
A 205 años de su muerte, es necesario destacar la labor de Manuel Belgrano, quien actuó como un verdadero precursor de la enseñanza en nuestro país, a pesar de los problemas que dificultaron e incluso impidieron el logro de sus objetivos.
En la Memoria de 1796, celebraba la creación de una Escuela de Dibujo que sería útil para las diversas ramas de las artes manuales. El teólogo, el ministro y el abogado, decía, necesitarían el conocimiento del dibujo, pues mientras a unos les facilitaría el estudio de la geografía y el manejo del mapa y compás, a los otros les serviría para comprender los “planos iconográficos y agrimensores, de las casas, terrenos y sembrados que presentan los litigantes en los pleitos”; los médicos tendrían mayor facilidad para estudiar detenidamente las partes del cuerpo humano que figuraban en las láminas de los tratados de anatomía y hasta las propias mujeres, para el mejor desempeño de sus labores.
La escuela de geometría, arquitectura, perspectiva y todas las demás especies de dibujo fue inaugurada en 1799, pero fue de corta vida porque el Consulado no disponía de dinero para mantenerla.
En 1798, redactó lo que podemos considerar el primer proyecto de enseñanza estatal, gratuita y obligatoria. En él planteaba que era imposible mejorar las costumbres y ahuyentar los vicios sin educación, y proponía que los cabildos creasen y mantuviesen con sus fondos escuelas en todas las parroquias de sus respectivas jurisdicciones. Y al hacerlo sostenía que era “de justicia” retribuir de este modo la contribución que, con sus impuestos, hacía la población para el sostenimiento del Estado.
Para él, el cuidado de las escuelas gratuitas debía confiarse “a aquellos hombres y mujeres que, por oposición, hubiesen mostrado su habilidad y cuya conducta fuese de público y notorio irreprensible”.
También es importante ver la consideración que recibía el maestro. Se disponía que en las principales ceremonias se le debía dar “asiento al maestro en cuerpo de Cabildo, reputándosele como Padre de la Patria”.
Se establecía que “el maestro procuraría con su conducta, y en todas sus expresiones y modos, inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, consideración y dulzura en el trato, sentimiento de honor, amor a la virtud y a las ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que les haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la calidad de americano que la de extranjero”.
Luego de la Revolución de Mayo, Belgrano recibió un cheque de 40.000 pesos por sus campañas de Tucumán y Salta y los donó para hacer cuatro escuelas. Él se guarda el derecho de hacer el reglamento de esas escuelas, un estatuto revolucionario para la época, donde regulaba el régimen interno, la distribución del tiempo y las recompensas a conceder a los mejores alumnos.
Se autorizaba a aplicar azotes en casos graves, no pudiendo pasar de doce y “haciéndolo esto siempre separado de la vista de los demás jóvenes”. Se recomendaba sobre los niños que “no se permitiera que nadie usara lujo, aunque sus padres pudiesen y quisiesen costearlo.
El calendario escolar comprendía vacaciones en los meses de junio, julio y agosto y las clases se daban por la tarde: en invierno, desde las cuatro hasta la oración; y en verano (noviembre a marzo inclusive), desde las seis a la oración.
Los exámenes eran trimestrales. No solo se tenía en cuenta la aplicación del alumno, sino también la conducta y eran expulsados a la tercera falta grave.
Belgrano hizo un gran hincapié en lo que podía lograr la transformación educativa. Sostenía que lo social se desprende de la economía y de la educación, que son los dos grandes valores que hay que saber manejar muy bien para construir una Nación.
Un tiempo previo a la Revolución de 1810, lo expresaría en estos términos: “¿Cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya copia de ciudadanos honrados, que las virtudes ahuyenten los vicios, y que el Gobierno reciba el fruto de sus cuidados, si no hay enseñanza, y si la ignorancia va pasando de generación en generación con mayores y más grandes aumentos?“.
Planteaba: “Pónganse escuelas de primeras letras costeadas de los propios y arbitrios de las ciudades y villas, en todas las Parroquias de sus respectivas jurisdicciones, y muy particularmente en la Campaña, donde, a la verdad, residen los principales contribuyentes a aquellos ramos y a quienes de justicia se les debe una retribución tan necesaria. Obliguen los Jueces, a los Padres a que manden sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar”.
Lo notable en Belgrano es su capacidad para acompañar cada crítica con una propuesta superadora. Insistía en que uno de los principales medios para mejorar las condiciones de vida de los sectores más postergados era crear escuelas gratuitas “adonde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por la instrucción”, política que debía incluir “escuelas gratuitas para las niñas”.
Respecto de la educación de la mujer, sostenía: “Es la primera que debe tener un gran rol social y derecho a la educación”. La consideraba como “la primera persona que instruye a los chicos, que son el futuro de cualquier Nación”.
Que el legado de Manuel Belgrano no quede solo en los libros de historia. Que inspire políticas educativas que prioricen la equidad, la inclusión y la calidad. Solo así honraremos su memoria y construiremos la Argentina que él soñó: una patria donde la educación sea el pilar del progreso.
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