quien ocupará ese lugar.
Cuando esa renuncia se consuma, se cristaliza una defraudación electoral. No asume quien fue votado, sino su reemplazo. Se trata de una maniobra conocida, pero no por ello menos deshonesta. Porque no es un hecho aislado: es parte de una conducta política que debilita la relación entre representantes y representados. Y cuando eso ocurre, se daña lo más valioso que tiene una democracia: la confianza.
La reciente oficialización de candidaturas legislativas en la Provincia de Buenos Aires volvió a poner en escena esta práctica. Lo preocupante es que ya no se oculta ni se disimula: se presenta con naturalidad, como si fuera parte del juego. La trampa se institucionaliza y se vuelve costumbre. Lo peor es que no solo es utilizada por el oficialismo, sino también por sectores de la oposición que deberían ofrecer una alternativa ética y republicana.
Este tipo de atajos puede dar algún rédito en lo inmediato, pero a largo plazo tiene un costo altísimo: se profundiza el desencanto, se agranda la distancia entre la gente y la política, y se sigue deshilachando la trama de la democracia. Como advierten Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en Cómo mueren las democracias, las democracias no siempre caen por golpes de Estado. A veces se desgastan lentamente, desde adentro, por la acumulación de pequeñas trampas, fraudes aceptados y reglas manipuladas.
Si queremos recomponer el vínculo con la ciudadanía, debemos recuperar el sentido ético de la política. Puede sonar antiguo en tiempos de algoritmos y plataformas, pero —como nos recuerda la revalorización de obras como El Eternauta— hay prácticas viejas que todavía funcionan. Y una de ellas es decir la verdad, cumplir la palabra y honrar el compromiso con el pueblo.
Las candidaturas testimoniales no son un problema menor. Son una señal de alarma. Si las seguimos aceptando, no solo vamos a tener peores representantes: vamos a tener menos democracia.
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