
En el litigio por el caso YPF, ambos contendientes se encuentran atrapados en una paradoja. El acreedor cuenta con una sentencia millonaria, pero carece de activos líquidos que ejecutar. Del otro lado, la República Argentina enfrenta una condena judicial que no puede ignorar, pero cuyo cumplimiento comprometería su porvenir. Nadie gana. Nadie cobra. Nadie paga. Solo queda esperar que el tiempo—ese árbitro que nunca pita, pero siempre pesa— incline la balanza.
En este escenario, con toda verdad, el interrogante central no es si el país debe cumplir, sino desde qué posición debe llegar a la mesa de negociación. Ciertamente, no es lo mismo resistir el cumplimiento en una economía replegada sobre sí misma, sin mayor ambición que sobrevivir, que hacerlo en una economía que se presenta ante el mundo con promesas de apertura, disciplina fiscal y reinserción internacional. El actual gobierno, decidido —y con fundamentos— a demoler los rituales vacíos heredados, entiende que la negociación internacional no se libra con retórica: se libra con poder de fuego.
Y ese poder, por incómodo que resulte admitirlo, se construye con dólares y con estrategia. Con legislación habilitante y con previsibilidad. Porque ningún fondo —ni siquiera el más agresivo— negocia de buena fe con una contraparte empobrecida, dividida y políticamente paralizada.
Justamente es aquí donde el tiempo se convierte en un activo que hay que administrar con inteligencia. Roger Fisher y William Ury, autores del célebre Getting to Yes, lo explicaron con claridad hace décadas: en toda negociación, el poder real lo tiene quien cuenta con la mejor alternativa posible al acuerdo. Ese concepto —BATNA, por sus siglas en inglés— es hoy el talón de Aquiles de la Argentina.
Su BATNA es débil, habidas cuentas de que cumplir de inmediato le resulta financieramente inviable. Pero también no hacerlo le cuesta prestigio, acceso a los mercados y exposición a embargos. Ergo, su única salida es mejorar su posición negociadora antes de que el reloj la arrincone.
¿Cómo se mejora un BATNA en este contexto? Con maniobra legal, sí, pero sobre todo con respaldo económico y unidad institucional. La continuidad de las apelaciones en la Corte del Segundo Circuito e incluso ante la Corte Suprema de los Estados Unidos no debe leerse como un intento desesperado, sino como una jugada racional que mantiene viva la incertidumbre jurídica. Y, como bien sabía Thomas Schelling, la ambigüedad es parte del arte negociador: no triunfa quien tiene la razón, sino quien conserva margen.
Ese espacio, hoy por hoy, se construye en dos frentes. En lo legal, sosteniendo con firmeza la defensa jurídica de la Argentina, aunque sea para ganar tiempo y generar espacio para una salida consensuada. En lo financiero, dotando al Ejecutivo de instrumentos extraordinarios para levantar fondos frescos, emitir deuda, o diseñar garantías razonables. No se trata de otorgarle un cheque en blanco al gobierno del Presidente Milei. Se trata de no llegar a la mesa como un mendigo con la gorra en la mano. Eso exige consensos parlamentarios, no obstruccionismo revestido de épica partidaria.
El Congreso debería entender que obstaculizar esos instrumentos no debilita a un gobierno: debilita a un Estado. Va de suyo que a un Estado débil no lo negocian, lo ejecutan.
En cualquier negociación, lo que se transa no es solo dinero, sino que se negocian tiempos, condiciones, mecanismos de cumplimiento, cláusulas de confidencialidad, márgenes de disuasión. Pero todo eso se vuelve letra muerta si una de las partes se sienta a la mesa sin alternativa viable. Argentina debe recuperar la iniciativa, aunque sea parcialmente, para que el resultado no sea dictado desde el escritorio de un juez, sino acordado entre partes razonables.
Porque cuando los Estados negocian desde la debilidad, pagan más de lo que deben. En dinero, en soberanía o en credibilidad.
Hoy no se discute ideología. Se discute supervivencia. Y la resistencia, para ser digna, exige algo más que retórica: exige realismo. Crudeza para entender que no se negocia con ilusiones ni se construye soberanía con fórmulas mágicas.
Ese combate —riguroso, necesario y sin atajos— es el que hoy libra la administración, decidida a no volver a comprar espejitos de colores, como lo fue, durante años, la impresión indiscriminada de dinero.
El tiempo corre. La sentencia existe. Pero el partido todavía no terminó.
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