
La llegada del general Julio Argentino Roca a la presidencia fue un trámite doloroso. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Tejedor, se opuso violentamente al triunfo electoral de Roca, poniendo todo el poder de la provincia al servicio de la sedición. El partido nacionalista o liberal mitrista se colocó de lado de la insurrección e hizo causa común con Tejedor. Como resultado de este levantamiento insurgente, hubo tres mil muertos barridos por la metralla del Ejército Nacional en las calles de Buenos Aires. Se cerraba un ciclo desgraciado de nuestra historia que había visto enfrentarse a provincianos y porteños con saña desproporcionada a lo largo del siglo XIX. Corolario esclarecedor para todos aquellos cientistas e historiadores que se tragaron el embuste de unitarios y federales y aun repiten la zoncera. Un ejemplo de los cientos de miles que hay. El 18 de julio de 1881 un grupo de exaltados, esos que siempre hubo y hay en Buenos Aires, pretendieron organizar una misa por los muertos porteños a manos de los provincianos el año anterior. Prohibida la celebración, al pie de la Catedral gritaban enloquecidos: “Viva Mitre, viva Rosas, viva Tejedor” (Mayer Alberdi y su Tiempo) ¡Tomá ahí! Pero el asunto no es este.
Roca, dispuesto a gobernar, decretó una amnistía general para todos los procesados por la luctuosa jornada. Y esta presidencia magistral echó a andar. Consultado por un periodista manifestó: “Mi opinión es que el comercio sabe por habitud mejor que el gobierno lo que le conviene. La verdadera política consiste, pues, en dejarle la mayor libertad posible. El Estado debe limitarse a establecer las vías de comunicación, a ligar las capitales por medio de ferrocarriles, a fomentar la navegación de las grandes vías fluviales tales como el río Negro, el Neuquén, el Bermejo, el Pilcomayo, el Santa Cruz y el Limay. Europa que está repleta de capitales no espera para colocarlos en América del Sud sino una garantía seria que podemos ofrecerle en tierra y en dinero.” Esta mirada de un liberalismo activo es la que produjo el milagro del villorrio a gran aldea. Independientemente si fuimos o no una potencia. Un debate menor. Un liberalismo inteligente que entendió, por medio de una generación de políticos lúcidos, el rol a jugar en aquella globalización motivada por la segunda revolución industrial.
La política fue central para Roca
Ciertamente el triunfo categórico en las jornadas de junio de 1880 dejaba a Roca el camino libre para realizar una de las mejores presidencias de la historia nacional. Y así fue.
No se confundió, no se obnubiló, no se cegó, tampoco se creyó más de lo que efectivamente fue. La máxima aproximación a la pedantería fue una carta a su concuñado (Celman): “Todo se presenta risueño. El crédito del país se va a las nubes. La confianza en la paz es absoluta. Todo va bien aquí. Vamos a hacer un gobierno histórico. Tejedor al ver estos cambios, al presenciar estas transformaciones, ha de estar creyendo que el mundo está patas arriba. Y de repente va a salir el sol por el poniente”. (Rivero Astengo: Juárez Celman)
Roca podría haber actuado como en su momento actuó Mitre después de Pavón, avanzar a sangre y fuego sobre el interior imponiendo gobernadores a punta de bayoneta. Naturalmente no ocurrió pues Roca era el representante de ellos. Como tal y siendo los gobernadores la base de su sustentación, ya le había dicho en enero de 1879 a su concuñado qué hacer con ellos: “Nuestros trabajos deben concretarse a mantener la unión de los hombres de cada situación provincial. Nosotros no hemos de imponer nuevo gobernador; tomemos el que elijan, cuando más, debemos apoyar a aquel que represente más opinión; que cualquiera que sea será nuestro amigo.”
Y por las dudas no comprendiera, Celman, de qué se trataba la política, cosa que de ningún modo fue así, en otra le dijo: “En política no se debe herir inútilmente a nadie, ni lanzar palabras irreparables, porque uno no sabe si el enemigo con quien hoy se combate será un amigo mañana.”
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