
Estamos en Argentina, pero también en el mundo. Esto último, aunque obvio, suele ser subestimado en sus implicancias. Hoy ya no solo hay interdependencia entre países, sino un condicionamiento generalizado, desde una élite de poder supranacional.
La profundización, en los últimos 50 años, de la llamada globalización (fallida) nos dejó inmersos en una metacrisis existencial. El punto es importante, pero la desinformación, negación y fragmentación, como estrategia del poder, nos mantiene en lo contingente y en las falsas dicotomías. La verdadera contienda mundial es de orden institucional/cultural, con el trasfondo de guerras y cambio climático.
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Quizás muchos se pregunten qué tiene que ver eso con el INTA y viceversa. La digresión, empero, es para no intentar “solucionar” este problema, sin considerar el contexto sistémico y multiescalar, que lo genera y sostiene. Se trata de una cuestión conceptual y filosófica, para un abordaje más potente y esperanzador.
Dicho esto, volvamos a la Argentina. Padecemos un laboratorio populista, pendular, con polarización estado-mercado. Hoy transitamos el segundo extremo y eso impacta, entre otras cosas, al presente y futuro del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.
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Su programa Prohuerta fue un emblemático aporte al desarrollo local, la agricultura familiar y a comunidades vulnerables
El INTA nació, en 1956, como un modelo innovador en investigación y extensión agraria, contando con autarquía y autonomía de gestión. Es un organismo descentralizado, que responde a los territorios locales y a políticas nacionales, comprometidas con la producción y el desarrollo.
Hasta ahora, con ciertos vaivenes, administraba capitales y recursos de alto nivel, incluyendo una necesaria vinculación con universidades y empresas privadas. Su programa Prohuerta fue un emblemático aporte al desarrollo local, la agricultura familiar y a comunidades vulnerables. Sería largo enumerar todos sus logros, pero son cuantiosos y verificables. De hecho, sus acciones superan ampliamente el rubro tecnológico.
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Este formato de investigación y extensión, entra en colisión con las mega corporaciones, que tutelan –verticalmente– desde lo más alto, las economías y los imaginarios públicos. No es lo mismo cuidar la inocuidad de los alimentos, el ambiente y las familias rurales, que hacer agronegocios. El ataque al INTA pretende, también, desarmar una institución con alta descentralización, autonomía y raigambre local. En este marco, las medidas del gobierno no responden a una eficiencia económica, sino a una concepción ideológica.
Sin descartar diferentes protestas y declaraciones, desde distintos ámbitos, la resistencia se debe materializar en todos los territorios afectados. Tratándose de un problema nacional y mundial, es relevente no caer en la aparente disyuntiva entre lo coyuntural y estructural. Con el segundo término se avanza más lentamente, pero tiende a evitar apremios futuros.
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El ordenamiento territorial debería ser una política de estado y organismos como el INTA son imprescindibles, pero no alcanza con eso
La idea es potenciar las comunidades locales, incluyendo las autonomías municipales, con cartas orgánicas proactivas a la cooperación y las gestiones bioregionales. Así, con el tiempo, se potencia la política local, sustituyendo el poder jerárquico, vertical y descendiente. La mirada tiene que ser sistémica y holística, porque lo que está en juego incluye la democracia y la sostenibilidad, sin adjetivos.
En tal visión, el ordenamiento territorial debería ser una política de estado y organismos como el INTA son imprescindibles, pero no alcanza con eso. En esta perspectiva, estamos hablando de un desarrollo a escala humana, hacia una gobernabilidad glocal, para que el futuro sea algo más que una mera posibilidad.
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De esta forma es como relacionamos al INTA con nuestra pertenencia al mundo, siendo ciudadanos responsables. Sin esa premisa, “lo atamos con alambre”. Seguramente el instituto puede ser mejorado, en varios aspectos, pero siempre con conciencia espacio-temporal y de especie.
El autor es ingeniero agrónomo y trabajó 35 años en INTA Bordenave. Escribe sobre desarrollo, sostenibilidad y visión sistémica y es autor de “Ordenamiento glocal. Un paisaje necesario” (Dunken, 2023)
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